¿Qué es Daegon? III: Geografía y axiomática

Mapa político
Tanto la superficie de Daegon como sus profundidades o sus cielos comparten similitudes con los nuestros, pero también se encuentran poblados un gran número de elementos que no se pueden encontrar en nuestro mundo.
A continuación trataremos de realizar una presentación general de algunos de los grandes bloques diferenciadores que se pueden encontrar en él. Para ello, haremos una descripción a muy alto nivel de algunas de sus rasgos más llamativos, así como de algunos de los elementos que han supuesto un impacto en las culturas más extendidas a lo largo de la superficie o de aquellos que pueden resultar de interés a la hora de construir historias alrededor de ellos.

Aunque en textos posteriores se irán añadiendo capas adicionales de información, Daegon es un mundo muy grande y, en cierta medida, cambiante. Un entorno lo suficientemente amplio y versátil como para que cada director de juego encuentre un hueco que se adapte a sus gustos o, de no encontrar ninguno, matizar o desarrollar desde cero alguno que se adecue a sus preferencias.

En la actualidad existen en este mundo tres colosales masas de tierra, aquellas que conforman los grandes continentes de Daegon, Nargión e Ilwar. De estos tres, tan sólo el primero de ellos se encuentra en contacto con la corteza terrestre del mundo, mientras que los otros dos se encuentran suspendidos sobre sus mares.
Siguiendo a estos en cuanto a su extensión se encuentran las dos grandes islas continente; Thurgold y Rayhosha. Al igual que sucede con los continentes, sólo el primero de ellos se encuentra anclado físicamente al fondo marino. Para terminar, podemos encontrar una serie de islas de diferentes tamaños y características. De todas estas, quienes habitan en el continente sólo saben que contengan vida inteligente cuatro de ellas; Sembia, Shatter, Norotgard, Mashulanu, pero este es un conocimiento terriblemente sesgado y se encuentra ligado tanto a su proximidad como a lo que consideran “vida inteligente”. Un concepto este que, al igual que otros muchos, se ha visto puesto en duda tras la Gran Penumbra.

Porque, por más que las alteraciones causadas por este suceso se hayan propagado en distintos niveles, el terreno en el que más claramente se pueden apreciar las consecuencia del gran cambio sucedido en el mundo ha sido en el geográfico. Algunos de estos cambio son más evidentes que otros y, mientras que tanto los territorios continentales desaparecidos o las islas errantes que han aparecido junto a las costas del continente son elementos que, hasta cierto punto, pueden encontrarse presentes en las conversaciones diarias, los nuevos territorios que, como los dos nuevos continentes, aún quedan por descubrir mar adentro.

Cada uno de estos nuevos territorios ha llegado trayendo consigo sus propias particularidades, elementos únicos de los cuales los más evidentes no son siempre los más relevantes o los que pueden llegar a causar un mayor impacto.

Si bien aportaremos unas pequeñas pinceladas acerca de los nuevos territorios, aquí nos centraremos en el “viejo mundo”, en los territorios que jamás han abandonado Daegon. Un conjunto de masas terrestres cuyo mayor representante es...

El continente de Daegon

A grandes rasgos, la geografía de Daegon no difiere en gran medida dela que podemos encontrar en nuestro mundo.
El continente que comparte nombre con la ambientación y con el propio mundo se encuentra ubicado en lo que sus habitantes consideran como la parte central del planeta. Ha permanecido sobre su superficie desde su formación y lo ha acompañado en todos sus cambios. Durante milenios ha sido el único gran continente existente sobre su superficie, y las civilizaciones que lo pueblan han sido quienes más profundamente han marcado el devenir de este mundo a lo largo de este tiempo.
Su extensión desde su posición situada más al oeste, localizada en el Cabo de Ashnath de Tarnaq, y la ubicada más al este; la cala de Domxiao en Shinzay, es de cerca de doce mil kilómetros.
Por su parte, de poder trazarse una línea perpendicular entre entre la ciudad portuaria de Vylastoc en Saliria, el punto situado más al norte, y el cabo de Pramchatka en Ashghurm, su homólogo en el sur, su longitud aproximada sería de seis mil quinientos kilómetros.

Las costas del continente se encuentran bañadas por treinta y siete mares de diferentes extensiones, pudiendo encontrar en su interior también una gran diversidad de mares internos.

A tenor de esta descripción podríamos asumir que sin temor a equivocarnos que se trata de un mundo como el nuestro, y no iríamos muy desencaminados, pero más allá de estos elementos comunes podemos encontrar un cierto número de rasgos en los que ambos se diferencian. Un gran número de estos rasgos no dejan de ser atributos que se encuentran dentro del territorio de lo excepcional; de las maravillas únicas de la naturaleza y, dadas su excepcionalidad, serán a las que pasaremos a prestar atención.

Comenzaremos este recorrido con la estructura natural que goza de una elevación mayor. De haber un rasgo que lo pueda diferenciar de nuestro mundo, este podría ser el de la altura de sus grandes montes. Cimas que pueden llegar a encontrarse por encima de los diez kilómetros. De todas estas estructuras, el elemento que más resalta por encima de todos los demás sería el de la cordillera del Pramayán. Un accidente geográfico al que muchos denominan como...

- La gran frontera

Oriente y occidente se encuentran divididos por una colosal estructura natural. Una línea divisoria que significa mucho más que una mera barrera física. El punto en el que entran en contacto dos grandes placas tectónicas y las masas continentales que se encuentran sobre ellas.

Este es quizás uno de los elementos que más ha condicionado la evolución de sus diferentes culturas en el pasado. La cordillera del Pramayán es una inmensa cadena montañosa que surca y divide este continente de norte a sur a lo largo de toda su sección central. Este conjunto de montañas es conocido por tantos nombres como civilizaciones han existido bajo su sombra. A lo largo de los milenios ha sido mucho más que un mero elemento físico difícilmente franqueable, siendo el origen de tantos mitos como culturas han entrado en contacto con ella. Un reto cuya superación, en ocasiones, ha supuesto grandes avances o retrocesos para quienes en aquellos momentos se encontraban en cada uno de sus extremos.

Pero esta cordillera no siempre ha poseído las mismas características. Su elevación ha ido creciendo con cada pequeño movimiento de las placas sobre las que existe y el nivel de accesibilidad de este constructo natural ha variado a lo largo de las eras.
Pero este no ha sido siempre un mero obstáculo o un elemento desestabilizador. Quizás el lento movimiento de estas placas haya causado la destrucción de pasajes y caminos, pero esto no ha evitado que otras nuevas se construyan sobre estas ruinas. Porque las características axiomáticos únicas que se dan a su alrededor de ciertos puntos de su extensión también han sido fuente de riqueza y poder. Por más que destruyese toda construcción humana que ha trataba de contener su avance y habilitar su tránsito de forma duradera, con el transcurrir del tiempo la ciencia humana logró comprender sus patrones y a leer sus movimientos.
Las ciudades que se encuentran en la actualidad situadas en su falta o, como es el caso de Beretear y Ton’Kaheru, en sus picos, cuentan con unas arquitecturas únicas. Son ciudades que se extienden tanto fuera como dentro de la montaña. Que se aprovechan de recursos naturales que no se pueden encontrar en ninguna otra parte del mundo.

Si bien es cierto que, incluso en la actualidad, atravesar el Pramayán por tierra implica un gran riesgo, esta cordillera no sólo fue cruzada de forma habitual hasta hace aproximadamente cuatro milenios, sino que su interior fue horadado con técnicas y herramientas que ya no son posibles.
Pero tras la llegada del segundo gran cambio axiomático todo cambió. En comparación con aquel suceso, la Gran Penumbra no deja de ser una mera anécdota, pero esto no significa que no se hayan continuado produciendo cambios en el Pramayán. Por más que durante mucho tiempo esta barrera fuese algo insalvable, esto no hizo sino aumentar su cualidad como elemento diferenciador entre las culturas de oriente y occidente. Una separación que, tras aquel cambio, se vio incrementada de forma exponencial.

Desde el momento en el que las construcciones que permitían la vida en aquellos lugares y las infraestructuras que daban acceso hasta allí dejaron de funcionar, gran parte de lo que se encontraba en su interior volvió a ser un misterio. Ha pasado ya mucho tiempo desde aquello pero de forma esporádica se siguen descubriendo los restos de algunas de aquellas culturas junto con las máquinas inertes que realizaron las construcciones que permanecen en su interior. El hecho de que no puedan ser utilizadas no ha evitado que sean estudiadas. Al pasado aún conserva muchas lecciones por impartir y en presente tiene gente dispuesta a aprender de él. Por más peligroso que pueda llegar a ser el llegar hasta estas enseñanzas, siempre hay gente dispuesta a descubrir aquellas que pueden permanecer enterradas en sus entrañas.

Hasta donde alcanzan los anales de los estudiosos del presente, en distintos momentos de un pasado relativamente reciente, más de una docena de los grandes imperios han logrado vencer al coloso desde entonces. Esta ha sido una gesta a realizar, un acto de audacia que se ha convertido en la meta que siempre ha espoleado la imaginación y ambición de los más temerarios y poderosos. Un reto constante para los más intrépidos. Una prueba cuya superación, en ocasiones, ha supuesto la caída de quienes la han logrado.

Porque no todos los éxitos en esta lid han sido recompensados con fama y gloria. En casos como puedan ser los del Gran Imperio Menetiano o el Pueblo Libre de Raganyanu, el empeño de algunas de las civilizaciones por lograr franquear esta barrera en el pasado no sólo permitió el acceso hasta un mundo con un número indeterminado de similitudes y diferencias con aquel que ya conocían sino que, cuando este “nuevo mundo” fue entendido como un premio o algo de su propiedad, los recién, sin importar el extremo de la cordillera del que procediesen, descubrieron que no eran los únicos con capacidad militar o ambición.

Por más que los intentos por crear rutas viables para el transporte de tropas o mercancías a través de la cordillera hayan podido resultar exitosos, todos ellos lo han sido siempre de forma temporal. Un logro que ha podido mantenerse durante varias generaciones pero que, ante su indómita e impredecible naturaleza, han terminado por desaparecer. A lo largo de su extensión se pueden encontrar los restos de carreteras, túneles, puentes y ciudades que un día la surcaron total o parcialmente, pero su control siempre ha sido algo irrealizable en el largo recorrido. Una de las metas de quienes han aspirado y aspiran a ser grandes conquistadores.

A pesar de esto; de su dureza y de los múltiples fracasos, no todo lo que la rodea o se ha construido sobre ella se encuentra en ruinas. Un gran número de localizaciones dispersas entre sus más de seis mil kilómetros no se han visto afectadas de forma tan drástica como las que han sufrido otras. Los cambios que se han producido en su base no siempre han afectado a las ciudades y se pueden encontrar construcciones y civilizaciones ubicadas tanto en las porciones situadas a distintas alturas. Culturas que, por otro lado, en algunas ocasiones han quedado aisladas del mundo que las rodea debido a alguno de los movimientos espasmódicos de su hogar. De todas estas sólo algunas de las que se han situado en su ladera han logrado mantener una comunicación estable con quienes viven más alejados del Pramayán.

Ya se se haya logrado superar este escollo por tierra o mar, siempre que una cultura ha logrado imponerse en su desafío de una manera más o menos estable, esto ha supuesto un cambio para cada uno de los pueblos que se han visto envueltos de una algún modo en el evento. Tanto es así que la actual separación cultural del continente llegó dada como consecuencia de uno de estos logros.

Su importancia es tal que desde siempre ha condicionado la visión de las distintas culturas que lo rodean acerca de lo que se encuentra no sólo “al otro lado” sino también en su interior o en lo alto de sus picos. Ha sido adorada y temida, fuente de riqueza y de destrucción, un mero accidente geográfico o un enemigo implacable. Porque, de la misma manera que se podría datar el origen de los actuales divisiones territoriales en el momento en el que el Gran Imperio Menetiano logró franquear este escollo, su derrota también originó nuevas mitologías que se prolongaron durante siglos y que aún puede llegar a perdurar en las gentes de baja cultura.
Durante los siglos posteriores a aquella derrota, las leyenda acerca del Pramayán crecieron aún más, otorgando motivos místicos a aquel hecho. Mitos que atribuían una intención a la misma montaña. Leyendas que establecían que aquel era un escollo que no debía ser superado por la humanidad.
Irónicamente, mientras esto sucedía en occidente, la visión de ella que se estableció las naciones de oriente que vivían bajo su sombra no dejaba de ser similar. Al otro lado sólo se podían encontraban pueblos bárbaros sedientos de sangre. Tribus carentes de toda sofisticación o ética, una horda implacable que había necesitado del surgimiento de un inmortal para que pudiesen ser contenidos.

Han pasado ya milenios desde aquellos días pero, por más que esta frontera fuese superada en épocas posteriores a aquel suceso, ninguna de estas hazañas ha tenido una repercusión equiparable a aquella. El tráfico marítimo entre ambos extremos, aunque no exento de sus propios riesgos, es ya algo habitual desde hace siglos y tanto los gremios comerciales como los políticos o los científicos son perfectamente conscientes de lo mundano y lo extraño que se puede encontrar a ambos extremos, pero la materia de la que están hechas las leyendas hace que estas perduren en lugares recónditos.

Pero, a pesar de su grandiosidad, el continente es mucho más que el Pramayán. A medida que uno se aleja de la zona central, la cordillera deja de formar parte de sus vidas, sus mitos y sus temores. Una verdad que también sería extensible a aquellas provincias más alejadas de la gran montaña dentro de los pueblos que la rodean. Por más que su presencia así como su crecimiento siempre han representado una frontera para la integración y comprensión de las culturas que se han ubicado en ambos extremos, esta sólo es una de las múltiples barreras que han frenado esta comunicación.

