¿Qué es Daegon? IV: Sociedad, conocimiento y misticismo

A primera vista, y al igual que sucede con el resto de aspectos que hemos tratado hasta el momento, la manera en la que se han relacionado el mundo racional y el esotérico dentro de Daegon no diferiría en gran medida de la forma en la que los hemos conocido nosotros o de cómo acostumbran a ser presentados dentro de otros universos ficticios.

La religión, al igual que todo aspecto cultural de los pueblos de Daegon es algo vivo. De la misma manera, el mundo del conocimiento también es uno sometido a constantes revisiones. En cualquiera de estos dos ámbitos, aquello que se sabe, se considera o se supone cierto no tiene porqué serlo, y este es un hecho que no sólo atiende a razones de precisión, sino a la misma naturaleza de la realidad.

Al contrario de lo que sucede en nuestro mundo, el papel que han ocupado históricamente tanto la religión como el mundo científico como el religioso dentro de Daegon han sido en gran parte inversos a los nuestros. La humanidad ha ido perdiendo su capacidad de comprender su entorno con el transcurrir de los eones, pero esto no es algo que se encuentre directamente ligado al ascenso del misticismo. Los primeros pobladores del mundo fueron seres inmortales e increíblemente poderosos. Ellos mismos son lo más similar que se podría encontrar en este mundo al concepto tradicional de “dios”.

Todo lo que se encuentra englobado dentro del espectro de ambos campos son conceptos igualmente polarizantes. Ya estén construidos alrededor de una serie de suposiciones, de errores bienintencionados o de mentiras interesadas, a su alrededor se han construido o evolucionado diversas sociedades. Existen una gran cantidad de culturas para las que, ya sea como eje central o como elemento antagónico, su manera de entender la realidad se ha visto influenciadas por afirmaciones erróneas o sesgadas, interpretaciones más o menos afortunadas, o directamente por ideas contradictorias de las palabras o los estudios de uno u otro sector.

- El territorio mitológico

La línea divisoria que separa lo que se sabe de aquello que simplemente se especula con un mayor o menor grado de certeza no puede ser trazada con seguridad dentro de Daegon. Asimismo, tampoco se puede dividir de manera inequívoca aquellos mitos que son una simple invención de aquellos que se basan en la interpretación correcta de ciertos eventos.

En un mundo tan viejo como este, ya no quedan teorías puras. Todo conocimiento o creencia se encuentra impregnado por lo que la ha precedido, la ciencia bebe del mito de la misma manera en la que las distintas religiones lo hacen de los hechos demostrados. Es una vez se ha interiorizado esta verdad cuando se puede empezar a comprender las propias particularidades que pueblan Daegon a la hora de aterrizar estos conceptos.

A grandes rasgos, podríamos dividir el concepto de la religión dentro de este mundo en dos grandes ámbitos: el social y el metafísico. O lo que es lo mismo; la forma en la que puede afectar la religión a los jugadores o cómo se puede interpretar la realidad a través de los preceptos que promulgan las diferentes iglesias.

Tal y como se han planteado estos ámbitos en Daegon, el campo de acción principal de la religión se encontraría más cercano a un entorno realista que a uno fantástico. Su peso se encuentra claramente dirigido hacia el aspecto social, aunque los aspectos metafísicos sobre los que se han construido algunos de estos preceptos son tan válidos como aquellos explicados a través del método científico. Quizás la explicación que den los distintos teísmos acerca de algunos de estos conceptos y abstracciones sean erróneas, pero su efecto sobre el mundo real pueden ser demostrados mediante la simple observación.

En Daegon no existen los dioses tal y como suelen ser presentados tradicionalmente en otras ambientaciones fantásticas. No existen seres que otorguen dones a quienes les procesan devoción. No existe lo que podríamos llamar “milagros de la fe”. Pero esto no es óbice para que su concepción de la misma fe sea muy similar a la nuestra. Una fe que, al igual que en nuestro mundo, es aceptada o cuestionada en distintos grados y que también ha sido la fuente de la que han bebido distintos extremismos. Existen organizaciones fuertemente jerarquizadas y credos con apenas un puñado de creyentes muy acotados geográficamente. Cultos construidos sobre una creencia sincera y generalmente errónea, y mecanismos diseñados desde el más puro pragmatismo como herramientas de control social.

En la historia de Daegon, a pesar de que estas líneas divisorias siempre han sido muy claras, la presencia de eventos anómalos ha ayudado al surgimiento y consolidación de un cierto pensamiento mágico. Sin importar la causa de estos eventos, no sólo su mera existencia ha servido de acicate a distintos personajes para cimentar un culto a su persona, sino que lo indiscutible y extraño de su presencia ha hecho muy complicado a los estudiosos dar una explicación basada en datos objetivos y contrastables.
Todas las religiones que han sobrevivido hasta el día de hoy forman ya parte de la tradición de sus pueblos pero, en gran medida, el germen de casi todos estos cultos que han perdurado hasta la actualidad ha atendido a intereses en los que la preocupación por la metafísica tenía un peso nimio. Dentro de estas longevas organizaciones predominan los aspectos más pragmáticos y prosaicos sobre lo abstracto y lo espiritual. La campaña de imagen propia y descrédito contra quienes las cuestionan que la convicción acerca de lo que se defiende.

Por más que los distintos cultos existentes en Daegon tratan de imponer su visión del mundo, quienes promulgan estas verdades lo hacen en gran medida motivados por la costumbre o la conveniencia, no porque asuman sus dictámenes como verdades absolutas u objetivas. Las palabras contenidas en los textos sagrados son historia antigua, tradición, algo que embellecer para que sea válido en los tiempos modernos. Aquellos pueblos en los que predomina la lengua escrita han adaptado parábolas, sermones y dogmas con el paso del tiempo para tratar de adaptarlas a las necesidades, preguntas e intereses del momento en el que les ha tocado vivir. A día de hoy se pueden encontrar pocas copias de los textos fundacionales de cualquiera de las grandes iglesias sin alterar, pero su autenticidad es algo que desmienten los altos jerarcas de las mismas. En el caso de las culturas cuya tradición es oral no sólo estos preceptos tampoco han permanecido inalterados, sino que es altamente improbable encontrar ninguna de estas versiones primigenias escritas. Algo que se vuelve aún más complejo si se aspira a que haya sido trascrito por alguno de ellos.

Sin importar la cultura que diese origen a cualquiera de los diferentes cultos, las explicaciones que sostienen todos ellos acerca de la vida y el sentido de esta se encuentran basados de forma general en la pura especulación. Aun así, esto no quiere decir que todo en ellas sea una invención.

Porque, por más cierto que sea que en el universo de Daegon no existe ninguna entidad omnisciente custodiando o juzgando los pasos de la humanidad, o seres capaces de como los planteados en otras mitologías, no es menos cierto que quienes han tenido contacto con lo etéreo han sido capaces de atisbar de una manera más cercana e íntima conceptos que no pueden ser comprendidos por la mente humana. Experiencias que han tratado de interpretar y plasmar de una forma que pueda ser explicadas y transmitidas. Estas personas, en aquellas raras ocasiones en las que no han enloquecido o no han sido tratados de dementes, han sido la fuente de la que han bebido algunos de los patriarcas de las religiones.

