Arcanus y Rogani

La confianza en el Dios Protector menguaba cada día que las cúpulas de los jonudi permanecían sobre las ciudades. El pueblo no había protestado cuando restringiese el acceso a la tecnología o el conocimiento planar. No se le había cuestionado cuando negó su ayuda a los tayshari. Nadie alzó la voz cuando aplastó la oposición de Ranndayr, Dagorel y Kayrunen. Pero aquello parecía superarle y las dudas del pueblo sobre sus capacidad para solventar aquel conflicto no dejaban de crecer. Lo que el pueblo no sabía, era que aquella perdida de eficacia del imperio era la consecuencia de los actos de una única persona.

Rogani era el segundo de Airk, y la mente más brillante de los ailanu. Suyas habían sido las decisiones que habían forjado aquel imperio de estabilidad. Situado siempre en una posición discreta como asesor estratégico y cabeza del consejo científico, se había convertido en el filtro por el que pasaban todas las noticias que llegaban hasta los ojos y oídos de su señor.
Pero llegó el momento en el que se cansó. No de estar en segundo plano, tampoco de la falta de reconocimiento de sus logros. Nunca había necesitado la gloria o los vítores. Pero ya había alcanzado su objetivo máximo y, aún así, se sentía vacío. Se había cansado de las reglas que él mismo había creado para aquel juego que siempre había representado el imperio.
Los jonudi representaban algo nuevo. Un reto, una imprevisto ante la monotonía en la que se había convertido su vida durante milenios. Un nuevo juego que atraía y requería de toda su atención.
De la noche a la mañana desapareció de ojo publico sin que, en un principio, el imperio notase su falta. La estructura que había creado era tan perfecta que la inercia mantuvo los mecanismos estables y en funcionamiento durante varias décadas. Las personas que había dejado al cargo eran competentes, pero necesitaban de un guía. Pero, con el tiempo, otros ansiarían llenar el hueco de poder que había surgido. Las luchas internas y la descentralización de las decisiones terminaría por destruir el “sistema perfecto” de Rogani, pero a él ya no le importaría. Su vida había encontrado un sentido. Un actividad con la que acabar con el tedio. Para aquel entonces ya se encontraba inmerso en el proyecto que llenaría sus días: El juego de los inmortales.

En aquellos días también se comenzaría a escuchar todo tipo de historias sobre un nuevo grupo de individuos. Se decía de ellos que poseían poderes más allá del alcance de los ailanu. Que eran capaces de realizar proezas imposibles, pero que eran humanos, mortales ajenos a la estirpe de Ailan. Se les conocería con el nombre de Arcanos.

De origen humilde, Iorum Arcanus se criaría en la ciudad de Thaysak, capital de la nación isleña de Zel-A. De joven trabajaría en las vajda, las maquinas que potenciaban el acceso de los ailanu a la energía de otros planos. En aquel lugar y de manera autodidacta, su mente única comenzaría a ahondar en en la comprensión de aquellas energías; a ver los errores en los axiomas que se habían establecido como verdades inmutables hasta aquel momento. No tardaría en sería descubierto por Kruanor, uno de sus superiores, que se convertiría en su primer discípulo.
Arcanus alcanzaría la inmortalidad antes de los cincuenta años, y durante varios siglos su mente inquieta desvelaría los secretos del universo. Todos aquellos que le ayudaron y estudiaron bajo su tutela lograrían hacerse con parte de aquel conocimiento, pero ninguno fue capaz de comprenderlo por completo. Muchos tratarían de reclutarle para sus respectivos bandos: el Kilgar Doreth y Rogani, Oggalark o la alianza de los pueblos libres. Incluso el mismo Airk. Pero él no era un maestro ni un soldado. No aspiraba a ser héroe o tirano, salvador o conquistador. El sólo quería comprenderlo todo.
Tras alcanzar la fuente del poder primario, el origen del poder de los mismos dioses, desaparecería. El mundo lo daría por muerto, y su apellido sería convertido por sus alumnos, y los alumnos de estos, en una palabra a respetar, venerar y temer.
Seis milenios después de su desaparición volvería para ocupar su lugar en la historia.