Si bien es cierto que usaremos este accidente geográfico para dividir la descripción de la geografía del continente, tanto en su interior como en las islas y los mares que bañan sus costar podemos encontrar otros elementos dignos de mención.

- Daegon occidental

Lo porción de tierra que se extiende al oeste del Pramayán a día de hoy tiene una extensión inferior a la que podemos encontrar al este, pero esto no siempre ha sido así ya que, hasta la llegada de Nargión e Ilwar la proporción era la inversa.
Sobre esta superficie, y de acuerdo a los mapas existentes en este mundo, encontraríamos quince grandes naciones, pero tanto la precisión como la intención de estos mapas no dejan de ser valores muy cuestionables ya que en estos tratados no se encuentran un número mucho mayor de pequeños estados y ciudades soberanas.

De todas las grandes naciones que pueblan el oeste continental, sólo dos de ellas no se encuentran bañadas por ninguno de los mares que conforman sus costas; Rrearem y Baern. Todas las demás; Dominio Tarnaq, Tembi, Saliria, Goord, Johrg, Edirth, Shattegar, Nivar, Harst, Shemellom, Bra’Em’Kyg, Naltor y Menetia, así como los territorios anómalos de Werela y las Llanuras Heladas poseen algún tipo de salida al mar. Una vez más indicaremos que esto no siempre fue así, al menos, no siempre lo fue de la misma manera.

Los hechos recientes han impactado de manera especialmente dramática en varios territorios pertenecientes a la porción occidental del continente, haciendo que se desvanezca gran parte de su extensión. Si bien es cierto que la mayor parte de las zonas afectadas se encuentran en sus porciones central y sureña, el foco de estos cambios han tenido una preponderancia especial en aquellos lugares más alejados del Pramayán.

Millones de kilómetros cuadrados han desaparecido, una cantidad equivalente a la pérdida de la mitad de Europa. Este hecho ha afectado a siete de las grandes naciones y uno de los grandes territorios anómalos, pero la cuantía total de los daños provocados por ella exceden con mucho estos ámbitos. Por más desapercibidos que hayan podido pasar en dentro del gran esquema, también ha tenido lugar la desaparición total de otras naciones menores, algunas de ellas en su totalidad. De la misma manera, no sólo se ha producido el regreso de los dos continentes, sino que tanto fuera como dentro del continente existen nuevos territorios por descubrir.

Hasta tiempos recientes ni Shattegar ni Werela disponían de una salida al mar, una situación que cambió con la consolidación de los nuevos territorios. De la misma manera, las líneas costeras tanto de Tembi como de Harst, Edith, Naltor, Bra’Em’Kyg y Nivar han cambiado tras aquellos acontecimientos catastróficos.

La merma que esto ha supuesto para cada una de ellas ha sido distinta y, mientras que en la zona central, la vieja Tembi ha desaparecido por completo, la pérdida sufrida por el resto de territorios tampoco es algo desestimable. Harst ha quedado dividida por la mitad, los fiordos de Nivar han avanzado hacia el interior y Edirth ha perdido cerca de un setenta por ciento de su extensión.
El Océano Sámico ahora llega hasta el Mar de Johrg, una masa de agua que siempre había sido un mar continental.

El impacto recibido por las naciones del sur quizás sea menor en su cuanto al número de naciones afectadas, pero la ruina y las familias rotas que esto ha generado no hace que quienes han padecido sus efectos se sientan afortunados. Quizás una gran parte de su extensión aún se encuentre accesible, pero el mar Progónico y el Mar de Jenul hoy llegan hasta lo que hace poco eran las zonas centrales de Naltor y Bra’Em’Kyg. El daño que esto ha podido causar a otros niveles aún no se ha podido cuantificar, al igual que aún no se sabe cuál ha sido el destino de las porciones de su geografía que han desaparecido. Partes de ellas permanecen aún en este plano de existencia como islas o archipiélagos de distintos tamaños, pero la naturaleza de estos restos aún está por ser catalogadas por los estudiosos.

Porque, de manera independiente a la ubicación geográfica en la que se han manifestado estos fenómenos, o a sus aparentes consecuencias, por más que la causa sea común, no todas las consecuencias se han manifestado de la misma manera.

La inestabilidad planar ha podido causar que, como ya sucediese en su pasado, grandes porciones de tierra hayan acabado en otros niveles de existencia, pero ha sido la súbita ausencia de estos la que ha causado los mayores destrozos. De la misma manera que no todos los habitantes de los territorios desaparecidos han muerto, su llegada hasta otros niveles de existencia ha provocado otra serie de consecuencias para los nativos de su nuevo hogar.
Determinar el destino de cada uno de estos territorios es una labor muy compleja, pero no imposible. Se han encontrado los restos de algunas de las grandes ciudades en las profundidades, lo que ya de por sí permite a los familiares y amigos de quienes allí vivían a comenzar su periodo de duelo, o a los saqueadores a tratar de recuperar lo que pueda quedar de valor en estos lugares hoy sumergidos.

Saliendo del territorio de lo más mundano o lo trágico, y adentrándonos en el terreno de lo mitológico, otros tres lugares de los que podemos encontrar en occidente son en realidad la memoria de un pasado que sólo una persona recuerda. Porque no es necesario que nos vayamos a los nuevos territorios para encontrar lugares excepcionales en occidente.

Dos grandes territorios que han formado parte de él desde siempre se encuentran dentro de aquellos denominados como territorios anómalos; Werela y las Llanuras Heladas. Al mismo tiempo, otros como puedan ser el gran Río Gywek que sirve de frontera entre Naltor y Menetia o las junglas que ocupan desde hace siglos los territorios de Saliria en los que se construyó la ciudad de Amlot también cuenta de su propia mística.

Existen regiones de Daegon en las que lo que podríamos considerar como un accidente geográfico es, o algún día fue, algo más. Lugares como puedan ser tanto el monte Switchden en el Dominio, como el Shendaprata en Shemellom. Tanto los picos como todo lo que se extiende a lo largo de decenas de kilómetros bajo ellos y a su alrededor de ambos antaño fueron criaturas vivas que recorrieron los cielos de este mundo. Más allá de lo que se puede apreciar cuando se está en estos lugares se ocultan los restos de un pasado del que apenas queda rastro, ya que son los cadáveres de sendos shaygan, las criaturas volantes antaño conocidas también bajo el sobrenombre de “los creadores de valles”.
En la actualidad sólo queda vivo una de estas criaturas. Un coloso cuyas dimensiones apenas superan el kilómetro de diámetro y sobre el que se ha construido una ciudad, Kylgir, pero su majestuosa presencia apenas es una pálida muestra de lo que fueron los suyos.

Continuando con aquellos elementos cuya ubicación conceptual se encuentra a medio camino entre lo convencional y lo anómalo, podríamos centrar también nuestra mirada en las construcciones jonudi. A pesar de lo incierto de su origen, y de la ausencia de datos suficientes como para elaborar una teoría unificada y sólida, los estudiosos de las distintas épocas en las que se produjeron cada una de estas apariciones nunca han dejado de estudiarlas y elaborar teorías de todo tipo. De ellas, aquellas que gozan de mayor aceptación dentro de la comunidad científica actual son aquellas que determinan dos orígenes posibles para ellas. Los estancias axiomáticas a los que se bautizó como las dimensiones intermedias de Nusureh y Monrasén.

Tanto el tamaño como la forma y las características de cada estas estructuras oscila enormemente, pudiendo encontrar algunas de dimensiones colosales, como pueda ser el domo de Yujín’Bash’Tamar, conocido también como el “Domo de Jonur” en Áldern, cuyo diámetro visible supera los dos kilómetros y su altura los trescientos metros, o tan acotado como la ciudadela de Baen'Shul'Ilay ubicada en Cahirn Ansay, conocida también bajo el sobrenombre de la “Catedral Infinita”, cuyas dimensiones no son mayores que aquellas que pueda tener alguno de los grandes palacios.

A pesar de sus diferencias, ambas estructuras comparten una característica que no se ha encontrado en otras en apariencia similares. Así pues, mientras que en estos dos casos se ha logrado tener acceso hasta lo que se encuentra en su interior y también se han construido estructuras a lo largo de su superficie, en otros como los de Uli´Shur´Maesh en Baern o Mayin’Isul’Galath en la provincia reani de Mitlanesh, ni su exterior ha podido ser atravesado, ni se ha logrado perforar su superficie o construir nada sobre ellos.

La naturaleza de estas estructuras es claramente anómala, siendo la materia que las compone una oscuridad muy cercana al estado primario de este concepto. Una oscuridad cuya densidad fluctúa haciendo que su exterior sea impenetrable bajo condiciones normales, y que su interior se encuentre ubicado al mismo tiempo en distintos niveles de existencia. Todas ellas llevan tanto tiempo en los lugares que ocupan que, a pesar de conocerse su obvia naturaleza anómala, quienes viven a su alrededor los consideran algo nativo de este nivel de existencia. Tanto es así que dentro del Domo de Jonur se ha llegado a establecer una comunidad humana.

Su tacto, las formas que adopta su exterior o los relieves irregulares que se pueden adivinar a lo largo de sus superficies no comparten similitudes o patrones comunes, y el único elemento que parecen compartir aquellos que han podido ser accedidos es una oscuridad que casi puede ser palpada. Unas tinieblas que no puede ser disipada por luz alguna pero que, a pesar de esto, pueden llegar a ser capaces de generar imágenes en la mente del viajero. Otro elemento que comparten es aquel que hace que las dimensiones de su interior sean con mucho superiores a aquellas que pueden dar a entender las medidas de su exterior. La certeza de que, una vez dentro de cualquiera de ellas, ya no se está en una realidad gobernada por los axiomas imperantes en Daegon.

Otra construcción natural que navegan entre lo convencional y lo anómalo serían los fiordos de Nivar. Ya desde antes de que se produjese la desaparición de la porción central del continente estos territorios contaban con su propia mística ya, más allá de las similitudes estéticas que pueden compartir con aquellos que se pueden encontrar en Norotgard, las condiciones climatológicas de ambos territorios son totalmente dispares.
Su contorno se vio alterado drásticamente tras los eventos que llevaron a la expansión del Mar de Jorhg, pero una parte muy importante de los territorios que lo componían, a pesar de haberse visto separadas de la masa continental, han permanecido en este mundo quedando como grandes pilares irregulares cuyo tamaño oscila entre los cientos de metros y las decenas de kilómetros. Islotes que sobresalen del mar a la misma altura que los acantilados a los que pertenecieron hasta hace un lustro.

Por su parte, en Saliria, en lo alto del Muhinyashu, se encuentra ubicado, oculto también a simple vista, otro lugar mítico, pues su cima también se conoció hace millones de años como Gurudáel; “el primer pico”. El lugar del que surgieron por primera vez los Mayane Undalath.

Saliendo del terreno de los accidentes naturales, siguiendo en paralelo el recorrido de la gran barrera encontramos los restos de la mayor creación humana del mundo conocido; La vía imperial. Esta antigua calzada construida durante los tiempos del Gran Imperio Menetiano surca el centro continental de norte a sur uniendo a lo largo de su camino a las naciones de Menetia, Rearem, Goord, Baern y Saliria.
El estado en el que se encuentra esta construcción, cuya creación se remonta dos milenios atrás en el tiempo, es muy irregular. Lo que nació como un trazado homogéneo ha ido adoptando la personalidad de los pueblos que se han visto atravesados por ella. Pueblos que, en ocasiones, no han contemplado su preservación entre sus prioridades.

Estos sólo son unos pocos ejemplos de lo que se puede encontrar al oeste del Pramayán. Cada nación tiene sus propias leyendas y sus propias maneras de interactuar con su entorno. De entender lo que les rodea. Cada río, cada valle, cada bosque y cada cañada es susceptible de ser especial para quienes han habitado junto a ellas durante generaciones.

De la misma manera, todo territorio afectado por el reciente cambio se ha visto sometido a una revisión por parte de quienes han padecido este. Al igual que sucedió con cada suceso anómalo, que ha padecido el mundo a lo largo de las eras, por más extraños que hayan podido ser, siempre se ha logrado encontrar una “explicación” para ellos. A pesar de tratarse de algo tremendamente infrecuente que sólo tiene lugar una vez cada muchos siglos, se trazan patrones y relaciones indistintamente con aquello que forma parte de la mitología y con lo que es historia contrastada.

Este no ha sido el mayor de los desastres acontecidos en la historia de Daegon, ni tiene un significado especial, pero ya se han alzado voces que afirman conocer “la verdad”. No hay un plan o un propósito en el azar que los ha causado, pero esto no ha evitado que se le haya buscado una intencionalidad y uno recua de sospechosos y culpables a los que acusar.

- Daegon Oriental

Los territorios que se extienden al este del Pramayán contienen un mosaico igualmente único de particularidades que, al mismo tiempo que pueden emparentarlo con occidente, lo diferencian de él.

A este lado de la gran frontera podemos encontrar once grandes naciones; Troll’Kahn, Shirune, Dilirm, Dayashu, Shinzay, Sheparn, Dagorel, Hanrath, Ashgurn, Muliria y T’Nar con algún tipo de acceso al mar, y dos, Ton’Kaheru, Beretear, carentes de él. Si bien es cierto que el tamaño de todas ellas excede la media de las naciones occidentales, al igual que sucede con la anterior, su cartografía es igualmente imprecisa no incluyendo un gran número de naciones con mayor o menor nombre, y realizando agrupaciones discutibles a la hora de determinar su naturaleza y contexto.