Aun así, es raro que alguna de las religiones, ya sea esta “civilizadas” o “primaria”, que ha sobrevivido hasta la actualidad haya sido construida sobre una auténtica inquietud filosófica, intelectual o espiritual. Por más que la fe sincera pueda existir dentro de sus rangos más bajos, es el ansia por el poder la cualidad imperante entre quienes forman parte de sus clases dirigentes.

Mientras que las grandes religiones se encuentran fuertemente jerarquizadas, y cuentan con multitud de cismas, quienes representan este papel dentro de culturas menos sofisticadas basan su poder tanto en versiones muy primarias de la psicología, la sociología y otros tipos de conocimientos. En un saber que es en gran medida custodiados por ellos en exclusiva, y al que no pocos de sus seguidores consideran dones divinos.

Los sacerdotes de cualquiera de las distintas religiones carecen de dones otorgados por entidades ultraterrenas. Más allá del poder social que les granjea su puesto, sólo disponen de sus capacidades naturales y el saber obtenido gracias a su propio estudio. Por más eventos anómalos que hayan tenido lugar, jamás se ha producido en Daegon nada similar a una intervención consciente de alguna de las abstracciones con el objetivo de ayudar a quienes adoran alguno de sus aspectos. De esto no debe interpretarse que los conceptos que existen más allá del plano terrenal nunca hayan entrado en contacto con lo existe en niveles de realidad diferentes a aquellos que habitan sino que, cuando así ha sucedido, esto ha tenido que ver con la mera casualidad y por rezos, súplicas o sacrificios.

Porque, entrando en el terreno de lo metafísico, los conceptos que tienen su hogar más allá de la esfera de existencia de la humanidad apenas comparten similitudes con esta. Ni su manera de relacionarse entre ellos ni la percepción que poseen de su propia existencia son equiparables a la nuestra, pero este hecho no evita que sus movimientos afecten a los habitantes de Daegon, ni que, en menor medida, alguna acción global o individual de integrantes de la humanidad pueda llegar a afectarles de alguna manera. Existe una influenciado en ambos sentidos. Cada acción tiene sus repercusiones a distintos niveles, y algunas de ellas generan ondas que pueden llegar a extenderse más allá del lugar en el que ha tenido lugar.
De forma generalmente accidental, lo abstracto se ha vuelto concreto cuando se ha despertado en alguna porción de su interior algo tan humano como la curiosidad. La comprensión que posee la humanidad acerca de su propia existencia es una característica contagiosa. Un elemento que, de forma fortuita, se ha propagado más allá de sus filas. Un regalo casi siempre envenenado que ha tenido como consecuencia la creación de nuevos seres a partir de lo inmaterial. De conceptos híbridos. De nuevas entidades que han sido arrancadas del terreno de lo abstracto para ser arrastradas irremediablemente hasta lo tangible y lo concreto. Para ligarlas al “ahora”.

Estos nuevos seres siempre han sido excepcionales, pero lo han sido en la acepción más literal de la palabra. El mero hecho de haber sido “despertados” a las inquietudes humanas no les ha otorgado una comprensión del entorno en el que han pasado a existir, no les ha preparado para lo que significa sentir, razonar o experimentar el tránsito vital de una manera equiparable a la nuestra. No les ha preparado para ser finitos.
Quizás los haya separado del concepto al que pertenecían desde el principio de los tiempos, quizás se haya visto forzados a la adopción de una forma, a ser materiales, quizás algunos puedan llegar a parecer humanos pero, de la misma manera que estos cambios tienen porqué haberles hecho poseedores de capacidades anómalas, tampoco ha convertido a ninguno de ellos en aquello que pueda dar a entender la apariencia que han tomado.

Algunos de estos conceptos, dadas sus características, pueden haber sido etiquetados como seres que se encuentran por encima de la humanidad, cuando sólo se trata de algo diferente. Cuanto esto ha sucedido, han llegado a ser adorados o temidos, agasajados o perseguidos. Han amado o despreciado su nuevo estado y a quienes le han rodeado, cohabitado con ellos o buscado el final de este nuevo estadio de su existencia. Estos mismos comportamientos serían extensible también hasta los conceptos no humanos ya sean o no nativos de Daegon. Quizás algunos de estos sean poseedores de una comprensión de su ser y su entorno similar a la nuestra, pero siempre existen matices que que nos diferencian de alguna manera. Dentro de esta categoría también se podría incluir a aquellos cuya aparición en este mundo fue previa al surgimiento de la humanidad tal y como es en la actualidad.

Porque, por más terrenales y prosaicas que puedan ser las religiones, esto no convierte en farsantes a todos quienes forman parte de ellas, sólo los separa en tres grandes grupos: aquellos compuestos por quienes ambicionan el poder, por la gente con una concepción equivocada de la realidad y por quienes no cuestionan la cultura en la que habitan.
Algunos de los conceptos básicos a los que apelan sus credos tienen una base tangible. Por más que no existan entidades homólogas a las que pueblan los panteones clásicos, conceptos como los Mayane Undalath, los Jonudi, los Kesari, los Kayain, los inmortales o los padres de la humanidad han servido también como fuente de inspiración para multitud de mitos creados de una manera totalmente descontextualizada. Seres a todas luces “inhumanos” de una u otra manera, cuyos actos o mera presencia en más de una ocasión han supuesto un cambio significativo para el momento y lugar en los que les ha tocado vivir. Cambios que, muchas veces, se han producido sin ser ellos conscientes de tal hecho. En cualquiera de estos casos, por más que su aspecto pueda haber llegado a ser humano o humanoide, ni la simple apariencia ni la convivencia les han otorgado la comprensión de aquello en lo que se convirtieron, la realidad en la que pasaron a habitar o la manera en la que son percibidos.

En Daegon han existido una gran variedad de seres únicos. Entes que quizás hayan sido más longevos o más poderosos, pero más allá de su simple excepcionalidad, ni siquiera aquellos procedentes de conceptos o axiomas próximos entre sí han resultado similares. Una vez que han abandonado o han sido extraídos de sus respectivos hogares pocos de ellos han dado muestras de poseer algún tipo de rasgo común.

Así pues, por más que la historia de Daegon haya contado con un escueto número de seres anómalos, ninguno de estos encajaría con la definición tradicionalmente asociada a cualquier tipo de divinidad. Este hecho, por otro lado, jamás ha supuesto un impedimento a esta u otra humanidad a la hora de crear sus propias respuestas a las grandes preguntas. Respuestas que en raras ocasiones han estado basadas en verdades absolutas u objetivas.

Los textos sagrados, pues, son ficción pura. La dramatización de hechos que sí que sucedieron o el intento por explicar en términos humanos algo que no puede ser expresado con ellos. No están basados en mensajes intencionados procedentes de entidades omniscientes u omnipotentes. El contenido de ciertas secciones plasmadas en ellos pueden haber llegado a asemejarse a ciertos elemento reales, pero estos se encuentran casi siempre distorsionados a través de un prisma externo. Desde un punto de partida o unas asunciones erróneas.

