Orgullo y condena

Korian sería encontrada yaciente en el cráter humeante que crearía su caída por las autoridades locales que se harían con la custodia de aquel ser.
La naturaleza de aquella mujer era un enigma para los médicos. Su fisionomía no era humana, ni similar a nada que hubiesen examinado. Sus máquinas no eran capaces de decirles nada. No sabían si estaban buscando algo que no estaba ahí, o si la escala que utilizaban para tratar de analizarla era insuficiente. Nunca habían estado ante uno de los aspectos físicos de los poderes. Durante semanas permanecería inmóvil e impasible a lo que le rodeaba, adaptándose a aquella nueva forma de existencia. Primero pensaron que era algún tipo de mutación.
Finalmente “despertaría” en presencia de una de las doctoras que la cuidaba Sunotage Mitsuru. Ella sería la primera que comprendería ante que se encontraba y sería el primer receptáculo de su herencia inmortal.
Las noticias de la presencia de un tayshari sobre Daegon se extendió como la pólvora. Cada pueblo la interpretaría de una manera distinta, como un signo afín a su conveniencia. Los aires de revuelta comenzaban a soplar amenazando al descompuesto imperio y aquello era algo que la cúpula ailanu no podía permitirse.
Se ordeno a las autoridades de Mashulanu la entrega de aquel ser y este fue el desencadenante final para que el pueblo se sublevase. Korian sería encumbrada como diosa y estandarte de los indefensos y lucharía por expulsar a los ailanu de la isla. Durante años conviviría con ellos, y tendría un hijo Kizaimón, con Ty Sune Kozura; uno de los soldados más destacados.
También compartiría su esencia inmortal con otras dos mujeres, Dansai Hirune y Kinsase Sayaka que, junto a Mitsuru se convertirían en las herederas de su poder y su voz en aquel mundo.
Pero Korian tuvo que parir. La batalla contra Baal alcanzaba su punto crítico y sus hermanos necesitaban de su ayuda.

Su partida no disminuiría los disturbios, sino que aumentó su leyenda. Todas las naciones proclamaron apariciones de “La nueva Daegon” y se levantarían en armas en su nombre ante aquellos que habían exiliado a los dioses. Las pequeñas naciones se alzaron contra el gran imperio. El dios emperador ya no estaba y los restos de sus dominios eran un bocado demasiado apetecible como para ser ignorado. La prioridad era el acceso a la tecnología y las fuentes energéticas; la correa con la que les había sujetado el imperio durante tanto tiempo.
La sucesión de eventos había sido demasiado rápida como para que se crease un nuevo sistema o Ante aquella situación la cúpula ailanu se reunió en Stergión, y activó la solución final: La destrucción de toda tecnología que quedase sobe el continente.

Más allá de aquellos eventos, finalmente la batalla contra Baal terminaría. Korian y Nigoor arrastrarían al enemigo hasta los dominios de Avjaal y allí le encadenarían, condenándose a una eternidad de dolor y tormento como custodios del Destructor.

Tras la guerra, los poderes mandaron a Kirón como emisario a Daegon para anunciar la buena nueva pero este, debilitado tras milenios de lucha, sería destruido por los armas de Stergión.
Irritados ante aquella agresión, exiliaron a los habitantes de Stergión a Namak, el hogar de los kurbun. Enviándolos a uno de los fragmentos del continente desaparecido que había llegado hasta aquel plano.
Las máquinas que habían acabado con uno de sus hermanos también les ofendían, por lo que derribaron la ciudad volante, y condenaron a todos aquellos con los conocimientos necesarios para crear algo así hasta la isla de Danquol.
En aquel lugar, rodeados por una grieta que comunicaba su mundo con Namak, podrían dar buen uso a sus conocimientos evitando que los hijos del destructor llegasen hasta su hogar, pero jamás podrían regresar al continente.

Con aquello condenarían a la humanidad a sumirse lentamente en una nueva era de barbarismo de la que tardaría mucho tiempo en resurgir.