En oriente también existe un gran territorio anómalos, las llamadas Llanuras Zulera pero, más allá del hecho de su extrañeza y su condición de frontera natural, este no comparte características con Werela o las Llanuras Heladas.

Su mera existencia, así como sus dimensiones y ubicación en el corazón continental de occidente han condicionado la manera en la que se comunican y relacionan los pueblos que lo rodean.
No todos sus límites son algo perceptible a simple vista y los provincias que hacen frontera con ellos acostumbran a ser igualmente dinámicas.

Algunos de los rasgos más distintivos de la geografía de oriente, a pesar de ser percibidos como tales, no son enteramente naturales. Lugares como la costa de Par-Chay-Anau en Shinzay, moldeada por los progenitores de la humanidad hace millones de años y que comunica todas las islas de los alrededores tanto sobre el mar como bajo él. No el tiempo ni los fenómenos anómalos han logrado hacer mella en su estructura ni su belleza.

Por otro lado podemos tener las ciudades estado de Beretear y Ton’Kaheru, la gran mayoría de las cuales se encuentran construidas en la cara interior de lo alto del Pramayán, no son menos dignas de admiración que las maravillas de la naturaleza.

La manera en la que se encuentran iluminado el interior de estas dos ciudades, así como la majestuosidad de las cascadas interiores que se precipitan hacia un abismo sin fin no tienen parangón en el mundo moderno, de la misma manera que la ciencia que permitió la creación de los puentes de piedra que surcan sus precipicios infinitos aún sigue siendo estudiada cuatro milenios después de su construcción.
Los recovecos que recorrían su interior no sólo fueron expandidos para albergar sus ciudades inferiores, sino que se moldearon para construir bóvedas y acueductos que aprovechasen sus cualidades naturales. Un laberinto de superficies que reflejan la luz del exterior para llevarlas hasta cada rincón de su extensión, que permite que el aire no se encuentre viciado por encontrarse en un entorno en apariencia cerrado. Sus puertas fueron el freno a la expansión de Menetia en oriente, y sus habitantes, los denominados como “Los señores de las alturas”, quienes surgieron del interior de estas cavidades para liderar a los ejércitos que llevarían la batalla hasta las puertas de la antigua capital imperial.

Otra de las maravillas de la naturaleza de oriente son las cataratas del monte Dramchatka, el lugar de nacimiento del gran rio Triad. Ambos accidentes geográficos forman parte de la frontera que separa a las Llanuras Zulera de Hanrath y T’Nar pero, más allá de este hecho hasta cierto punto anecdótico, es uno de los fenómenos que más renombre ha dado a la zona.
La caída del Río Triad se produce a lo largo de más de dos kilómetros, y su anchura en ese punto es superior a los quinientos metros.
El valle fluvial que tiene su origen en este lugar tiene su punto más amplio en el segmento en el que las fronteras de T’Nar y Hanrath confluyen con la de Muliria y finaliza en una nueva catarata en los acantilados de Tesel, el lugar en el que se produce su desembocadura en el Mar Muliense.

Si bien su número e incidencia es menor que en occidente, en oriente también podemos encontrar varias estructuras jonudi como el domo de Bushen’Geth’Ilmior ubicado en la provincia sheparni de Jezael.
Pese a producirse la aparición de este domo hace seis siglos, coincidiendo en el tiempo con aquellos aparecidos en occidente, existen dos grandes diferencias entre este constructo y aquellos que se pueden encontrar a ambos extremos del Pramayán.

Por un lado, la llegada de Bushen’Geth’Ilmior tuvo lugar en una zona habitada. Su solapamiento con esta realidad se consolidó sobre la antigua capital de Jezael, la ciudad costera de Immor. Por otro, es la única de estas construcciones que se encuentra solapada parcialmente con un territorio marítimo. Esto hecho permite ver que la extensión de estos domos no finaliza en su contacto con la masa terrestre, sino que se encuentra mucho más enraizada bajo la superficie. La parte perceptible sólo es una ínfima parte de su superficie, y esta se sumerge hasta profundidades tan remotas como ha sido capaz de descender la humanidad. Llega hasta el fondo oceánico y, se sospecha, mucho más abajo.
Su interacción con las aguas marinas no parece asemejarse en nada a aquellas reacciones que genera su contacto con el agua de lluvia y, mientras que la porción que se encuentra sobre la superficie parece no verse afectada por la luz solar sino que esta es incapaz de generar sombras y contraluces que permitan adivinar el detalle de su estructura, cuando esta se refleja en el mar se puede apreciar un cambio en esta dinámica. Bajo el agua se pueden apreciar estos dibujos como en ningún otro lado. A través de este reflejo se tiene acceso a colores que no existen, a imágenes capaces de moldear la mente de quien las contempla.

En ambos extremos se tiene la percepción equivocada de que, “más allá del Pramayán” la vida es más sencilla. De la misma manera, históricamente se ha tenido siempre la impresión de que la mayor incidencia de eventos anómalos tiene lugar en el extremo que habita cada uno. La cercanía, así como la facilidad y la rapidez en la propagación de las noticias en las naciones vecinas han sido factores determinantes a este respecto, pero esto no convierte esto en una verdad incontestable.
De cualquier manera, lo que sí que es cierto es que oriente se ha visto menos afectada por los eventos recientes que occidente. Si bien esta es una verdad incuestionable cuando comparamos la cantidad de los territorios que se han visto afectados, una vez analizada con mayor detalle no deja de ser una percepción extremadamente parcial. Porque, quizás la manera en la que la Gran Penumbra no hayan tenido un impacto tan directo sobre los habitantes de oriente, pero la fractura en la realidad causada por el regreso de los nuevos continentes también se ha dejado sentir allí.

De toda su extensión, quizás la que más se ha visto afectada haya sido aquella comprendida por las naciones costeras situadas en el sur. Aunque en menor medida que lo sucedido en occidente, algunas de las naciones ubicadas allí también se ha visto afectado por las consecuencias surgidas tras el final de la larga noche. Tanto T’Nar como Muliria han visto sus líneas costeras alteradas, pero la fortuna ha querido que esto no tuviese lugar en ninguna zona habitada. Aún así, los mapas costeros han tenido que ser trazados de nuevo y la navegación por los lugares afectados aún no se encuentra libre de peligros e incertidumbre.

Una situación similar a esta se puede encontrar en el extremo sudoriental del continente. La línea costera del sur de Ashgurn ha perdido dos porciones significativas de sus territorios en las provincias de Géryanat y Hayashin. Mientras que para la primera de ellas esto supuso la desaparición de la ciudad de Pramchatka, en el caso de la segunda no llegó a afectar a ningún territorio habitado.

Al contrario que en el caso de lo sucedido con los territorios de T’Nar y Muliria, las rutas marítimas apenas se han visto alteradas por estos cambios, pero sí que se han producido cambios en las vías terrestres. Las regiones sureñas de ambas provincias, convertidas ahora en una península, han quedado prácticamente aisladas del resto de la nación. Sus comunicaciones se han visto afectadas y, con esto, también su economía. También ha quedado un vacío de poder a escala nacional, una ocasión que no ha tardado en ser aprovechada por quienes aspiran al poder para echar en cara al gobierno su gestión de la situación.

Pero estas no han sido ni las únicas ni las más traumáticos de las consecuencias sufridas. Porque esto palidece ante la pérdida humana que ha padecido Ashgurn con la desaparición de Pramchatka. Por más que una parte de sus habitantes lograsen abandonarla a tiempo, muchos de ellos no han logrado recuperarse del dolor de la pérdida o las experiencias vividas durante aquellos días.

Por su parte, en el extremo nor oriental del continente, el golfo de Ryuseth que comparten las costas de Dilirm y Dayashu ha visto aumentada su extensión. Con esto, no sólo el Mar de Kanyanu ha avanzado hacia el interior del continente, sino que ha quedado al descubierto una nueva forma donde antes residían los territorios continentales. Esta construcción que sobresale por encima del nivel del mar pero no es tocada por este. Su plano de origen es el mismo que el de los continentes retornados, pero su naturaleza es muy diferente. No pertenece a ninguno de los territorios que antaño pertenecieron a Daegon, sino que es el primer artefacto nativo de Kestra que ha entrado en contacto con esta realidad.
Nada de este mundo es capaz de entrar en contacto con ella, ya sea el aire, la luz o el agua, pero su mera presencia sí que afecta a cada uno de estos elementos. Cada una de sus líneas poseen una precisión que no puede ser medida y en sus distintas superficies se pueden contemplar reflejos que no pertenecen a esta realidad. Su interior proyecta una luz tan coherente que su visionado de forma continuada puede llegar a resultar dañino sin una protección adecuada.

Todo lo que hay a su alrededor son cataratas, y es casi imposible navegar en su cercanía. A lo largo de toda su superficie su forma es al mismo tiempo irregular y simétrica. Por debajo el nivel del mar, las aguas han adaptado a su contorno para evitar su contacto creando un área a su alrededor de cerca de cien metros. Su parte inferior no llega a tocar el fondo marino, sino que incluso este parece haberse vuelvo más profundo repelido por su cercanía.

Los cambios que se han producido no entienden del dolor humano o las leyes que gobernaban esta realidad. Quizás los que hemos mencionado en estos párrafos puedan ser los más llamativos o que han supuesto un impacto para un mayor número de personas, pero esta no deja de ser una métrica muy subjetiva ya que el dolor de la pérdida rara vez entiende de proporciones o escala.

Pero, por más que una parte de los distintos los territorios habitados que componen Daegon hayan padecido algún tipo de cambio, esto ya ha pasado a ser materia del pasado. Algo que, poco a poco, va dejando de ser un un elemento más dentro de su día a día. Al igual que sucede en nuestro mundo, el terreno en el que se ha asentado cada pueblo no siempre ha resulta ser un aliado.
La geografía de este mundo no deja de ser un elemento más con el que jugar. Puede set tan algo dúctil o inalterable como necesite el director de juego.
Las placas tectónicas de oriente y occidente pueden tener una relación de yin y yang o ser un concepto uniforme y estático en su comportamiento dependiendo del tipo de tono que quiera el director para sus aventuras. La extensión total de estos cambios aún está por ser descubierta y acotada y, de la misma manera que aún se pueden producir nuevas sacudidas y secuelas de los eventos de hace un lustro, también estos pueden verse revertidos.

Pero si bien hasta el momento hemos tratado con aquello extraordinario dentro de lo ordinario, hemos dejado fuera de manera intencionada aquellos territorios para los que lo anómalo es norma. Aquellas porciones del continente conocidas como...

Los territorios anómalos

A ambos extremos de la gran barrera podemos encontrar grandes extensiones en los que algunas de las leyes universales que tanto nosotros como los habitantes de Daegon damos por sentadas no siempre se cumplen de forma estricta. Lugares en los que tanto lo orgánico como lo mineral se han desarrollado de otra manera, donde la evolución ha seguido otro curso. La vida aún tiene cabida en ellos, algo que incluye la vida humana, pero la naturaleza de esta también se ha visto afectada a diferentes niveles.

Obviamente, su geografía también se ha visto afectada por todos estos factores. Si bien es cierto que al hablar acerca del continente hemos presentado ciertos elementos anómalos incluso dentro de Daegon que se pueden encontrar en su interior, la naturaleza de los extraño en estos territorios es diferente.

En un primer momento estos cambios acostumbran a ser sutiles. Imperceptibles ante el asalto sensorial que pueden llegar a producir en el recién llegado ciertas porciones de estos territorios hasta que ya es tarde. Esto no significa que todo lo que se puede encontrar en su interior sea algo excepcional o extraño, pero a medida que uno pasa más tiempo en ellos aumenta exponencialmente la posibilidad de que su camino se tope con algo que no puede existir más allá de los límites de estos territorios.

La concepción de “lo normal” en el interior de estos territorios depende de cada uno de ellos, y no es algo estático. Lo que una generación pudo vivir con naturalidad para la siguiente puede ser algo extremadamente raro. La fuente de sustentos de unos puede resultar algo letal para quienes les suceden o viceversa. La vida en su interior depende de leyes en apariencia impredecibles, pero estas responden a la mecánica cósmica, al movimientos que tienen lugar más allá del plano material.

Porque, a pesar de su anomalía cuando son comparados con aquellos cuyo comportamiento puede ser predicho gracias al conocimiento actual, de lo desigual de su distribución o lo lo extremas que pueden ser las condiciones de vida en su interior, su comportamiento no es algo completamente arbitrario.

Si bien es cierto que estos territorios se extienden a lo largo de grandes extensiones de tierra, siendo algunas de ellas mayores que varias naciones, no siempre han tenido este comportamiento. Por más que haya que remitirse a cientos, cuando no miles de generaciones atrás para haber conocido otro estado, de la misma manera que surgieron sus cambios pueden verse anulados.

Generalmente estos territorios se encuentran afectados por la presencia de alguna grieta entre realidades y las radiaciones exóticas que se pueden filtrar a través de su apertura. Ni su presencia ni su influencia son algo predecible y, mientras algunos de ellos dejan clara su naturaleza en la manera en la que ha evolucionado la misma vida en su interior, la forma en la que esta influencia se ve plasmada en otros adopta una forma más sutil.
No todos los territorios anómalos se encuentran tipificados o acotados, de la misma manera que el mismo concepto de lo “normal” es una cuestión meramente estadística y un constructo cultural.

Así pues, por más que a primera vista, y ante los ojos de quien no comprende el funcionamiento del universo en su conjunto se puede llegar a confundir lo habitual con una verdad objetiva, en su interior se pueden dar eventos a todas luces imposibles. Tormentas de elementos provenientes de otros niveles de existencia, nieves perpetuas o desiertos en latitudes tropicales, junglas donde debería haber tundra, lugares en los que el espacio o el tiempo no son conceptos mucho más abstractos.