Las creencias que existen en Daegon son diversas, similares en cierta medida a las existentes en nuestro mundo. Comparten historias de heroísmo y la recompensa a quienes siguen aquellos valores que imperan en un momento y lugar. Se encuentran íntimamente ligados al “ahora” en el que fueron remozados por última vez.

- El rechazo a un poder superior

El agnosticismo y el ateísmo también están presentes en Daegon, pero más allá de ellos también existen otras maneras de rechazo hacia lo que implica el mismo concepto de la divinidad. Dentro de este mundo se pueden encontrar varias culturas en las que cualquier tipo de religión organizada se encuentra prohibida, aunque las razones detrás cómo ha evolucionado cada una de estas culturas y los motivos que llevaron a sus dirigentes a tomas estas decisiones acostumbran a ser diversas.
De cualquier manera, de la misma manera en la que este puede ser entendido como un rasgo cultural, la mera pertenencia a estos grupos sociales no implica la aceptación automática de los preceptos que se esgrimen para su conjunto.

Por un lado, las respuestas que se dan a las preguntas trascendentes nunca resultan algo halagüeño. Por otro, el negar los preceptos oficiales siempre ha sido una de las opciones predilectas para quienes buscan la rebelión como impulso vital.
Así, mientras que no es necesario profesar algún tipo de fe para negar o tratar de rebatir la validez de estas tradiciones culturales, este tipo de argumentos siempre resultan más fáciles de aceptar que aquellos que promulgan la muerte como un final absoluto.

- La ciencia en Daegon

Conviviendo, fusionándose y enfrentándose con estas realidades existe en Daegon un importante número de individuos y colectivos que buscan las respuestas a las grandes preguntas a través de otros medios, pero el saber y la certeza son bienes esquivos en esta realidad.

Como ya se ha mencionado con anterioridad, las leyes axiomáticas que gobiernan Daegon son algo cambiante. Quizás los periodos de tiempo que abarca cada uno de estos ciclos de cambios sean enormes pero, cuando uno de estos ha sobrevenido, tanto quienes se han visto envueltos en esta alteración como sus descendientes se han visto forzados a re descubrir los fundamentos sobre los que se basa su conocimiento. La matemática, la física o la química son diferentes en Daegon. Las fuerzas, preceptos y componentes que tratan de describir no se ajustan ni en su forma ni en su constancia a las que conocemos.

Estos cambios no afectan únicamente al entorno en el que existe la humanidad sino que esta también se ha visto moldeada de forma sutil por los mismos. En el pasado lejano la humanidad no sólo fue un concepto diferente al presente, sino que su conocimiento del universo y los avances científicos derivados de él superaron con creces los de la ciencia ficción más fantástica.

Comprender el entorno en el que existen siempre ha sido una de las prioridades de un gran número de pueblos de Daegon. Algo que ha hecho que la observación y el estudio forme una parte muy importante del bagaje cultural de muchos de ellos.

Porque no en todas las naciones de Daegon se encuentra presente el misticismo de la misma manera o con la misma intensidad. En un gran número de ellas se pueden encontrar distintos organismos dedicados al pensamiento racional y al análisis de los distintos aspectos de la realidad desde un punto de vista analítico.
En todas ellas no se fomenta la obtención del conocimiento de la misma manera, ni se le da un uso similar a este saber. La ciencia en sí misma no sólo no es garante de una ética superior, sino que puede llegar a ir acompañada de los mismos defectos de cualquier otro medio a través del que se puede acceder hasta el poder.

El hecho de que podamos encontrar en Daegon lugares en los que se almacena un conocimiento libre de superstición no implica que que este se encuentre disponible para cualquiera. También se han construido templos al saber. Catedrales tanto o más colosales que aquellas dedicadas a cualquier culto y con unas condiciones de acceso igualmente restringidas. Este saber no se limita únicamente al conocimiento de la historia, sino que la ciencia también juega un papel muy importante dentro de la estructura del poder.

A ambos extremos del Pramayán existen organismos científicos que tratan de comprender el mundo en el que existen. Estamentos algunos de los cuales han llegado a tener la entidad suficiente como para no depender de ningún estado. El máximo exponente de este hecho sería La Orden de Cahirn Ansay, una ciudad que antaño perteneció a Baern y que, no sólo obtuvo su independencia hace siglos, sino que esta se encuentra salvaguardada por a un complejo entramado de alianzas con naciones y organismos de todo el continente.

La forma en la que afronta el estudio y el saber se ha visto afectada por lo cambios a los que se ha visto sometido cada territorio. Así pues, aunque puede variar en cada cultura, la mutabilidad de la realidad es una verdad que muy pocos ponen en duda. Por más que hayan pasado milenios desde el último gran evento definitorio, una parte significativa de la labor de quienes componen el mundo científico es la de analizar y valida de forma constante lo que ya sabían. Sólo son conscientes de una manera parcial de todo lo que se ha perdido, pero esto es más que suficiente como para saber una parte del camino que les queda por recorrer. A pesar de que han logrado recrear tecnologías que son impensables en nuestro mundo, en la actualidad sus civilizaciones más avanzadas apenas logran distanciarlos de algunos de los periodos más oscuros de nuestra historia.

Hablando estrictamente, en Daegon no existe la magia, pero una parte de su ciencia sería difícil de distinguir de lo que entendemos por este concepto. Los distintos niveles de existencia son un hecho objetivo, al igual que la inmortalidad, las entidades híbridas o las radiaciones que se filtran entre universos. Todos estos conceptos son estudiados de manera sistemática de acuerdo a los preceptos de la llamada Ciencia Arcana. El saber de lo recóndito, la comprensión de aquello que apenas puede ser intuido o percibido por los sentidos.
Por más que algunos atribuyan cualidades extrañas o sobrenaturales a lo que se logra a través de este estudio, lo que se ha logrado mediante él nada tiene que ver con el misticismo, la superstición o la mera repetición acrítica de patrones diseñados por terceros.

No sólo la realidad ha cambiado, sino que también lo ha hecho la humanidad en su conjunto. Pero de haber algo que no ha cambiado es su necesidad de respuestas. En un entorno expuesto a lo anómalo como es el de Daegon, dado el bagaje histórico de ciertos pueblos, saber a lo que se encuentra uno expuesto no es una opción. Quizás lo infrecuente de estos cambios haga que la tensión no siempre sea la misma, pero si algo han aprendido es que no pueden confiar en que sean otros quienes les salven.

Porque, por más que ya no se conserve vestigio alguno de los días en los que la inmortalidad fue una cualidad humana, son dolorosamente conscientes de una parte de los dones de los que ya no disponen. De aquellos que les han sido arrebatados.

La realidad es un concepto cada vez más anciano y, como tal, más complejo. Tanto aquella realidad como las que colindan con ella se han ido transformando y fragmentando. Con el transcurrir de las edades, la lenta interacción, nacimiento e inclusión de otras abstracciones en su núcleo axiomático ninguna de ellas ha dejado de verse sometida a pequeños cambios.

