Ampliando el horizonte

El imperio permanecía intacto, pero sólo de nombre. Los señores de las antiguas naciones, ahora provincias, volvían a ostentar el poder absoluto sobre sus territorios. Una vez libres del férreo control de Rogani, los gobernantes comenzarían a diseñar sus propias agendas. Las fuerzas estaban equilibradas, pero nadie se enfrentaba a nadie. La carrera por la independencia y la expansión aún tendría que esperar. Antes de comenzar una nueva guerra, debían terminar la que ya se encontraba en curso. La humanidad aún tenía un enemigo común que la mantenía unida: Los jonudi.
Nuevos domos oscuros se habían erigido sobre Chaindar y Vindaya, Sindagar y Livsay. Las avanzadillas yunraeh se infiltraban y mezclaban por otros países esparciendo su condición como una plaga.

En la ciudad de Edera Airk reunirían a los ailanu inmortales, sus hermanos, aquellos que habían rescatado a la humanidad de sí misma en su peor momento. En aquel lugar sellarían su último acuerdo como aliados e iguales. Allí se darían los primeros pasos para la creación del arma más poderosa creada jamás por el hombre. Un artefacto que les protegería tanto de los jonudi que se encontraban sobre el planeta como de los que les contemplaban desde sus fortalezas en las estrellas. Un anillo que, desde el espacio, rodearía el planeta y rotaría sobre este desde unos ejes situados en ambos polos.
Como medida de protección, los componentes necesarios para activar y controlar el anillo se repartiría entre los sus creadores, y sólo podría funcionar si no había acuerdo entre ellos.
Doscientos años después, el anillo sería finalizado, y se haría visible sobre los cielos de Daegon, escupiendo su fuego sobre los territorios ocupados, destruyendo sus cúpulas y acabando por igual con la vida de jonudi, yunraeh y humanos.
Ante la brutalidad y precisión de aquellos ataques poco pudieron hacer los jonudi que no tardarían en retirarse a Nusureh, dejando sus ciudades desprotegidas y a sus hijos abandonados. El anillo no dejaría de atacar hasta que no quedaron ni las ruinas ni el recuerdo de aquellas ciudades.

Después de aquello la unidad ailanu de disolvería y el anillo se ocultaría de nuevo, volviéndose apenas un recuerdo lejano e inútil. Un capricho desmesurado. Un reto imposible que sólo permanecería en las mentes de aquellos que secretamente habían trabajado en su construcción.

Un nuevo orden mundial comenzaría en aquel momento. Un cambio que, por el momento, sólo estaría presente en la mente de aquellos que lo diseñaban.