En estos casos todo se vuelve complejo, algo que incluye los intentos por delimitar el área que abarcan cada uno de ellos o, como en el caso de los dos primeros que trataremos, decidir dónde finaliza uno y comienza el otro.

- Las Llanuras Heladas

Quizás el caso más extremo de cuantos componen esta triada de territorios sea aquellos que colindan con Tarnaq, la nueva Tembi y Werela. Aquellos que, dependiendo del punto a través del que se accede a ellos, unos pueblos han bautizado como Skartaria y otros como Tanraqull.

De acuerdo a su posicionamiento dentro del planeta, en primera instancia la forma en la que se refieren a estos territorios podría dar a entender un mero carácter descriptivo, pero estas dos palabras no son suficientes para comenzar a aportar una idea de lo que atañe a esta porción del continente.
Por más que en sus partes fronterizas las llanuras comparten las bajas temperaturas que afectan a las naciones que las rodean, una vez en su interior todo cambia. En la tundra helada que recibe a quienes se aventuran en su seno incluso el mismo frío resulta un concepto extraño. Porque cuando uno se adentra en las Llanuras abandona las latitudes en las que se encuentran demarcadas en los mapas.

La división que se hace en su nomenclatura no es gratuita, ya que si se accede a ellos desde su frontera con Tarnaq estos dan acceso a la región polar de Kaze mientras que, de hacer tal cosa desde Werela o Tembi el viajero puede llegar a acceder hasta la realidad interregna de Vidisláer.

Pero si el apelativo de helado encaja con lo que uno se puede encontrar el viajero al adentrarse en estos territorios, el referirse a ellas como llanuras no deja de ser un elemento descriptivo desafortunado. Porque más allá de la tundra helada que se extiende parcialmente hasta los territorios comunes se tiene acceso a todo tipo de orografías tanto mundanas como extrañas. Picos de alturas imposibles que no son perceptibles para quien se encuentra tras la frontera axiomática y mares que no tocan las costas que recorren quienes las navegan. Simas infinitas que desafían a los sentidos y glaciares compuestos por materiales que no existen que flotan en océanos de incertidumbre.

Dentro de las Llanuras Heladas el espacio no transcurre de manera lineal, sino que se pliega y expande de forma aleatoria conectando puntos aislados. Los puntos cardinales pierden su sentido, lo que se encuentra a la espalda de uno se le puede mostrar frente a él, una sima o una montaña pueden encontrarse a haber dado un paso en ninguna dirección.
Cuando más se adentra uno en estos lugares más difícil es salir, ya que la estructura del cuerpo se adapta a estos cambios. Deja de estar sintonizado con Daegon para moverse en otro nivel. Estrictamente hablando, sus pasos pueden haberles llevado de vuelta fuera de las Llanuras, pero eso no quiere decir que hayan regresado a Daegon.

Aún así, en su interior se han llegado a establecer pueblos. Culturas que han aprendido a leer su entorno, a ver lo que no son capaces de percibir quienes existen fuera de su burbuja. No son pueblos más sofisticados que los que habitan más allá de sus fronteras, pero tampoco gentes primitivas. Tribus nómadas que se adaptan a cada mutación de este entorno cambiante. Gentes de personas que, a pesar de carecer de conocimientos avanzados de la física y la metafísica que les rodea, han aprendido a leer señales imperceptibles para quienes viven más allá de las fronteras que les separan de lo que se extiende fuera de su hogar.

Irónicamente, este contexto es la norma para ellos y, por más complejas y duras que sean sus condiciones de vida, una vez fuera de él no sabrían como vivir sin necesitar de un arduo proceso de adaptación.

Pocas son las expediciones que se han atrevido a profundizar en su interior y, de todas ellas, sólo de una de ellas logró regresar alguien con vida. Alguien desubicado, fuera de su momento y lugar. Una persona que fue tratado de mentiroso o demente.

- Werela

Ubicada al este de las Llanuras, la situación de Werela no tiene similitud aluna con estos territorios o con los de las naciones con las que limita, pero esto no hace la vida en ella más sencilla. A su propia manera, las condiciones de vida en estos también también son muy extremas, pero la relación de su climatología con estas condiciones es mucho menor. Las radiaciones que llegan hasta estos territorios procedentes de otros niveles de existencia han convertido su interior en un entorno que podría ser fácilmente confundido con una jungla tropical. Una apariencia que a lo largo de los siglos ha llevado a quienes la visitan a realizar un gran número de asunciones erróneas y, en ocasiones, letales.

Porque, de manera independiente a su apariencia, su interior se encuentra poblado por conceptos únicos. Un alto porcentaje de su flora y su fauna no pueden existir largo tiempo fuera de ese contexto. Esto no es una mera cuestión del lo brusco y extremo que puede resultar el cambio en la climatología, sino que el mismo suelo y el agua, los nutrientes que sostienen la vida en Werela, no se dan en otro lugares. Werela posee un ecosistema cerrado, no sólo las leyes físicas sino también la manera en la que los principios químicos se encuentran presentes en este territorio han creado una situación de simbiosis y dependencia.

Por otro lado, ciertas partes de su interior, aquellas en las que las grietas planares inciden de manera más intensa, se encuentran solapadas con otros parajes externos. Al igual que sucede con las Llanuras, quienes habitan estos territorios viven simultáneamente en varios niveles de realidad aunque, al contrario que en estos, el espacio sí que funciona de una manera lineal en ellos. Por más que conceptos como la gravedad o el magnetismo se ven alterados en su interior, aunque una brújula no funcione en su interior los puntos cardinales siguen siendo válidos para quienes son capaces de detectar y asimilar los patrones adecuados.

Pero esta no es una tarea sencilla ni siquiera para los nativos de estos territorios, porque las distintas grietas que confluyen en ellos tienen distintos patrones, algunos de los cuales pueden tardar siglos en completar su ciclo. Estas grietas también están sometidas a distintas influencias por parte de los planos a los que dan acceso, llegando a sumirlas en periodos de inestabilidad. En aquellos lugares en los que su actividad no se encuentran en un estado estable todo lo que es tocado por ella se ve afectado. Tampoco existe una manera sencilla de saber en qué momento o lugar se encuentra uno bajo la influencia de alguna de ellas, ya que las señales que delatan su presencia pueden ser percibidas únicamente en momentos concretos de sus respectivos ciclos.
A lo largo de cada uno de estos ciclos las radiaciones que emiten pueden llegar a producir mutaciones no sólo en la flora o la fauna, sino también en la propia composición de sus minerales. Mutaciones que dan como resultado elementos únicos. Bienes que, a pesar de tener capacidades que pueden llegar a ambicionados por los pueblos que viven más allá de su frontera, el riesgo implícito que llevaría su recolección y estudio tiende a convertirlos en algo inasequible incluso para los más poderosos nobles, estudiosos o comerciantes. Algo que, por otro lado, no ha evitado la llegada de distintas oleadas de expedicionarios a lo largo del tiempo en pos de hacerse con ellos.

- Las llanuras Zulera

Al oeste del Pramayán se encuentra el más extenso de los axiomáticos conocidos por la humanidad hasta el regreso del continente perdido; las Llanuras Zulera.

Esta porción del continente carece de unos rasgos tan identificativos como los de los mencionados hasta el momento, pero esto no hace que su presencia sea menos problemática. Ocupando una porción nada despreciable de la parte central de oriente, su mera presencia ha supuesto un condicionante para la manera en la que se han comunicado las naciones que se encuentran en ubicadas en sus extremos opuestos. Este territorio recibe su nombre como consecuencia de los pueblos que habitan en su interior, las antaño tribus nómadas de los Zulera quienes, en gran medida, han sido uno de los nexos de unión y comunicación mas importantes entre las naciones del norte y el sur de esta porción del continente, y uno de los pueblos que más se han visto afectados por las consecuencias de la última larga noche.

Porque, si bien es cierto que las porciones habitadas del este continental se han visto afectadas en menor cuantía por el reciente evento anómalo, las Llanuras sí que han experimentado un gran número de cambios en su composición ya de por sí arbitraria.

La naturaleza de as grietas que confluyen sobre este territorio han permitido que los pueblos que habitan en su interior tengan una interacción más continuada con el resto de naciones, una relación que les ha permitido evolucionar socialmente de una forma más cercana a la del resto de culturas pero, al mismo tiempo, esto no ha supuesto que su visión acerca del mundo o la vida vaya pareja a la de estos.

El azar ha querido que las realidades con las que se solapan las Llanuras a través de estas aperturas que dan acceso hasta ellas hayan creado un entorno hasta cierto punto estable, pero esta estabilidad no ha supuesto que los axiomas que imperan en su interior sean totalmente parejos a los de Daegon, o que toda su extensión permita la existencia de vida humana en ellos. La gravedad en ellos es arbitraria y direccional. Adentrarse en ciertas parte de su interior puede suponer la muerte por aplastamiento o el perder el ancla con el firme. Estas fluctuaciones son perceptibles para los Zulera, pero alguien criado fuera de este entorno está condenado a una muerte casi segura.
La luz también se refleja de una manera distinta y, lo que desde el exterior puede parecer una llanura infinita, una vez dentro se vuelve un mosaico caleídoscópico repletos de formas que emergen en ángulos imposibles. Parajes de plantas inquebrantables y rocas fluidas, de mares súper densos y montañas etéreas.

Tras los recientes eventos algunas de sus características estables se han visto alteradas, transformando este lugar en algo aún más peligroso para quienes lo han habitado desde su infancia.

- Otros lugares extraños

Por más que estos sean los territorios más significativos en cuanto a su extensión, existen otros territorios anómalos dentro del continente aunque, como ya comentábamos cuando hablábamos de los lugares excepcionales, marcar una línea que separe con claridad a algunos de ellos de estos es en multitud una mera cuestión de matices o de percepción.

Lugares como la antigua ciudad imperial de Tashuke o el observatorio dimensional de Suli’Gier’Nal. Como el espacio que ha quedado donde antes había ciudades o placas continentales, como las nueve islas errantes que aparecieron durante los tiempos del Gran Imperio Menetiano o la ciudad celeste de Stergión. Como todas aquellas que aún no han sido descubiertas por la humanidad.

El continente es un lugar enorme, una extensión de tierra en la que caben todo tipo de fenómenos, pero para que estos lleguen a ser considerados anómalos deben tener algo único. Algo que los convierte en fuente de historias, en un foco del que beban el sentido de la maravilla, el misterio, la admiración y el temor al mismo tiempo. En una contradicción a todos los niveles.

Deben ser extraños incluso entre ellos, pero diversos en una manera en la que esto no los vuelva inverosímiles dentro de un contexto como el de Daegon o la realidad que se quiera definir. Esta extrañeza es la única característica compartida por todas ellas.
Así pues, ni Werela, Skartaria, Tanraqull o las Llanuras Zulera son un patrón que seguir ni todo lo que se ha descrito hasta el momento tiene porqué continuar como ha sido presentado. Nadie sabe qué hay bajo los abismos infinitos bajo Beretear o en las aguas que bañan Nivar, pero esto no ha evitado que surjan miles de leyendas a su alrededor.

Las Islas

Más allá del gran continente, al igual que nuestro mundo, Daegon está salpicado por miles de islas de distintos tamaños. Territorios de distintos tamaños que albergan en su interior un número proporcional de elementos comunes y únicos. Si bien es cierto que número es muy elevado, y que este ha sido ampliados con la llegada de los nuevos territorios, aquí nos centraremos en aquellos que albergan en su interior a alguna de las civilizaciones humanas.

Separándose de manera paulatina del continente se encuentran las grandes islas, algunas de las cuales son denominadas por sus habitantes como continentes de pleno derecho. Todas ellas formaron parte hace eones del gran continente pero en ninguno de los libros de historia de Daegon se encuentra plasmado un momento en el que Sembia, Shatter, Thurgold, Norotgard o Mashulanu pudiesen ser alcanzadas sin necesidad de surcar los mares. A estas grandes islas se han sumado dos de los nuevos territorios ya que, de todas los territorios errantes retornados, dos de ellos no sólo cuentan con habitantes humanos, sino que también se han materializado a una distancia que permitiese su visualización desde alguna de las rutas marítimas; Rayhosha y Eladar.

De entre el resto de los territorios marítimos de Daegon en los que se puede encontrar vida humana podríamos destacar a los grandes archipiélagos, Yarnú y Kúbor Yolasté pertenecientes al viejo mundo, o el de Digarta que se sustenta alrededor de Rayshosha. Lugares que, si bien no cuentan las mejores condiciones para que la vida florezca en ellos, sí que disponen de una amplia y nutrida variedad de minerales exóticos.

Por otro lado, y en un estado aún de incertidumbre se encuentra el nuevo archipiélago de Dalmeshi, los territorios huérfanos que han permanecido sobre los mares de este mundo tras la desaparición de la costa de Bra’Em’Kyg. Un conjunto de islas que, junto a Sembia y el Kúbor Yolasté podrían ser considerados, al menos parcialmente, como territorios anómalos.

Porque, de manera independiente a su explotación o población, no todos estos islotes comparten la misma naturaleza. Así pues, la población de estos lugares no atiende a los mismos criterios que aquella que se puede encontrar en el resto de islas. Mientras que los pobladores del Kúbor Yolasté pertenecen a los consorcios de comerciantes que gestionan su explotación, los de Dalmeshi son principalmente los integrantes de expediciones científicas, buscavidas o familiares de quienes moraban en aquellos territorios que, un lustro después, aún no han perdido la esperanza de encontrar alguna pista acerca del paradero de sus allegados.