Aquel concepto que conoció la primera humanidad, desapareció hace ya mucho tiempo, pero no se esfumó de manera voluntaria. La comprensión de la realidad que se logró obtener durante aquellos días no ha logrado ser igualada, pero no porque la humanidad se haya vuelto más estúpida, sino porque aquella era una realidad más sencilla. Tan sencilla y antigua que ni siquiera ha sobrevivido hasta la actualidad el recuerdo de aquella remota edad o de quienes la poblaron.
Con la pérdida de aquella longevidad a la humanidad no se le ha arrebatado la inteligencia o el potencial que poseyó antaño para la comprensión de lo que la rodea, pero cada nuevo cambio supone una nueva pérdida para el saber contemporáneo.

Existe una lucha entre el pensamiento científico y los falsos escépticos, los cínicos y los ignorantes que se apoyan en estas pérdidas para utilizarlas como una nueva demostración de que la ciencia no es algo “real”, pero con cada nuevo avance estas voces logran ser acalladas parcialmente.

Esta no es sino otro más de las múltiples conflictos que tienen lugar en este mundo. Una lucha que muchos creen perdida o una quimera. No son pocos los que afirman que el papel de la humanidad dentro del mundo no es el de comprenderlo o tratar de dominarlo. Que esas ideas ya fueron puestas a prueba en el pasado y que, por la arrogancia del hombre, su hogar casi fue destruido. Que los males que padecen a día de hoy son la consecuencia del atrevimiento del pasado. Que lo que se busca no es algo noble como el conocimiento, sino nuevas armas con las que someter a los que piensan distinto. Herramientas peligrosas que sólo pueden llevar hasta un nuevo ciclo de desdichas.

La realidad es maleable, pero existen razones, patrones en cierta medida observables, cuantificables y replicables detrás de cada uno de sus movimientos. Aparte de por la misma naturaleza o la acción de la humanidad, los conceptos sobre los que se encuentran afianzados las principios básicos de la existencia y, por añadidura, en los que se basa la ciencia, también se encuentran sometidos a otro tipo de influencias. Estas entidades evolucionan al igual que lo hace todo ser vivo, cambiando y, a su vez, generando cambio en todo aquello que les da forma y que es una parte de ellos. Su nivel de estabilidad depende del momento en el que se encuentre sumida cada una de ellas y la manera en la que esto afecte al resto. La realidad no es algo inmutable, peor ello no implica que los axiomas que gobiernan el universo en el que existe Daegon no puedan llegar a ser explicados.

Si bien estos cambios han sido excepcionalmente raros si los si se analizan desde la percepción humana del tiempo, los movimientos de la mecánica cósmica jamás se detienen. La forma en las que se han ido consolidando cada uno de ellos ha variado y cada cambio ha tenido una serie de causas y un conjunto de consecuencia diferentes. De la misma manera, la manera en la que se han propagado a lo largo del tiempo tampoco ha sido uniforme. Entre el momento de su inicio y el instante en el que se han plasmado en Daegon pueden haber pasado milenios, pero de cara a la humanidad, por más detalles y discrepancias que se pudiesen haber detectado con anterioridad, siempre han sido interpretados como algo súbito.
En cada una de estas ocasiones, sus repercusiones han diferido y, mientras que cuando la humanidad era mucho más longeva, algunos de sus componentes fueron capaces de presenciar y anticipar todo el proceso, según fue menguando su esperanza de vida cada uno de ellos ha condicionado no sólo a los avances científicos, sino también la misma formación de las estructuras sociales.

Así pues, no sólo la producción de cierto tipo de tecnologías preexsitentes se han vuelto imposibles, sino que los avances sociales que supusieron en multitud de ocasiones desaparecieron junto a ellos. Por más que en el pasado la ciencia llevase a la humanidad a unas cotas de sofisticación que jamás hemos conocido, en la actualidad artefactos pertenecientes a nuestro pasado como las que serían los equivalentes a las armas de fuego, las máquinas impulsadas por el vapor o el almacenamiento y la manipulación de energías como la eléctrica o la nuclear no son viables.
Estos hechos no vienen derivados únicamente porque no se hayan realizado los avances necesarios para su descubrimiento, sino porque los principios en los que se basaron sus sus descubridores ya no son válidos en esta realidad.

Aún así, de la misma manera que estos axiomas han desaparecido, también se pueden llegar a dar las condiciones necesarias para su regreso pero, de manera independiente a lo remoto de esta posibilidad, esto tampoco garantizaría la recuperación de todo lo perdido. El hecho de que estos cambios se puedan producir en cualquier sentido sólo implicaría la recuperación de axiomas del pasado, pero no otorgaría al mundo presente el conocimiento del pasado. De llegar a darse tal situación todo tendría que ser descubierto de nuevo. Teorías ya desechadas tendrían que volver a ser evaluadas y sería necesario que esta situación se mantuviese de una manera estable durante el tiempo suficiente para que se produjese el redescubrimiento y para que se volvieran a crear las infraestructura necesaria para consolidar estos avances.
Si añadimos a esto que, dependiendo de la cercanía de cada ubicación axiomática perteneciente a otros niveles de existencia estas condiciones tienen efectos distintos, se podrían llegar a dar en un determinado momento o lugar las condiciones necesarias para que algún dispositivo del pasado lejano que no haya sido desmantelado vuelva a ser funcional como consecuencia de una fluctuación en las grietas que comunican las distintas realidades, para volver a ser un objeto inerte tras el regreso de la normalidad.

Como consecuencia directa de todo esto, las particularidades de este conjunto de realidades han provocado el surgimiento de campos de estudio que no se podrían dar en nuestro mundo. Elementos que son estudiados de manera rigurosa y formal mientras que su presencia en nuestro día a día sólo tiene lugar bajo la forma de la palabrería hueca o el pensamiento mágico. De la misma manera, la propia naturaleza física en Daegon ha hecho posible el desarrollo de tecnologías que en nuestro mundo no podrían haber tenido lugar.

Campos como el de la ciencia de los materiales siempre ha gozado de una gran relevancia de manera indistinta tanto entre los cuerpos de estudio más prácticos como en el de los más teóricos. El descubrimiento y el control de nuevos materiales no sólo se encuentra presente en el terreno escolástico, sino que tanto la industria como distintos estados han realizado importantes aportaciones económicas a este respecto dado que ser el primero puede implicar una superioridad tecnológica y económica sobre las naciones vecinas o el rival empresarial.

Los grandes hitos tecnológicos del pasado reciente daegonita han tenido lugar en dos campos muy concretos; el de la mecánica y el de la contención de energías exóticas.

Si bien es cierto que esto no se ha logrado plasmar en la construcción de armas, este siempre ha sido uno de los objetivos prioritarios de los grandes inversores. Dependiendo de las características particulares de cada material su explotación se ha visto potenciada por distintos sectores, pero aún se encuentran muy lejos de lograr desarrollar dispositivos estables capaces de recolectar, almacenar y encauzar las radiaciones exóticas.

