Regresos y éxodos

Durante milenios, recluido en las entrañas de de Namak, Baal trataría sin éxito de imponerse sobre la carga que para él representaba la consciencia, ignorante de la ironía de que aquello era algo que ni siquiera él era capaz de destruir. Sólo quería recuperar el descanso que le otorgase la inconsciencia, pero lo que había sucedido no podía ser deshecho. Ante él se hallaba un camino que tendría que recorrer. Un camino repleto de decisiones a tomar y consecuencias que afrontar. Con el dolor como única guía y experiencia, en su interior sólo halló una única manera de recorrer aquella senda. Una única manera para alcanzar el descanso y el olvido: La destrucción de toda existencia.

Tras tomar la decisión, Baal atacaría el hogar de Tayshar; donde se encontraban las fuentes de la vida. Su poder, alimentado por el dolor, era tan grande que las barreras que separaban los planos caían a su paso como si jamás hubieran existido. Ante aquella fuerza imparable nada podía hacer Tayshar por detenerlo. Tan profunda era la herida que le afligía, que ni siquiera Layga podría sanarlo.
Sabedor de esto Tayshar se encaró ante el destructor, dando a sus hijos la ocasión de huir y ocultar las fuentes que estaban consagrados a proteger. Tan solo Kozûl permaneciendo junto a su padre mientras sus hermanos huían, ignorante de que aquel combate no era sino un acto desesperado para ganar tiempo. Tayshar perecería infligiendo una única herida al destructor, una herida que le impediría ver la ubicación de las fuentes.
Una vez abatido el padre, Baal seguiría a sus hijos, sin saber que las fuentes se encontraban ocultas en el interior del cadáver yaciente de Tayshar. Tras su partida, Layga también se despediría de su difunto compañero. Regando sus restos con nueva vida, crearía sobre él un jardín eterno; Dayashu, la tierra de los sueños y encomendaría a Kozûl su cuidado. Después se despidió también de él y se dirigió hacia una nueva batalla.