- Thurgold

Dentro de las islas que jamás han abandonado este mundo Thurgold es la que cuenta con una extensión mayor.
Su extensión desde su posición situada más al oeste, localizada en la ciudad costera de Tarxis, y la ubicada más al este; localizada en la bahía de Nayinteru, es de cerca de dos mil ochocientos kilómetros. Por su parte, de poder trazarse una línea perpendicular entre entre esta misma bahía, el punto situado más al norte, y los acantilados de Mesenu, su homólogo en el sur, su longitud aproximada sería de mil cuatrocientos kilómetros.

La geografía de esta isla ha sido tan convulsa como su historia, y es quizás la que más cambios ha sufrido a lo largo de su los tiempos. Dentro de la “Columna de Yyvylion”, la cordillera que surca su interior, existen varios cráteres pertenecientes a volcanes hoy durmientes o extintos pero, durante su periodo de actividad, terminaron con una gran parte de la vida vegetal en la isla.
Así pues, es una isla mayormente desértica cuyo mayor interés durante siglos vino dado por su situación geográfica como parte de las rutas marítimas que comunican oriente y occidente. Recientemente, hace aproximadamente un siglo, el descubrimiento dentro de “La Columna” de yacimientos de salich despertó un interés adicional por parte de otras naciones.

La división territorial de este isla se encuentra claramente determinada por dos factores que no dejan de estar íntimamente relacionados; la Columna y los pueblos del continente que llegaron hasta cada uno de sus extremos antaño. En su interior no existen grandes naciones, pero sí una colección de ciudades estado ubicadas en sus costas que, en algún momento dado estuvieron relacionadas con alguna de las naciones continentales. De esta manera, en la porción occidental de la isla podemos encontrar a las ciudades de Tarxis, Anuar, Greyshard, Bélaster y Yarna. Ciudades que antaño fueron colonias menetianas o naltorianas que terminaron obteniendo su independencia.

De la misma manera, en su segmento oriental encontramos al llamado Rashen Agor o “Federación comercial de las ciudades estado de Thurgold”. Un conglomerado formado por las ciudades de Dozo, Godosu Nayal, Betharan, Iwasanli y Nimala Sinratu. Ciudades que nacieron como campamentos mineros de distintos consorcios comerciales de Ashgurn y Muliria hace menos de un siglos y que obtuvieron su independencia hace escasas décadas.

Pero estos no son los únicos pueblos que habitan en esta isla. Más allá de la costa aún perduran los descendientes de los considerados como los pueblos indígenas de la isla. Así pues, su interior occidental está surcado por las tribus nómadas de los takuro, los chanasayani o los eneleshi mientras que el oriental es se encuentra habitado por los onkeni, los bochanyi o los thomsaru.

Tanto el desierto interior como La Columna son lugares que aún poseen multitud de misterios por desvelar porque, al contrario de lo que dicta el saber popular, las culturas de los pueblos indígenas no dejan de ser una adaptación un entorno cambiante. Antaño Thurgold fue un lugar muy diferente. Un lugar en el que, al igual que en continente, se establecieron civilizaciones muy avanzadas cuyos restos aún se encuentran ocultos bajo las dunas.

- Shatter

Si continuamos nuestro viaje a través de las viejas islas y seguimos una ruta que nos lleve hasta aquella cuya extensión sería más similar a la de Thurgold, este nos llevaría hasta Shatter. De todas las grandes islas, esta sería quizás aquella que guarda una mayor número de similitudes en cuanto a su naturaleza con lo que se puede encontrar en los territorios estables del continente.

Su extensión desde su posición situada más al oeste, localizada en las ruinas costaras de Siburn en Sinráesh, y la ubicada más al este; localizada en la bahía de Nalús en Silvarta, es de cerca de dos mil kilómetros. Por su parte, de poder trazarse una línea perpendicular entre entre la ciudad de Nálasen en Tálaspor, el punto situado más al norte, y la playa de Rumica en Olesne, su homólogo en el sur, su longitud aproximada sería de mil novecientos kilómetros.

Al contrario de lo que sucede en Thurgold, el tipo de parajes que se pueden encontrar en su interior tiene una gran diversidad, abarcando indistintamente desde densos bosques hasta zonas desérticas, desde montes de mediana envergadura hasta llanuras de toda índole, desde ríos o lagos hasta acantilados rocosos o playas cristalinas.

En lo que respecta a su población, tanto su número de habitantes como la dispersión que tienen a lo largo de su territorio también es mucho más amplia e interrelacionada que en el caso de la isla desértica. En ella se pueden encontrar más de una decena de naciones con distintos niveles de evolución, siendo los que ocupan una mayor porción su territorio las de Silvarta, Tálaspor y la agrupación de clanes de la etnia nirgedu conocida como Sinráesh.
Aunque en otro orden de magnitud, dentro del esquema de poder de la isla también podríamos contar como relevantes a las naciones de Olesne, Maelic y Vanyashi.

En su interior también se pueden encontrar los restos de distintas civilizaciones del pasado antiguo como las de Lartal, Ovenyatna o Dogor Kelys. El tiempo y la climatología han sido generosos con el legado de estos pueblos, y una parte importante de su legado arquitectónico ha servido como base para la construcción de las naciones modernas.

Pero la relativa estabilidad axiomática que ha protegido históricamente a Shatter se vio alterada durante el reciente suceso anómalo. En los momentos finales de la Gran Penumbra una isla se materializó parcialmente en el interior de los territorios pertenecientes a Sinraesh. Una isla que no podía ser accedida mediante métodos físicos. Esta misma isla, de manera simultanea, también se materializó cerca de las costas de Menetia pero, mientras que ya no es perceptible desde esta última, en la actualidad su presencia aún permanece ligada a los territorios de Shatter.
A su vez, las brumas axiomáticas que rodean los territorios limítrofes a aquellos implicados en el solapamiento dan acceso hasta una tercera realidad afectada.

- Sembia

Si la situación experimentado por Shatter hace dos décadas es algo excepcional dentro de su contexto, la naturaleza de la isla que le sigue en tamaño ha hecho que quienes la habitan posean una percepción mucho más flexible acerca de lo que interpretar como “normal”.
En Sembia, la tercera isla más grande del viejo mundo, la vida es algo que no se da por sentado. Es un lugar en el que cada día es aceptado como un regalo. Como un don por el que se ha luchado duramente y que se aprecia y valora como en ningún otro lugar.

Su extensión desde su posición situada más al oeste, localizada en los acantilados de Anestheti, y la ubicada más al este localizada en el cabo de Fejarn, es de cerca de seiscientos kilómetros. Por su parte, la línea que uniría perpendicularmente la playa de Totktoleshu, el punto situado más al norte, y la ciudad de Progosti, su homólogo en el sur, mediría aproximada mil trescientos kilómetros.

Más allá de la anteriormente Progosti y la ciudad de Górjost, ambas colonias establecidas por el Dominio, el resto de la isla se encuentra poblada por una miríada de tribus cuyo modo de vida podría ser catalogado casi como primitivo.

Las distintas radiaciones exóticas que han bañado Sembia a lo largo del tiempo la han convertido en una fuente de contrastes. Una isla fragmentada axiomáticamente que ha obligado a sus habitantes a permanecer en constante movimiento para evitar sus efectos más perniciosos. Tanto los vientos como los sustratos subterráneos de la isla se encuentran afectados por los movimientos anómalos actuando al mismo tiempo como agentes propagadores y barrera. El paso de las estaciones no supone únicamente un cambio en su temperatura, sino que también afecta a la actividad de las grietas que existen tanto sobre su superficie como bajo ella.

La isla tiene distintas cadenas montañosas y ríos que nacen de ellas, pero ninguno de estos elementos es comparable al N’leshu. Este monte, ubicado en en la porción noroccidental de la isla, no sólo representa su punto más elevado, sino que también es el origen de los dos ríos más caudalosos que la recorren. En su cima se encuentra el nacimiento del Winyale y el K’sudi pero, a pesar de que ambos surgen del mismo punto, uno de ellos desciende por la ladera norte y el otro en la sur oriental.

La vida de una gran parte de las tribus de la isla se conforma alrededor de las orillas de estos ríos y sus afluentes. Sus aguas no sólo les proporcionan sustento, sino que también son el indicador sobre el que han aprendido a leer los cambios que se avecinan. Los minerales que arrastran desde lo alto del N’leshu son especialmente susceptibles a las radiaciones anómalas, y las tonalidades que van adquiriendo a lo largo de su tránsito ha sido históricamente el elemento que ha determinado en gran medida los flujos migratorios de estos pueblos.

A pesar de haber incontables tribus a lo largo de Sembia no se puede decir lo mismo de las etnias que los componen. La raíz de las que parten todas ellas son cuatro; Noh’Krieg, Elantari, Mainari y M’gebu, pero ha sido la dispersión de sus emplazamientos a lo largo de su hogar y no su raíz genética lo que ha lo que ha condicionado la manera en la que ha evolucionado cada tribu.

Los emplazamientos que se han establecido por parte de los pueblos del continente se encuentran ubicados en la parte sur, la porción de la geografía de la isla que goza de una mayor estabilidad axiomática pero, al mismo tiempo, aquella que dispone de una menor variedad de recursos naturales.
El alcance de los solapamientos planares no se limita a la propia isla, sino que algunos de estos llegan a extenderse más allá de sus costas. De la misma manera, el vivir fuera de ellos tampoco garantiza la seguridad de quienes los habitan. Dependiendo de la época del año tanto el agua como el aire pueden transportar elementos impregnados por las radiaciones exóticas hasta lugares no afectados por estos.
De la misma manera, el simple hecho de que exista un solapamiento o una grieta dimensional activa no lleva implícito nada forzosamente dañino, sólo el potencial de que se produzca alguna mutación en su flora o fauna. Aun así, si bien no se trata de un agente destructor, algunos territorios muertos han llegado a revivir gracias a esta influencia, tampoco busca el bien de la humanidad. Por más que distintas culturas hayan tratado de apaciguarlos o llamarlos, las grietas carecen de dueño deseo, intención o consciencia de la existencia de conceptos sentientes que se vean afectados por su acción.

- Norotgard

La isla de Norotgard es el territorio que alberga alguna civilización humana en su interior cuya latitud se encuentra situada más al norte.
Su localización ha convertido a la isla en un lugar de paso casi obligatorio para quienes recorren el norte por el mar, ya que se encuentra situada entre las Llanuras Heladas y la región polar de Kaze. Esta condición ha provocado que aquellas naciones que ocupan las zonas costeras del sur hayan tenido a lo largo de su historia un contacto continuado con representantes de un gran número de los pueblos del continente. Por otro lado, su situación también convierte a la isla en un territorio hasta cierto punto inóspito que ha condicionado el carácter y la cultura de quienes lo habitan.

Su extensión desde su posición situada más al oeste, localizada en la bahía de Jagrosh, y la ubicada más al este; ubicada en el cabo de Astanar, es de cerca de dos mil kilómetros. Por su parte, de poder trazarse una línea perpendicular entre entre el glaciar de Aesur, el punto situado más al norte, y el fiordo de Naakith, su homólogo en el sur, esta se prolongaría a lo largo de seiscientos kilómetros.

A pesar de lo dura que es la vida en la isla, esta aridez no le viene dada por la presencia de ninguna grieta o solapamiento planar. El norte es un lugar muy duro, un lugar en el que la tierra apenas da para alimentar a quienes la trabajan.
En el interior de la isla podemos encontrar tres grandes naciones; Reykstolm, Vargad y Nosgarath y cerca de un centenar de pequeños feudos y pequeños estados guerreros. A pesar de que el origen étnico de todas ellas es el mismo, y lo limitado de las dimensiones de la isla, las condiciones de cada territorio han condicionado enormemente su desarrollo físico y cultural. El tamaño de las grandes naciones palidece ante el de aquellas que se pueden encontrar en el continente y que se denominan a sí mismas bajo ese mismo apelativo, pero dentro del contexto de Norotgard su poder es casi indiscutible y son quienes controlan de facto todo el tráfico marítimo que pasa por sus costas. A pesar de esto, en los tiempos en los que la precariedad es más acuciante en el norte, no es raro que los pueblos más desfavorecidos asalten a sus hermanos del sur o a los navíos que se acercan a sus costas.

Por más que axiomáticamente hablando Norotgard sea un territorio estable, en su interior se pueden encontrar dos elementos que los diferenciarían claramente de otros. Por un lado, en la ciudad de Otkel se encuentra varado desde hace casi dos milenios el domo Jonudi de Shall'Taen'Naú. A pesar de que una gran parte de la mitología de la isla se ha construido alrededor de este constructo, este lleva inactivo desde hace más de cinco siglos, pero esto no ha impedido que se haya cimentado aún más su aspecto mítico.

Por otro lado, sobre lo alto del monte Malesk, aquel que sirve como frontera entre Vargad y Reykstolm, se encuentra la isla flotanta de Turgás'Tal; el único lugar a través del cual se ha tenido contacto con los Kesari.

Ambas localizaciones son igualmente inalcanzables, ya sea por su posición o por su propia naturaleza, pero ni este hecho ni el que los habitantes de Norotgard sean considerados como unos bárbaros iletrados por parte de los pueblos más sofisticados del continente, ha supuesto un problema ante los estudiosos de todo el mundo deseosos de saber más acerca de lo que se encuentra más allá de esta realidad.

Otro de los elementos de la isla que han despertado el interés a estos mismos estudiosos son sus fiordos. Estos se pueden encontrar a lo largo de todo su contorno adquiriendo un gran número de formas y tamaños. Tanto en algunos de ellos como en los glaciares que pueden ser alcanzados desde sus regiones se han podido encontrar restos orgánicos procedentes de épocas remotas.