Por otro lado, los niveles de precisión en cuanto a la ingeniería mecánica rivalizarían, cuando no superan a los nuestros. La robustez de las grandes máquinas y la eficiencia de los mecanismos complejos con los que se puede llegar a trabajar en Daegon les ha llevado a desarrollar dispositivos más complejos que los de cualquier mecanismo de relojería jamás construido. Algo que ha hecho que el campo de la mecánica sea uno de los que goza también de un importante desarrollo.
La falta de una fuente de energía exógena estable que alimente a las grandes máquinas no ha impedido que su industria haya comenzado a despegar, y tanto la fuerza del aire como la del agua han conseguido ser encauzadas para alimentar a una parte importante de su desarrollo.
Las zonas atravesadas por grandes caudales de agua disponen de presas que alimentan a sus fábricas, mientras que en otras menos afortunadas se continúa utilizando la fuerza animal o la humana para que estas no dejen de producir.
Tanto el diseño de estas presas como el de los molinos o los engranajes que mueven son campos en alza dentro de las naciones más industrializadas. Su fuerza se utiliza tanto para la confección textil como para la de siderúrgica, la mecánica o la alimentaria.

También existen grandes transportes de cargas parcialmente mecanizados diseñados para requerir de una menor dependencia animal, así como grandes y complejas máquinas dedicadas a la construcción. Los increíblemente precisos mecanismos de sus relojes pueden llegar a ser utilizados como aviso ante pequeñas fluctuaciones en los axiomas, y tanto el diseño de sus mastodónticas presas o ciertos molinos que apenas necesitan de viento son secretos por los que se puede llegar a matar.
Los grandes navíos diseñados para el transporte de mercancías también disponen de motores capaces de impulsarlos ante las adversidades climatologías. Las aplicaciones que se dan a este campo del conocimiento aún están muy lejos de agotarse.

Las técnicas de manufactura de todos estos dispositivos puramente mecánicos, de una manera que puede parecer contradictoria con su nivel tecnológico, se encuentran en unos niveles de sofisticación increíblemente avanzados en ciertas naciones. Por otro lado, la investigación sobre los materiales capaces de almacenar cierto tipo de radiaciones exóticas es un área de estudio sometida a fuertes presiones.

La manipulación de este tipo de fuentes de energía es altamente peligrosa, y pocos son quienes poseen el conocimiento, los recursos, la pericia y, en ocasiones, la inconsciencia necesarias para llevarla a cabo. El salto cualitativo que podrían tener de darse resultados exitosos en estos campos hace que se encuentren muy valorados en el plano teórico, pero la alta inestabilidad de los mismos conlleva unos riesgos que históricamente han causado grandes daños. La falta de una comprensión completa de todas las fuerzas implicadas han hecho que, sobretodo en aquellas naciones en las que predominan los teísmos, exista una especial beligerancia generalizada contra ellas.

A pesar del alto nivel de desconocimiento, del riesgo y las malas experiencias del pasado, este tipo de actuaciones están desprovistas de cualquier misticismo. Dentro de los estamentos científicos no existe diferencia entre cómo son estudiadas las leyes generales de la mecánica cósmica o la ciencia aplicada a la agricultura. Ambas son ciencias que se basan en los mismos modelos de trabajo, falsación o validación.
Donde sí que existe una notable diferencia en cuanto a su viabilidad es a la hora de tratar de llevar este conocimiento a la práctica. Una vez más no existe unanimidad a la hora de afrontar estos temas. Cada nación tiene sus propios mecanismos culturales, sociales y legales para tratar con la materia, pero los peligros derivados de manipular ciertos tipos de elementos acostumbran a estar sujetos a un escrutinio pormenorizado. Así pues, la llamada “Ciencia Arcana“ es en la actualidad, salvo en contadas excepciones, una materia eminentemente teórica.

Porque no sólo las ciencias aplicadas gozan de un desarrollo significativo en Daegon. La ciencia arcana no se dedica únicamente a buscar fuentes de energía o herramientas a ser explotadas, sino que, sobre todo, se trata de una ciencia preventiva. En conocer lo que existe más allá del universo tangible para ser capaz de prever sus efectos cuando entre en contacto con su realidad, en tratar de comprender el funcionamiento de todos los elementos que conforman la existencia.

Este aprecio por el conocimiento no se da únicamente en el mundo civilizado, sino que en algunas de las culturas menos avanzadas que pueblan Daegon también se ha desarrollado el interés por ciertos campos de la ciencia. La mente es un bien muy preciado en un universo en el que muchos enemigos no pueden ser derrotados con la mera fuerza física y, en un gran número de ocasiones, ni siquiera pueden ser combatidos. Los sucesos anómalos no entienden de nacionalidades, rivalidades generacionales o alianzas temporales. Cuando los mitos ancestrales y el misticismo no son capaces de proteger a los pueblos, es el momento en el que se forjan alianzas de lo más extrañas.

Algunas de estos pueblos también han desarrollado técnicas útiles a la hora de predecir cierto tipo de sucesos, pero estas se encuentran basadas más en la tradición y la repetición que en un estudio pormenorizado de de todos los factores implicados. Sus comprensión de las materias y sus conclusiones son vagas, pero no por ello menos útiles para su supervivencia. Por más que lo poco ortodoxo de sus métodos haya llevado a las naciones más “avanzadas” a desestimar sus conclusiones, en ciertos campos sus aproximaciones han resultado ser más eficientes, aunque no por ello siempre les han servido para prepararse ante lo anómalo.

Por otro lado, y siguiendo con estos estos pueblos, en ocasiones su conocimiento acerca de los materiales con propiedades particulares también es superior al de civilizaciones teóricamente más avanzadas. De nuevo, quizás desconozcan el detalle pormenorizado de aquello con lo que tratan, quizás no tomen todas las precauciones que serían recomendables, pero aquellos pueblos en cuyos territorios se pueden encontrar yacimientos de estos elementos estos han llegado a alcanzar una destreza considerable en su uso para funciones insospechadas.

Así pues, a pesar de existen una gran cantidad de similitudes entre la manera en la que los habitantes de Daegon entienden el conocimiento y cómo lo entendemos nosotros, las diferencias de su entorno han hecho que su evolución difiera de la nuestra.
Gran parte de los casos que hemos comentado en esta sección hacen referencia a casos infrecuentes pero, ya sea como consecuencia de la manera en la que interactúan con lo que les rodea en el día a día, en cómo se enfrentan a los retos, o en el impacto que tiene cada uno de sus descubrimientos científicos, sus avances no son equiparables a los que han tenido lugar a nuestro mundo.