- Mashulanu

Finalmente dirigimos nuestra mirada hasta el archipiélago de Sakaki, el lugar en el que se encuentra la última y menor de las conocidas como “grande islas”.
Mashulanu es la mayor de las islas que conforman el archipiélago, pero no la única habitada. Si bien es cierto que todas quienes habitan en ellas comparten una cultura similar, dentro de este entorno podemos encontrar tres naciones; Shihimatsu en la isla de Doroshi, Hirogu en la isla de Ayeko y el propio imperio de Mashulanu. A pesar de sus diferencias, la manera en la que se han aislado a sí mismas del continente han hecho que, históricamente, desde este se haya considerado a todos los pueblos del archipiélago como una única nación, pero esto no deja de ser una apreciación equivocada.
Lo que sí que es cierto es que Mashulanu es la que ha tenido una mayor influencia en los territorios que colindan con ella. Su extensión desde su posición situada más al oeste, localizada en el cabo de Asama, y la ubicada más al este; ubicada en el cabo de Irata, es de cerca de seiscientos kilómetros, pero esto se debe más a su posicionamiento dentro de los mapas que a una longitud real ya que en sus partes más anchas la isla no mide más de trescientos. Por su parte, de poder trazarse una línea perpendicular entre entre el cabo de Gokaze, el punto situado más al norte, y el estrecho de Sishitomi, su homólogo en el sur, esta se prolongaría a lo largo de novecientos kilómetros.

Tanto esta isla como las que le rodean se les ha considerado históricamente como uno de los territorios más estables de Daegon, una cualidad que se ha mantenido tras los sucesos acontecidos tras la última “Larga noche”. Aun así, más allá de las islas que lo componen y se encuentran ancladas a la corteza planetaria, su número se ha visto incrementado por la presencia de cinco islas que han comenzado a surcar sus cielos formando un nuevo archipiélago flotante.

De entre estas nuevas islas, menores todas ellas que la de Doroshi, una de ellas alberga vida humana en su interior, pero sus habitantes, a pesar de ser conscientes de la existencia de la otra, aún no han sido aún capaces de ponerse en contacto con los mashlanitas.

A pesar de su estabilidad, la vida en Mashulanu no es sencilla. Sus tierras no son muy fértiles y la cantidad y variedad de alimentos que crecen en ellas son escasas. La cordillera del Mikaboshi que recorre casi toda su línea central, y los territorios rocosos que la rodean ocupan casi un setenta por ciento de extensión de la isla y en ellos apenas se pueden encontrar zonas habitadas. El noventa por ciento de su población se agolpa en las zonas costeras, encontrándose mucho más habitada su sección occidental.

A pesar de la percepción de estabilidad que se tiene acerca de Mashulanu, su pasado no ha estado totalmente exento de sucesos anómalos. Hace cerca de tres milenios una abstracción entró en contacto con esta realidad y tomó nombre y forma de mujer; Korian. El lugar en el que se produjo este suceso quedó marcado con un cráter aún hoy continúa siendo investigado. De su unión con un humano nació quien sería su gobernante durante cerca de dos milenios.

En ese punto las barreras que separan lo conceptual de lo terrenal son más débiles. Bajo la influencia correcta, ciertas ideas que no son de este mundo se filtran han impregnado la percepción de quienes se han visto tocados por ellas de manera continuada. Bajo esta influencia, los sentidos de quienes se han visto afectados por ella han sido capaces de tener acceso hasta pequeñas porciones de lo etéreo. Si abandonar jamás este mundo han sido capaces de ver, escuchar y sentir lo que no tiene forma ni tacto, lo que no emite sonido. Su folclore se ha visto fuertemente influenciado por este hecho ya que, quienes no enloquecieron trataron de plasmar aquello que no puede ser expresado con palabras y dar forma a lo que carece de ella.

- Otras islas

En el viejo mundo se pueden encontrar también más islas y archipiélagos que los aquí mencionados pero, ya sea por la distancia a la que se encuentran del continente o el resto de territorios habitados, por el escaso interés que han despertado sus recursos, o por su distancia de las rutas comerciales, el impacto histórico que han tenido unas culturas sobre las otras ha sido mínimo a lo largo de los últimos milenios.
De la misma manera, puede tratarse de islas sin vida humana en su interior o pobladas por los restos de alguna de las culturas de antaño cuya manera de entender el mundo haya evolucionado en otra dirección. En ellas se pueden ocultar pueblos que han decidido voluntariamente permanecer alejados de lo que se encuentra más allá de sus costas, gentes que han optado por expandirse en otras direcciones de este u otros mundos, o encontrarse encerrados dentro de una burbuja axiomática de la que no han podido escapar.
Su presencia en los mapas políticos puede haber sido residual o aún pueden ser territorios por descubrir. Sea como fuere, cualquiera de estas situaciones no tiene porque ser permanentes.

Los mares

Las aguas que bañan las costas de Daegon y las islas que lo rodean tampoco se encuentran libres de sus propias particularidades. Tanto en su superficie como en las simas abisales que pueblan los fondos marinos también se pueden encontrar fenómenos que no se podrían dar en nuestro mundo o territorios anómalos.

Cada una de estas grandes masas de agua goza de su propia historia y su propia mítica pero, mucho más allá del continente se encuentra el Gran Océano sin nombre. Una colosal masa de agua que ha permanecido lejos de la presencia humana durante milenios pero que recientemente se ha vuelto a fragmentar.

Actualmente, una gran parte de la superficie de estas aguas se encuentra cubierta por la noche perenne que sobre ellas proyectan los nuevos continentes celestes de Nargión e Ilwar así como la gran isla de Rayhosha.
Estos territorios marinos, desiertos durante desde tiempos a los que apenas alcanza a llegar la memoria humana, vuelven a reencontrarse con viejos conocidos, pero sus pobladores nada tienen que ver con quienes antaño les abandonaron.
Durante todo este tiempo, por más expediciones que han podido tratar de explorarlos, han sido “agua incógnita”. Territorios impracticables por la vía marítima ante la escasez de territorios en la que obtener agua que no sea salada.
Este es un hecho que no ha cambiado tras el regreso de los continentes perdidos sino que ha empeorado aún más. Porque, a este impedimento vital se le ha unido la imposibilidad de que la luz del sol llegue bajo ellos. Porque quizás sólo una ínfima parte de los territorios retornados lleguen a entrar en contacto con la corteza terrestre, pero más allá de estos puntos se extienden miles de kilómetros de la oscuridad más absoluta.
Sumado a todo esto, dentro de esta oscuridad las aguas son extremadamente convulsas. Las poderosas e impredecibles corrientes de aire que se forman entre las masas terrestres que sobresalen del océano y este, sumado a la incesante lluvia de rocas que se desprenden de estas masas continentales como consecuencia de estas hacen de su tránsito algo suicida.
La misma roca que conforma estos continentes ha visto alterada su naturaleza axiomática, afectando a su vez todo lo que entra en contacto con ella. El Gran Océano ya no es tal, pero aún no se sabe en qué se ha convertido.

Pero las aguas de Daegon se extienden mucho más allá de aquellas tocadas por sus masas continentales. En ellas se encuentran aún miles de misterios y recuerdos. Infinidad de fragmentos de historias aún por ser recuperada.
Sus simas abisales se encuentran pobladas no sólo por criaturas y conceptos que la humanidad no ha visto en eones, sino que también encierran al tercero y último de los Siete Picos que tenía su hogar en este planeta. La ciudad más antigua existente sobre este mundo; Matnatur, la que también fue conocida como Rielt Kamage; la última esperanza durante los tiempos ya olvidados de los progenitores de la humanidad.
Entre la roca sobre las que se esculpió esta ciudad yace una de las estirpes de los guardianes durmientes. Es el lugar de nacimiento y descanso de una de los linajes de los Mayane Undalath y la única de sus ciudades que logró sobrevivir a aquellos días.

Cada uno de los picos, al igual que el resto de los lugares anómalos, es un lugar único, y esta es una verdad que de la que no se encuentran exentos cada uno de los lugares de nacimiento de los Dragún Adai. Por más que las mitologías que contemplan su existencia hayan tratado de expresar de forma terrenal lo que estos fueron un día, ninguno de ellos ha sido comprendido en su totalidad.

Pero no es necesario alejarse del continente para dar con lugares cuya naturaleza es extraña o única. Los mares que rodean al viejo Daegon también se encuentran imbuidos de sus propios misterios y sorpresas. Hablando a grandes rasgos, estos se podrían dividir en cuatro grandes grupos.

Si comenzamos este recorrido de acuerdo a los puntos cardinales, las costas del norte continental, al igual que las de la isla de Norotgard se encuentran bañadas por las aguas de los siguientes mares:

Mar Progónico
Mar de Khanyanu
Mar de Lyg
Mar Adrásico
Mar de Jenul
Mar Egresio
Mar de Nalesh
Mar Alisio
Mar del Kehanru
Mar de Mensela
Mar Iléstico
Mar Cesel
Mar Mistélico
Mar Elesio

si dirigimos nuestra mirada hacia su costa oriental y la isla de Mashulanu, nuestros pasos nos llevarían hasta...

Mar de Mashazu
Mar de Shenzú
Mar de Mulir
Mar del Mashur
Mar de Káragos

Por su parte, tanto la mitad inferior del continente como las de la isla continente de Thurgold se encuentran acariciadas por las aguas de...

Mar Muliense
Mar Sauco
Mar Yínrico
Mar de Wadja
Mar de Asuge
Mar de Calasto
Mar de Les
Mar Orsrilio
Mar Sétrio
Mar de Rhul
Mar de Eselne
Mar de Danlau

Cerrando el círculo en nuestro recorrido este viaje finalizaría con nuestra llegada la costa oeste del continente, al igual que las grandes islas de Sembia y Shatter. Territorios que, históricamente han estado en contacto con...

Mar de Baleni
Mar Báglio
Mar de Ogoth
Mar de Mámrra
Mar de Lizov

Si la geografía continental ve separados a oriente y occidente por la confluencia de las placas tectónicas cuya colisión generó el Pramayán, el mar alrededor de este coloso también se encuentra igualmente afectado por ellas. A este respecto, tanto las Simas de Selur en el norte como el estrecho de Panyal en el sur han sito tanto o más frontera que la gran cordillera. Si naturaleza impredecible siempre ha sido un freno ante las ambiciones de los gobernantes y un acicate de cara a los estudiosos, los exploradores y los aventureros.

Las especulaciones alrededor de los fenómenos que causan este comportamiento son tan diversas como los pueblos que han convivido con ellas a lo largo de la historia. Elementos únicos acerca de los cuales se ha escrito de manera ininterrumpida a lo largo de los siglos. En las bibliotecas de Daegon se pueden encontrar cientos de estudios a este respecto pero, por más que se hayan logrado crear teorías que se aproximan enormemente a la verdad, estas no han servido para que su navegación sea una tarea menos peligrosa.

A su vez, el rigor tampoco ha podido evitar el surgimiento de teorías de otro tipo. Hipótesis que poco tienen que ver con los datos observables y que se han demostrado tan ingobernables como la naturaleza de estos territorios. Una gran parte de ellas no atienden a hechos sino a la deformación que el tiempo provoca en las historias. Así, por más que los habitantes de Daegon han especulado con la posibilidad de que todo el Pramayán como lo que le rodea sea en sí un gran territorio anómalo, esto no deja de ser un mito parcialmente cierto. Porque si entendemos lo anómalo como algo excepcional, en ninguna otra parte del mundo se pueden encontrar condiciones similares a aquellas que conforman a estos territorios.

Las aguas que rodean a la gran cordillera que separa el continente, al igual que esta misma, han supuesto históricamente mucho más que una mera barrera geográfica y cultural. Han sido obstáculos cuya complejidad a la hora de ser sorteados ha hecho avanzar a la ciencia y al conocimiento. Que han permitido que avance la manera en la que la humanidad han entendido su propio mundo.
Ha sido su intento por alcanzar lo que se encuentra más allá de esta barrera lo que les ha hecho llegas hasta territorios olvidados o desconocidos. Hasta lugares en los que yacía parte de una historia de la que no eran conscientes. Esto no sólo les ha forzado a avanzar en los terrenos de la cartografía, la ciencia de la navegación o la espedeología sino que, de manera más o menos directa, les han ayudado a realizar grandes avances en distintos campos del conocimiento.

Al igual de lo sucedido en sus acometidas a través de la vía terrestre, llegar hasta “el otro lado” a través de rutas marítimas ha sido una tarea en la que se ha logrado el éxito en distintas ocasiones, pero el lograr esta comunicación siempre les ha forzado a alejarse de lo conocido.

En el norte, el súbito cambio de altura que se produce en el punto en el que entran en contacto el Océano Sámico, el Mar Progónico y el Mar de Khanyanu es la fuente de un gran número de corrientes ingobernables que impidieron su tránsito marítimo durante siglos. Fue necesario el desarrollo y establecimiento de complejas rutas alternativas y sofisticadas técnicas de navegación para poder llegar a superar este escollo. Para sortearlo es necesario llegar casi hasta las regiones polares, por lo que este tránsito sólo es viable de manera segura en épocas muy concretas del año, y ni siquiera en ellas se trata de un viaje cómodo o exento de riesgos.

Si bien es cierto que las aguas sureñas acostumbran a ser más calmadas y benevolentes que que las de sus homólogos del norte, esto no hace que todas ellas puedan ser navegadas con la misma facilidad. La vía marítima que comunica a occidente con oriente lleva activa desde hace ya mucho, pero sigue siendo muy complejo navegar costeando alrededor de las estrecho de Panyal. Fue el tratar de superar este obstáculo lo que llevó a Menetia y Naltor a alejarse mucho de la costa y terminar redescubriendo y colonizar la isla de Thurgold. Por más que este hallazgo haya pasado a sus libros de historia como una proeza auspiciada por la inquietud y el ansia por hacerse con el control de nuevos territorios marítimos, esto no deja de ser una mera casualidad. Una coincidencia afortunada que les hizo alcanzar un punto alejado de todo lugar que se ha convertido en elemento clave para el comercio.