El ansia de conocimiento ha sido en ciertos lugares la consecuencia de algún hecho traumático; la consecuencia de la lucha que mantienen contra una naturaleza que les ha marcado históricamente. Han sido muchas de las culturas que han sufrido alguna tipo de consecuencia de mayor o menor intensidad como consecuencia de la inestabilidad y los solapamientos planares, pero quienes han padecido las experiencias más traumáticas son quienes más han hecho más para tratar de comprenderlos. Han sido estos sucesos de su pasado quienes les han espoleado para que se fomente el estudio de los mismos y la razón por la que, siglos después del advenimiento de aquellos que han quedado grabados en su acerbo, se mantengan activos los organismos científicos que nacieron para tratar de prevenirlos. Si bien es cierto que el aprecio que les tienen sus ciudadanos se encuentra directamente relacionado con la actividad extraña que tiene lugar en su territorios, incuso en aquellos lugares en los que no se ha producido ninguno de estos durante varias generaciones sólo se cuestiona su razón de ser en los momentos de mayor necesidad en algún otro aspecto social.
Ninguno de ellos ha logrado desarrollar métodos para evitar la llegada de nuevas tragedias, pero sí que han tenido pequeños éxitos a la hora de predecirla o ubicar los territorios que se verán afectados.

De la misma manera que las aplicaciones prácticas se encuentran en constante evolución, existe una clara comunicación entre esta y el mundo teórico. La innovación no sólo se encuentra presente dentro de estos entornos sino que también se puede encontrar más allá de ellos.
Dentro de las grandes urbes no sólo puede dar uno con los grandes estamentos científicos, sino también puede cruzar su camino con diletantes pertenecientes a las clases pudientes que tratan de aunar ambos mundos. Inventores pertenecientes principalmente a familias nobles o industriales, o auspiciados por estas clases sociales o algún organismo estatal.

No todo el estudio se encuentra constreñido dentro de las paredes de una universidad, una laboratorio o las fronteras de una única nación. Asociaciones internacionales como el Nalushat Avasanyali han tratado de aunar los esfuerzos de distintas organizaciones locales en pos de objetivos más grandes. De proyectos como el “Corredor de Nagaidu” que trata de crear un mapa topográfico de los flujos de Gettar, una de las escasas radiaciones exóticas más estables que se conoce y una de las pocas que se han podido utilizar como fuente de energía.

En el cómputo global, existen más organismos científicos en Daegon que religiones organizadas aunque, si comparamos el número de sus integrantes, dependiendo de los parámetros elegidos podríamos obtener lecturas bien distintas.

Si lo que comparamos en el conjunto de quienes forman parte de sus estructuras de poder, el mundo científico saldría ganando, aunque esto en ocasiones ha supuesto un problema. Si las distintas iglesias se encuentran fragmentadas en cismas, los estamentos científicos no sólo no difieren en este sentido, sino que también los superan. Las diferencias culturales y la falta de un referente formal a la hora de resolver las disputas resultan un obstáculo difícilmente salvable cuando se enfrentan ego, certezas y sesgos.

Si lo que comparamos es su número bruto de integrantes, los números crudos darían ventaja al mundo religioso, aunque esta no deja de ser una conclusión un tanto falaz. Porque una cosa es quienes se limitan a seguir las tradiciones culturales y otra muy distinta la verdadera fe. La distancia que separa a quienes creen firmemente en lo que hacen y esperan resultados de sus plegarias y quienes se limitan a repetir sin criterio las tradiciones es abismal.

Independientemente a su número, ya sea bajo forma de industria, el ámbito académico o los pequeños inventores, el mundo científico es algo muy vivo en Daegon. Quizás se encuentran muy por debajo de nuestros estándares en un gran número de campos, pero su evolución en aquellos que no existen en nuestra realidad han llevado a sus pueblos a lugares que jamás conoceremos.

- El legado del pasado

Pero el presente no deja de ser una pálida sombra de lo que se logró obtener en distintos momentos del pasado. De todas las barreras que lograron ser superadas con tecnologías imposibles en nuestro mundo.

Aún quedan algunos vestigios de aquel pasado accesibles en el presente. Obras colosalistas como “El Anillo” o más mundanas como las fortalezas horadadas en las montañas por sus ancestros y que hoy se encuentran habitadas por los ciudadanos de Beretear o Ton’Kaheru, ciertas ciudades como la de Áldern sobre cuyas ruinas se ha construido una y otra vez o como el gran zigurat de Rishgarma sobre cuyas ruinas se conformó una parte de la cultura dengar. Existen naciones enteras que, sin saberlo, se han construido sobre partes de los restos de antiguas megalópolis.

Algunas de estas obras, a pesar de pasar desapercibidas, son visibles como aquellas que forman parte de sus grandes infraestructuras otras, como la ciudad errante de Stergión, es imposible que no llamen la atención. Pero aquellos restos que permanecen en Daegon no no son los únicos vestigios que quedan de aquel pasado lejano.
Más allá de la atmósfera del planeta, por encima incluso del Anillo, se pueden encontrar otros restos de las antiguas civilizaciones. Distintos satélites que un día fueron bases militares o científicas que hoy orbitan Daegon desprovistos de los axiomas que un día les hicieron funcionar y sin nadie que controle sus rumbos. Pero no todos ellos vagan sin rumbo, ya que entre ellos se encuentra Sigma 3.0, la plataforma orbital para la investigación planar que abandonó antaño esta realidad para regresar siglos después.

Más allá de esta, sobre la superficie de la luna que orbita Daegon, Lutnatar, se encuentra la ciudadela de Falsgar. Un lugar raramente habitado, pero que ha servio como refugio durante milenios a uno de los inmortales que habitan este mundo.

Podemos adentrar nuestra mirada en lo más profundo del universo y allí encontraremos otros mundos habitados, colonias cuya evolución puede haber ido pareja a la de Dagon o haberse desviado completamente. Una situación muy similar a la que se puede encontrar en otros niveles de existencia.
Tanto la evolución de la ciencia, como la del misticismo son diferentes en cada uno de estos entornos. Si ya dentro de un contexto tan ínfimo como el de Daegon podemos encontrar diversidad de axiomas, cuando extrapolamos este escenario a un multiverso completo las posibilidades son infinitas.

Cultos organizados y estamentos científicos

La manera en la que se encuentran implantadas las distintas tendencias que hemos descrito hasta el momento en cada lugar del globo varían enormemente. En casi todas ellas conviven de una u otra manera dentro de sus sociedades. La pertenencia a uno un otro grupo no garantiza que sus visiones del mundo coincidan por completo, y no es raro que se lleguen a dar alianzas en apariencia antinaturales entre componentes u organismos de ámbitos teóricamente enfrentados contra quienes deberían ser sus hipotéticos aliados.

No existe una hoja de ruta definida para ninguna de ellas, y sus dudas, discusiones internas, contradicciones y cismas no hacen sino ampliar su diversidad. El camino que toman cada uno de estos grupos depende por entero del contexto presente en el que se encuentran. Pueden esgrimir argumentos o dedicarse a repetir ciertos formalismos heredados, pero rara vez tienen su vista puesta en el pasado salvo cuando este les sirve para los objetivos presentes de sus dirigentes.

- El origen común

De la misma manera en que no todas las religiones se encuentran ligadas a una demarcación geográfica, tampoco todos los organismos científicos dependen de un único poder central. Asimismo, por más que algunos pueblos se puedan rebelar contra su pasado o desconocerlo por completo, lo que es indudable es que, por más que la manera de entender el conocimiento y la fe hayan cambiado a lo largo de las eras, ambas se encuentran poderosamente ligadas en su origen.