Porque la labor del azar a la hora de alcanzar nuevos descubrimientos nunca puede ser subestimada. Tanto el norte como el sur habían sido recorridos durante los últimos milenios sin éxito en estas búsquedas por sortear estos escollos. Cientos de expediciones que fracasaron en su cometido y que jamás llegaron a regresar hasta sus hogares. Sus restos aún permanecen allí, ya sea esparcidos bajo la masa oceánica, varados en alguna isla remota, o desvanecidos al entrar en algún otro fenómeno anómalo.

A lo largo de una parte de las costas del continente se dan distintos niveles de anomalías pero, hasta tiempos recientes ninguna de ellas ha igualado a las que se encuentran a ambos extremos de la gran cordillera, pero este impacto se ha visto eclipsado por las consecuencias del regreso de Nargión e Ilwar.

Porque a los mares anteriormente citados desde hace un lustro se ha añadido uno más; aquel que desde siempre fue conocido como el Mar interior de Johrg.
La desaparición de una gran parte de la masa continental de la porción central de occidente ha supuesto que este pequeño mar haya pasado a entrar en contacto, al igual que los demás, con el Océano Sámico. A pesar del tiempo transcurrido la navegación de estas nuevas aguas aún es realizada con cautela. Porque, a pesar de que no ha sucedido tal cosa, las historias acerca los restos de quienes vivieron en los territorios desaparecidos no tardaron en proliferar. Historias de islas fantasma que recorren el nuevo mar. De cuerpos que aparecen en las costas portando señales de advertencia. Presagiando la llegada de un nuevo cataclismo.
Pero más allá de la ficción sí que se pueden encontrar pequeñas porciones de verdad, porque aún quedan pequeños fragmentos de los territorios desaparecidos en este nivel de realidad. Algunos de ellos se encuentran visibles, pero otros resultan un escollo insalvable para los barcos que se adentran en estas aguas. Trampas mortales de las que los cuerpos de sus marineros que son arrojados hasta las costas más cercanas dan triste testimonio.

Pero antes de esto, el Mar de Johrg ya tenía sus propias particularidades. Hasta tiempos recientes su costa norteña apenas tenía contacto con Werela pero, tras su extensión y la desaparición de la vieja Tembi ahora cientos de kilómetros de su extensión limitan con este territorio anómalo. Este hecho a supuesto al mismo tiempo una fuente de preocupaciones y expectación. Se ha ganado una nueva puerta de acceso hasta este territorio, un medio para el que los científicos puedan explorar con menor riesgo los territorios del interior. Al mismo tiempo, los marinos y las cosas comerciales no comparten la excitación de los estudiosos. Puede que esta costa sea navegable a día de hoy, pero el desconocimiento de lo que se pueden encontrar ahí, y la actual situación política entre Tembi, Harst y Tarnaq ha hecho que los intentos por tratar de establecer rutas que recorran la nueva costa sean escasos.

Por su parte, las aguas que rodean Nivar han sido desde hace siglos una una fuente de riqueza para esta nación tanto de forma directa como indirecta. Una riqueza obtenida en gran medida por los materiales que eran extraídos por las nivar del fondo marino.
La costa sur del Mar de Johrg ha sido desde siempre uno de los territorios anómalos que han escapado al foco de atención pública, ya que su origen no se encontraba accesible para la humanidad.
En este caso, el solapamiento que tiene lugar bajo las aguas no pone en contacto a distintos niveles de existencia, sino que es un pliegue en el espacio que comunica Daegon con el planeta del que son originarias estas criaturas marinas. Gran parte de los materiales que han traído hasta la superficie no pueden ser encontrados en ningún otro lugar ya que su procedencia no es de este mundo.

La costa oeste del continente es la que más afectada se ha visto por los cambios. Tanto el Mar de Ogoth como el Mar de Mámrra han visto sus corrientes afectadas directamente por este cambio. Su navegabilidad ha quedado muy afectada por este hecho y aún no se ha logrado establecer una ruta estable que conecte lo que antes estaba unido por la línea costera. Los navíos se ven obligados a adentrarse en el Mar de Johrg para seguir costeando y aumentar enormemente la duración de sus trayectos, o a alejarse de la costa y transitar cerca del Kubór Yolasté. El tránsito no se ha detenido, pero ninguna de las dos opciones es bienvenida por los marineros.

Por su lado, aunque con un impacto en apariencia menor, los mares anómalos que se encuentran en lo que antes eran las costas de Bra’Em’Kyg o Naltor también guardan en su interior sorpresas desagradables. Su tránsito es más seguro que el de los anteriormente citados, pero los conceptos que se han filtrado a través de las grietas, si bien son abstracciones carentes de forma o materia, afectan con cada uno de sus movimientos involuntarios a todo lo que les rodea. Con esto, el Mar de Wadja y el de Asuge se han unido al Mar de Calasto que baña las costas de Menetia en el estrecho de Panyal como territorios anómalos en cuanto a su navegación.

Esta es sólo una pequeña muestra de lo que existe más allá del mundo habitado por la humanidad. El planeta es muy grande y la cantidad de territorios a explorar exceden con mucho a los que se engloban dentro del “mundo conocido”. Los mapas son herramientas imprecisas basadas en un conocimiento muy limitado, por lo que lo que se puede encontrar más allá de donde terminan esos no tienen porque limitarse a una infinita extensión de agua pero, de ser así, esta tampoco tiene porque ser algo anodino.

De la misma manera que quedan muchos archipiélagos por ser descubiertos, también existe una cantidad igual de nuevos mares que bañan sus costas y de fosas oceánicas custodiando los vestigios del pasado de este y otros mundos.

Los polos

Al igual que sucede en nuestro mundo, los polos geográficos de Daegon también se encuentran coronados con sendos casquetes helados; los territorios polares de Kaze y Grodoj. Lugares llenos de misterio y peligros, al igual que quienes albergan y dan acceso al mayor legado del Imperio Ailanu.

Estos son otros de los grandes lugares anómalos existentes en este mundo aunque, en ambos casos, una gran parte de este hecho ha sido causado de manera directa por la acción de la humanidad.

A pesar de que no se podría decir que estos territorios hayan estado nunca habitados, sí que fueron visitados en distintos momentos del pasado. De la misma manera, si bien el acceso hasta ellos por medios convencionales es y muy complicado en la actualidad, algunas partes de su extensión son accesibles desde distintas realidades. Esta es una relación bidireccional ya que, al mismo tiempo que sucede esto, el gélido aire polar es capaz de atravesar estas mismas grietas.

Todo este cúmulo de situaciones únicas viene derivado de una otra manera de la construcción del mayor artefacto jamás credo por cualquier pueblo de Daegon. Por la creación de “El Anillo”.

El mundo está rodeado por una colosal estructura circular construida hace cuatro milenios. Situada a una distancia equivalente a la de nuestra ionosfera, su propósito fue el de disponer de un arma con el que enfrentarse a los Jonudi tras los eventos que sucedieron a su primera aparición en este mundo. Un arma que se demostró efectiva pero que permanece inerte desde que los axiomas que la hacían funcionar dejaron de ser válidos.

Esta gargantuesca muestra del saber y el poder humano se encuentra unida al planeta por sendos pilares ubicados cada uno de ellos en uno de estos polos. Estos pilares no sólo se hunden en las profundidades del mundo a una distancia que dobla aquella que sobresale de su superficie, sino que para poder dotarlo de energía se recurrió a fuerzas que no existían en esta realidad.
Alimentado por aquellas formas de onda y radiaciones exóticas, estos pilares fueron antaño el eje sobre el que rotaba el Anillo en su labor de vigilancia, pero los principios en los que se basaba su funcionamiento. Pero este artefacto no sólo era un arma. Más allá de su función inicial y hasta el momento en el que los principios en los que se basaba su funcionamiento quedaron invalidados, sus sensores no se limitaron a monitorizar únicamente la superficie del planeta, sino que también fueron apuntados hacia el espacio. En su interior y a su alrededor se realizaron experimentos que no podían ser replicados bajo las condiciones atmosféricas o axiomáticas existentes en la superficie del mundo. Experimentos que, en gran medida, fueron los causantes del gran cambio axiomático, la caída de esta civilización y el final de una era para quienes convivieron con ella.

Las técnicas utilizadas durante su construcción, y los riesgos que se asumieron durante la misma amenazaron con rasgar la misma realidad de forma permanente. Durante el proceso se abrió el camino a nuevos conceptos hasta este mundo. Por más que una gran parte del daño logró ser contenido, ambas ubicaciones quedaron alteradas para siempre.

Las realidades con las que colinda Kaze se solapan de manera alterna, siendo algunas de ellas aquellas que también se encuentran en contacto con las Llanuras Heladas. El espacio se pliega sobre estos lugares, y el tiempo transcurre a una velocidad diferente al de otros lugares. El hielo que comparten ambas ubicaciones contiene mucho más que mera agua solidificada, ya que es capaz de retener formas de energía, aspectos y entidades que no son de este mundo.

Mientras el anillo se encontró activo, parte de la misión de sus ocupantes fue la de custodiar los accesos hasta ellos, y el mismo giro de su eje rotacional mantuvo controladas a las fuerzas que lo rodeaban, pero desde que este cesó su actividad los hielos anómalos comenzaron a trepar sobre su superficie. Tras varios milenios, la altura que han alcanzado los picos helados que se han formado a su alrededor se han convertido en las estructuras naturales más elevadas de todo Daegon.

Su influencia se ha extendido mucho más allá de lo que alcanza lo físico, haciendo patente su presencia en aquellos niveles de realidad. La bidireccionalidad de los fenómenos generados en los lugares de unión no es un elemento permanente o estable. Su comportamiento depende de tal cantidad de factores que, en la práctica, es imposible predecir en su totalidad. Todo aquello con lo que ha entrado en contacto ha ido heredando esta condición. Los hielos anómalos que se han filtrado a través de algunas de las grietas han generado nuevas realidades llegando a alterar totalmente a algunas de aquellas que existían al otro lado. Pero, una vez allí, sus cambios no se han detenido.
Existen un gran número de estas realidades intermedias. Lugares en los que, a su vez, los cristales helados han rasgado la realidad dando acceso hasta nuevos territorios. La fractalidad de estos elementos no atiende a los criterios de la matemática, la física euclídea o la relatividad. El mismo tiempo es un concepto que tampoco es capaz de afectarlos, ya que nada orgánico, abstracto o conceptual parece ser capaz de resistir su imparable avance.
En ellos se puede ver el reflejo de lo ha sido, es y será, pero también el de aquello que jamás llegó a ser. Pero, al mismo tiempo que es imparable, es igualmente frágil. Un diamante capaz de rasgar la realidad, pero también delicado como los cristales que componen un copo de nieve. Un conjunto infinito de contradicciones insondables.

Pero su periplo no sólo le ha llevado hasta lugares lejanos, sino que también le ha traído de regreso hasta Daegon. Los territorios que conforman las Llanuras Heladas del continente se encuentran ligados a este lugar, pero lo están a través de un infinito número de saltos axiomáticos.
Los habitantes de estas llanuras, los kazeri, existen al mismo tiempo en distintos lugares de esta realidad fractal. Ocupan un tiempo y un espacio en los que todo aquello que les rodea es inalcanzable. No sólo se mueven en el espacio sino que también lo hacen en el tiempo, pero jamás están en el mismo momento y lugar que nadie que no sean ellos.

Así pues, el frío y la desolación no son los únicos compañeros de viaje de quienes visitan los polos, de la misma manera que el hielo y la tecnología de antaño no son su única visión. Quien pone allí su pie se encuentra expuesto a la infinidad de conceptos extraños que han entrado en contacto con estos territorios. Su extensión se encuentra cubierta por mucho más de lo que puede ser percibido. Por un número indeterminado de fenómenos de todo tipo que, junto a los vestigios del pasado y lo convencional, se encuentran contenidos en sus gélidas estructuras. Dentro y más allá de la ventisca se pueden encontrar paisajes casi imposibles de contemplar en cualquier otro lugar. Lugares que son la suma de todas las fuerzas que confluyen ahí. Surreales e imposibles de acuerdo a la razón tradicional. Donde la materia es etérea y el sonido es capaz de rasgar la carne, donde se puede escuchar y conversar con el color, donde cerrar los ojos no evita que se contemple lo que se encuentra ante uno.

Los nuevos continentes

Hasta el momento nos hemos referido en multitud de ocasiones algunas de las diversas consecuencias acareadas por los últimos sucesos anómalos, pero lo hemos hecho siempre a través del mismo prisma. Presentando estos hechos a través de los ojos de una de las partes de la humanidad que se han visto sacudidas por él. De una de las víctimas, pero no de aquella que ha visto trastocada su existencia de una manera más drástica.

Porque, por más que hayamos descrito hasta el momento los efectos de la Larga Noche en los territorios pertenecientes al viejo mundo y sus habitantes, por más que estos aún están descubriendo y tratando de comprender la extensión de los cambios provocados en su hogar por el reciente gran evento anómalo, por más dolorosas o espectaculares que hayan podido ser las consecuencias de este suceso sobre el mundo conocido, por fortuna, en lo que a ellos respecta, estas secuelas se han centrado mayormente en el plano de lo físico, habiendo dejando al axiomático apenas alterado.