Si estamos dispuestos a profundizar, podemos trazar cada idea hasta los albores de la humanidad y ver cómo surgió y cómo ha ido evolucionando a través de las eras. Por más que en la actualidad podamos encontrar mitos surgidos en tiempos recientes, o descubrimientos científicos cuya naturaleza fuese inviable milenios atrás, todo mito y todo método de estudio bebe de alguna manera de aquellos que les precedieron. Existen multitud de organizaciones dentro de ambos ámbitos que se podrían utilizar como elemento de muestra de este hecho pero, de haber algún concepto que cuya naturaleza se ha visto menos afectada por los vaivenes de la evolución humana en Daegon, estos serían los que ejemplifican el culto a los Señores de Ilwarath y el Nalushat Avasanyali. Dos ideas tan íntimanente ligadas en su concepción como contrapuestas en la actualidad.

Si bien es cierto que ambos organismos se encuentran fuertemente descentralizados y que su presencia en aquellos lugares en los que ha tenido lugar no tiende a adaptarse a los criterios habituales de sus respectivos ámbitos, esto no los convierte en fuerzas a ignorar.

Se podría decir que, a pesar de lo antagónico de su naturaleza, dentro de sus respectivos espectros de acción ambas atienden a criterios contraintuitivos. Que cualquiera de estas dos organizaciones no dejan de ser anacrónicas, aunque la razón para llegar hasta esta conclusión en cada una de ellas vendría dada por razones contrarias. Que, por más que sean lecciones procedentes de su pasado más remoto, sus ideas son tan avanzadas que aún están lejos de ser comprendidas o aceptadas por los pobladores actuales del mundo. Las fronteras que separan a ambas organizaciones se encuentran construidas sobre capas y capas de modernidad. Sobre la negativa de la humanidad por aceptar su insignificancia.

Si analizamos el núcleo de los preceptos que compone el culto a los Señores de Ilwarath y aquellos surgidos de su misma base, todos ellos se encuentran fundamentados sobre esta negativa a aceptar lo que se sabe inevitable. Estos son, con gran probabilidad, aquellos en los que se puede encontrar la expresión más pura de distintos aspectos de la naturaleza humana. Aquella que, por más que reconozca lo inevitable, no está dispuesta a desvanecerse sin presentar toda la lucha posible.
Su fe no se encuentra fundamentada sobre promesas vacías, sino en la remota posibilidad de estar equivocados. En la esperanza que proporciona la posibilidad de seguir vivos, y la hipotética capacidad que esto le otorga para que exista un mañana. Lo que podría ser una traslación directa de una verdad objetiva se oculta detrás de su fe en sí mismo. Detrás de una verdad incómoda a la par que incuestionable que no tiene tanto que ver con gestas heroicas o recompensas como con su incapacidad para imaginar la no existencia y, como consecuencia, su negativa a aceptar la interpretación certera de de aquello que no puede ser experimentado a través de los sentidos.

El fatalismo es algo inherente a estos credos, pero también la esperanza que proporciona la incertidumbre, la esperanza de estar equivocados. Esta que una verdad difusa e incomprensible que, irónicamente, se encuentra basada en datos objetivos, sólo sea un error en su interpretación de la realidad. Algo que puede llegar a ser rebatido cuando no directamente cambiado.

Porque esta es una verdad heredada de antaño. Quizás el único legado de los padres de la humanidad que, por más transformaciones que haya sufrido, ha sobrevivido alterada únicamente en meros matices hasta la actualidad.

Dentro de la multitud de “ahoras” que ha vivido Daegon existió uno sin mitos o miedo, sin muerte o necesidades inalcanzables; Los días previos a la aparición de sus primeros pobladores humanos y los tiempos que siguieron de manera inmediata a estos. Los tiempos en los que, no sólo se definiría lo que es el conocimiento o el mito, sino que también se conformaría la manera en la que serían experimentados por sus descendientes.

En aquel momento previo a casi todo, cuando fue la propia humanidad quien poseía un gran número de atributos que los emparentarían con nuestro concepto de “dioses”, también fue el momento en el que fueron conscientes de la verdad. De lo inaceptable.
Porque, cuando lograron obtener una cierta comprensión de la naturaleza de la realidad y los primeros de ellos conocieron la muerte, supieron que la esperanza sólo era una forma de autoengaño. Una mentira que abrazaron camuflándolo como desafío. Un desafío que ninguno de ellos logró superar. El concepto del final.

Un concepto que no podía ser comprendido en su totalidad, ya que quienes lo experimentaban perdían la capacidad para transmitir aquel conocimiento. Uno fácilmente perceptible pero imposible de explicar. Una certeza que en su interior albergaba la pregunta definitiva. Aquella que no podía ser respondida.

Porque no hay salvación o redención posibles, no hay un juicio en el que ser declarado digno o inocente, sólo un inevitable final ante el que nada se puede hacer, del que no existe un lugar al que huir. Nada escapa a la llegada del fin. El infinito es una abstracción que sólo sirve como concepto hipotético dentro de los campos de la filosofía y la ciencia. Por más vasto que sea “El Todo”, la eternidad es una mentira. Una promesa vacía.

Son pocos los credos del presente que comparten algún vestigio procedente de aquel descubrimiento, y ninguno de ellos se encuentra implantado con firmeza dentro de las culturas autodenominadas como “civilizadas”.
Aun así, una pequeña parte de las religiones actuales comparten sin saberlo un rasgo de partida común heredado de los primero pobladores; su fatalismo y una sensación inequívoca de indefensión.

Aquellos credos construidos alrededor de las experiencias de quienes han contemplado lo que se encuentra en el último momento de la existencia saben que, una vez que concluya el tiempo, sólo quedará la nada, la no existencia. Están influenciadas por la misma verdad que asaltó a los progenitores, aunque carecen del grado de comprensión que llegaron a alcanzar aquellos acerca de lo que esto implica. Poco a poco el saber se convirtió en mito, y el mito en dogma.

Estos han sido los credos que menos han sido afectados por el avance de las civilizaciones, aunque no por ello han permanecido completamente inalterados. Porque los pueblos necesitan de la esperanza para progresar, y la certeza de que, no sólo la humanidad, sino toda le existencia, están condenadas, al igual que sucediese con sus ancestros más lejanos, es un hecho que no están dispuestos a aceptar.
Algunos de los dogmas promulgados por sus líderes contemplan otra vida después de esta, pero no es presentada como un paraíso o un premio. Quizás sea un lugar de reposo, pero este también se desvanecerá cuando llegue el final de todas las cosas. Aun así, a pesar de su aceptación de la cruda realidad, se permiten un pequeño atisbo de esperanza. Incluso dentro de los mitos más pesimistas se encuentra presente el concepto de la lucha. La creencia de que de su mano puede llegar la postergación de este momento.

El culto a Avjaal y los Señores de Ilwarath sería el mayor exponente de esta herencia. Una religión que carece de templos, iglesias, catedrales o una cúpula eclesiástica. Que no pide donativos o trata de captar feligreses. Su mensaje no es halagüeño ni trata de ser tranquilizador. Sus fieles acostumbran a ser gente tocada por la tragedia y recogida por otros como ellos. Personas que recorren el continente y las islas buscado las señales de lo que desencadenará el final. Advirtiendo sobre ellas y tratando de contenerlas. Son al mismo tiempo soldados y predicadores, confesores y redentrores, investigadores y, en ocasiones, tanto jueces como jurados y verdugos.
Su presencia y credo no sólo no son bien recibidos en una gran cantidad de lugares, sino que también se encuentran prohibidas en distintas naciones politeistas. No poseen indumentaria o símbolos propios, y ni siquiera el nombre por el que se refieren a ellos o sus deidades son comunes en los distintos territorios en los que aparecen.

Por su parte la idea detrás del Nalushat Avasanyali es también algo casi tan viejo como la misma humanidad. Su objetivo es tan ambicioso como inalcanzable; Aunar todo el conocimiento humano que se encuentra disperso alrededor del mundo y ponerlo a disposición de quien lo necesite.
A lo largo de los últimos siglos se han producido diversas intentonas para lograr convertir este proyecto en algo real. En el establecimiento de un organismo internacional desligado del mundo de la política en el que los científicos puedan compartir sus descubrimientos, debatir sobre ellos, y determinar cuáles son aquellos merecedores de un esfuerzo conjunto, pero este proyecto siempre ha terminado de la misma manera.

El Nalushat Avasanyali ha logrado ser un concepto activo durante breves lapsos de tiempo, pero los esfuerzos necesarios para asegurar su supervivencia siempre se han encontrado más allá de los recursos de sus integrantes. Aún así, nunca ha sido disuelto oficialmente y siempre han quedado pequeñas células que se han negado a reconocer el fracaso.

Existen un gran número de organismos territoriales que se reúnen cada varias años con este fin, pero el sueño de que estas reuniones puedan contar entre sus integrantes a los equipos de investigación más importantes a ambos extremos del Pramayán es algo que no se logra desde hace décadas.

Pero, como ya decimos, este no es un proyecto innovador. Mucho antes de que de la formación del Nalushat Avasanyali fuese el germen de una idea en la mente de sus creadores, el mundo también conoció a otros entes con características similares. Para llegar a encontrar a alguno de estos que haya gozado de un mínimo de estabilidad tendríamos que viajar cuatro milenios hacia el pasado. Hasta los tiempos de la segunda edad de oro del conocimiento de la humanidad. Porque la fuente de la que bebieron los ideólogos de esta idea contemporánea es la idealización del Rurón Ikigashi, el organismo que en aquellos días trató de definir los protocolos de seguridad para la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías.

Pero aquel proyecto tampoco fue original. Millones de años antes de que sus fundadores pisaran el mundo, los progenitores de la humanidad ya habían tratado de crear una obra que abarcase todo su saber humano; el Naludah Avanyali, Los escritos en los que se definirían los “Preceptos para el análisis, la comprensión y el control de la energía planar”.

Tanto la semilla de la curiosidad humana como su necesidad de dotar de algún tipo de sentido a lo que le rodea son tan antiguas como sus capacidad para relacionarse con su entorno, pero el entorno con el que se relaciona no es algo estático. El conocimiento es algo esquivo, un bien que no puede ser poseído de manera indefinida. La verdad, incluso aquella que no depende de apreciaciones culturales, es un concepto mutable. Ya desde sus diese sus primeros pasos sobre este mundo, casi siempre ha sido algo perseguido por la humanidad, aunque, una vez que se ha encontrado en su poder, no todos ellos han estado preparados para aceptarla. Algo han buscado moldear de acuerdo a sus necesidades.

Con el transcurrir del tiempo algunas de las culturas que pueblan Daegon, aquellas pertenecientes a las civilizaciones más sofisticadas, han ido suavizando el mensaje fatalista tanto en su parte racional como en la mitológica. El nihilismo y los extremismos han logrado ser contenidos ocultándolos tras capas de mentiras piadosas o por la incapacidad de aceptar esta verdad, algo a lo que ha ayudado lo excepcionalmente raro de la presencia del mundo ultraterreno dentro del día a día de los habitantes de este mundo.
Porque, por más que se hayan dado eventos anómalos de forma dispersa a lo largo de los siglos, si bien han tratado de ser explicados como castigos para con los infieles, lo fortuito de estos y su equidad a la hora de dictaminar a quienes han afectado, ha permitido que el pueblo los acepte con resignación. Que los afronte como quien se enfrenta a un desastre natural. La humanidad ha aprendido a respetar y temer a la naturaleza en todos sus niveles. A aprovecharse de lo que puede obtener de ella y a no atribuirle intención a lo que no la tiene.

Ciertas culturas rinden culto a versiones antropomorfizadas de abstracciones naturales, pero han aprendido a protegerse sin esperar a que una entidad superior lo haga por ellos. Es probable que dentro del lenguaje de las naciones existan expresiones que puedan ser interpretadas de modo contrario pero, en gran medida, no dejan de ser frases hechas pronunciadas sin reflexionar acerca de lo que implican.

Los sacrificios, ya sean de plantas o animales para apaciguar a las deidades son raros de encontrar, y los de humanos lo son aún más. Esto es así incluso en el caso de los pueblos más primitivos. Si bien la superstición está muy lejos de encontrarse totalmente erradicada, dentro del ADN de esta humanidad reside un saber heredado de sus ancestros más lejanos. Un instinto que les impele a actuar, que les indica que, por más que su hogar les provea de alimentos, también ha engendrado a quienes les dan caza a ellos. Sólo son un elemento más dentro de un conjunto mucho más grande, no la pieza esencial. Esta es una cruda realidad que muchos eligen negar, pero lo que les ha permitido sobrevivir hasta el momento presente.

Si bien el escepticismo, la racionalidad y el saber tampoco garantizan la supervivencia, quienes han confiado de forma exclusiva en la protección de salvadores ajenos a ellos, o en las promesas de charlatanes, demagogos o inconscientes que han afirmado ser sus intermediadores, han ido desapareciendo de manera inexorable condenados por su propia imprudencia.

A continuación presentaremos sólo son un pequeño número de los elementos que conforman las estructuras sociales de occidente. Su presencia y relevancia es incuestionable dentro de las naciones en los que se encuentran establecidos, pero no son los únicos que se pueden encontrar allí.
Cuando no han sido el origen de algún conflicto estos han surgido a su alrededor y, en cierta medida, su papel dentro del esquema de poder es un punto central.

Pueden ser el germen de aventuras o el punto de partida de cualquier personaje. Son estructuras tan grandes que su auge o caída puede desencadenar olas de consecuencias que trastoquen cualquier estamento. Al mismo tiempo, su supervivencia depende de tantos factores que eliminar la pieza más insospechada puede causar un efecto dominó que lo cambie todo.