Para la otra humanidad, aquella que habita en los terrenos retornados, el cambio ha afectado por completo a todo aquello que conocían y daban por sentado. En el viejo y fragmentado continente de Nargión las alteraciones a las que se han visto sometidos han sido mucho más dramáticos.
Este viaje no ha alterado una pequeña porción de lo que lo componía, sino al conjunto completo de su realidad. El aire que respiran tiene otro olor y sabor, el cielo que contemplan tanto de día como de noche posee un marasmo infinito de detalles, de formas, colores y elementos en constante movimiento. Porque ninguna de estas palabras y conceptos que acabamos de citar existían en su hogar. Lo que respiraban no era aire, lo que los hidrataba no era agua, su cielo jamás poseyó un sol, una luna o fue una ventana hacia otros sistemas solares o galaxias.

Ni siquiera el suelo que pisan se parece ya a aquel que todos sus habitantes conocieron desde el momento de su nacimiento. Todos y cada uno de los aspectos de cada pequeña porción de cuanto conocían se han visto subvertido. Se les ha arrebatado todo aquello que sabían cierto de manera objetiva.

Porque, por más que estos territorios perteneciesen un día a la realidad de Daegon, su prolongada estancia en la de Kestra ha alterado su composición a todos los niveles. El constante estado de tensión al que estaba sometido ha sido sustituido por una sensación desconocida e inquietante. Este es su hogar, pero aún no son capaces de aceptar la sensación de… normalidad. De un estado que no sólo su hogar, sino tampoco sus cuerpos son capaces de reconocer y contra el que continúan luchando. Se podría decir que el hecho de sentirse rechazados por la realidad que habitan es la única de sus condiciones que no se ha visto alterada, pero esta no deja de ser una afirmación tremendamente simplista.

Otro hecho que tampoco se ha visto alterado es aquel que determina que la tierra bajo sus pies no se encuentra anclada a algo mayor. Los componentes de Nargión continúan flotando como, de acuerdo a los registros de esta humanidad, han hecho desde que el tiempo. Pero a pesar de que continúan flotando, hace lo hacen... sobre algo. Existe materia bajo ellos, existen océanos y un horizonte, existe al mismo tiempo una gravedad que les atrae hacia el mundo y una fuerza intrínseca en ellos que los repele de su superficie.
La distancia que separa a cada uno de sus puntos del océano es diferente. Una distancia que atiende a criterios igualmente diversos. Por otro lado, mientras que las grandes masas permanecen en una posición estática, algunas de las menores vagan libremente sobre su superficie. A su vez, no todas ellas han adoptado los mismos ángulos de inclinación. Las trayectorias de algunas de ellas les llevaron irremisiblemente a colisionar contra el suelo mientras que otros se dirigen hacia la estratosfera de forma lenta e inmutable.

Las fuerzas a las que se vio sometido el antiguo continente de Nargión durante sus cuatro milenios de exilio no sólo lo fragmentaron, sino que cada porción de su ser, cada átomo, partícula y quark se vieron sometidos a un constante proceso de adaptación. A una serie de fuerzas que luchaban por homogeneizar, confinar, pulir y redefinir todo lo que le hacía ser lo que era. Que pugnaba por convertir a la vida y la materia en conceptos precisos, infalibles y coherentes. Tras su regreso todo ha cambiado.
La vida se ha abierto camino tal y como es, arbitraria, anárquica e incontrolable. La naturaleza ha retomado su cualidad salvaje e impredecible, la certidumbre a todos los niveles se ha vuelto una entelequia. Una quimera.

Aun así, si bien es cierto que estos cambios en el plano metafísico palidecen cuando se comparan con las secuelas surgidas tras su desaparición, o con el suceso que puso fin al anterior imperio del conocimiento, no es menos cierto que la estabilidad axiomática de esta realidad se ha visto comprometida por él. Quizás esta humanidad no conserve el recuerdo del que fuese el hogar de sus ancestros, pero ciertas partes del continente recién regresado sí que conservan su memoria. De manera lenta y paulatina tanto estos territorios como sus habitantes van recuperando su composición original, pero esta es una recuperación que no podrá ser replicada en toda su extensión.

Aunque estos cambios apenas sean perceptibles, durante los últimos años se han filtrado radiaciones, conceptos y entidades extrañas que se han asentado en varias de las capas más próximas al mundo material. Seres cuya cercanía o mera presencia tiene el potencial para desencadenar nuevos eventos anómalos a menor escala. Puentes tendidos entre realidades que pueden suponer cambios significativos que favorezcan o perjudiquen a la misma humanidad en su conjunto.

Así pues, desde el punto de vista de quienes habitan estos territorios, los cambios padecidos por la geografía y axiomática de lo que era su mundo han sido mucho más drásticos que aquellos sufridos por el viejo continente. Cada uno de los grandes territorios que antaño se encontraban unidos a Nargión se encuentra habitado por una infinidad de pueblos cuya percepción nada tiene que ver con la de quienes jamás han abandonado este mundo. Una percepción y capacidad de adaptación han sido sometidas al más complejo de los retos.

El impacto de todos estos factores dentro de la realidad de Daegon es impredecible. Porque estos continentes son mucho más que meros colosos de piedra, las abstracciones que le han acompañado aún no han terminado de asentarse en esta realidad. Existen cambios en el interior de ambas. Cambios que pueden hacer que acaben desvaneciéndose ante su incapacidad para integrarse en su nueva realidad, que pueden provocar nuevas sacudidas axiomáticas en el caso de que se establezca un conflicto en alguna de sus capas, o que pueden acarrear la destrucción de Daegon tal y como siempre ha sido conocido por sus habitantes.

La suma de todos los territorios que han regresado es con mucho superior a todo el viejo mundo. Lo que se abandonó esta realidad como un colosal continente ha regresado como un gran número de territorios de diferentes tamaños. Un conjunto de localizaciones de las que sobresalen sin duda alguna los continente de...

- Nargión e Ilwar

A pesar de la fractura que sufrió el gran continente en su realidad de adopción, cualquiera de estos territorios puede llegar a competir en extensión con el continente de Daegon. El continente de Nargión se extiende de norte a sur a lo largo de nueve mil setecientos kilómetros, mientras que el de Ilwar lo hace a lo largo de nueve mil quinientos.
Cuando miramos su extensión de este a oeste, Nargión abarca casi seis mil quinientos kilómetros, mientras que Ilwar, a pesar de que en sus segmentos más anchos no supera los dos mil quinientos, su punto más occidental se encuentra separado en más de siete mil kilómetros del situado en una longitud más oriental.

Aún así, por más que su tamaño combinado haga palidecer al del mundo conocido, el número de culturas que se encuentran en su interior es con mucho inferior a los anteriormente descritos.
La suma de las civilizaciones que pueblan estos territorios es muy escasa. En el interior de Nargión apenas se pueden encontrar una docena de civilizaciones; Tosur’Qual, Ranndayi, Kayerunen, Aläsh’Quendapa, Banyakushu, Daenyalath, Dammoth, Maindare, Kinravi, Rinyutalen, Livesh’Avathe, Daganmar, mientras que en Ilwar su número es mucho más limitado quedándose sólo en cinco; Lázengan, Tegento, Entari, Lagannu y Simonyi. Algunos de estos nombres conservan reminiscencias de las naciones que abandonaron Daegon tiempo atrás, pero ahí es donde termina cualquier posible similitud con aquellos.

Sin importar que estos pueblos hayan convivido o no en una misma masa continental, ninguna de ellas ha tenido apenas contacto con el resto. Es cierto que en distintos momentos de sus respectivas historias han sabido de la existencia de las demás e incluso se han producido contactos esporádicos entre ellos, pero el establecimiento de algún tipo de las relación estable entre los distintos grupos humanos ha sido algo tremendamente raro. Cada una ha evolucionado como un ente estanco y, en gran medida, son tan alienígenas entre sí como pueden serlo con las culturas que jamás han abandonado este mundo.

Porque no sólo la vida, sino también todos los elementos que hacen esta posible eran conceptos nuevos en aquella realidad cuando llegaron. El mismo concepto del nacimiento, de lo impredecible o lo irregular eran anatema allí a donde llegaron. En la que ha sido sido su realidad natal, el mero hecho de crecer, evolucionar y sobrevivir siempre ha ha estado sometida unas condiciones mucho más extremas que la que se puede encontrar en Daegon. Y sin embargo, algunos de ellos lograron sobrevivir y prosperar allí.

Los axiomas reinantes en el plano de Kestra son la antítesis de todo lo que les ha acogido en este nuevo viejo mundo. El aire, la gravedad o el agua ya no son sucedáneos creados de manera inconsciente por el recuerdo que de estos conceptos tenían los primeros pobladores, pero ante ellos son lo que respiran, la fuerza que les ancla al suelo o lo que beben son elementos extraños. Sólo han pasado cinco años, pero ya han notado diferencias tanto en sus patrones de crecimiento como en el de sus cultivos. De la misma manera, gran parte de su tecnología ha dejado de ser funcional, pero esta cambio no ha sido tan drástico como el que sufrieron sus ancestros al llegar hasta Kestra, o el que sufrieron los habitantes de Daegon tras el último gran cambio axiomático.

Junto con ellos no ha llegado una importante parte de su carga axiomática, sino que dentro de su propia naturaleza se encuentra especialmente desarrollada su capacidad para condicionar el entorno de acuerdo a sus necesidades. Una capacidad que se ha visto desarrollada de manera inconsciente a lo largo de los cientos de generaciones en los que su misma existencia dependía de este hecho.

Al igual que sucedía en su realidad nativa, el número resulta un factor decisivo para este logro. Allí la misma vida dependía de la pertenencia a grandes grupos. A ser capaces de mantener siempre activa la lucha inconsciente entre el cambio y el estatismo. Un estado de tensión que, a pesar de carecer ya de sentido, aún se prolongó durante los primeros años posteriores a su llegada hasta Daegon y que se continúan manteniendo en activo tanto por parte de la misma materia que compone los continentes como por distintos grupos de quienes los habitan. En la actualidad, y más allá de las secuelas del reciente cambio al que se han visto sometidos, las alteraciones de todo lo que conocían aún se encuentran muy lejos de finalizar su proceso de consolidación.

Las sacudidas que continúan teniendo lugar en el interior de cada uno de estos territorios se ven plasmadas de diferentes maneras. Porque, por más que a lo largo de estos textos centremos nuestro foco en el continente de Daegon y sus habitantes, este grupo de elementos sólo ha sido uno de los afectados por el movimiento cósmico. Uno de los infinitos engranajes implicados dentro del mecanismo de la realidad en su totalidad.

Cuanto más se aleja uno de los territorios habitados de estos dos continentes, más hostil se vuelve el entorno para la humanidad. Quizás no sean ya tan frecuentes precipitaciones como las tormentas de fractalidad o los vórtices de antimateria, pero en aquellas zonas en las que los axiomas de Kestra tienen un especial arraigo aún se producen de manera tremendamente regular. Una regularidad que, en gran medida, es indistinguible del mero azar.

Dada su naturaleza axiomática, los principios que gobernaban en Kestra eran los de la estabilidad, el orden o el estatismo, pero esto no los convertía en predecibles. La cantidad de factores que intervenían en los patrones que seguían los eventos que acontecían en su interior era tal que tratar de contemplar el comportamiento de todos ellos era una tarea imposible.

Así pues, a medida que uno se alejaba uno de las zonas habitadas, lo que mandaba era una naturaleza antagónica hacia la misma vida. era lo que se encontraba. Ante sus ojos aquello no era extraño, sino una verdad que, por más aceptada que estuviese en su saber popular, no por ello menos peligrosa.

Los parajes irreales que se podían encontrar en su plano de adopción no se limitaban a ser algo a contemplar, sino que eran una advertencia. Quien se alejaba de cualquiera de los grandes grupos de población no sólo corría el riesgo de ser consumido por los axiomas de su realidad, sino que también se exponía a llegar hasta lugares en los que no existían cosas tan básicas como los sucedáneos del aire, el agua o cualquier elemento capaz de posibilitar la vida orgánica que existían en estos lugares.
Por fortuna, no toda la naturaleza de Kestra era tan intrincada como para poder anticipar sus movimientos, algo que les permitió catalogar todos y cada uno de aquellos lugares y fenómenos que les rodeaban y se podían considerar seguros. Quizás no fuesen capaces de sortearlos todos los territorios hostiles, pero sabían a ciencia cierta a lo que se exponían con cada nueva prueba que realizaban sobre ellos. Cada avance llegaba a cambio de un gran costo, pero aquel era un cálculo y un pago que eran capaces de realizar con antelación.

Ahora todo ha cambiado para ellos. Tras su regreso, esta certidumbre ha dejado de formar parte de su día a día. Algunas partes de la orografía de estos territorios se han visto tan afectadas por su permanencia en Kestra que los cambios sufridos en su propia estructura han perdurado en Daegon, pero su comportamiento en sí mismo es diferente. La tensión no ha desaparecido sino que ha cambiado de eje. La lucha entre estatismo y cambio permanece, pero la matemática ha cambiado.

Se podría decir que el tiempo ha transcurrido de un modo diferente entre los continentes de Daegon y Nargión desde el momento en el que sus caminos se separaron. Las vistas que se pueden tener en los nuevos continentes son algo único, pero esto no es debido únicamente a su posición.
Conceptos como la erosión o el paso del tiempo se plasmaban de diferente manera en Kestra y las construcciones humanas, sin importar que fuesen abandonadas o preservadas, apenas se han visto afectadas por estos factores. Cuanto más precisas eran sus formas, menor era el impacto al que se venían sometidas.
Por el contrario, todo aquello que debía su formación al azar y los elementos se ha visto pulido por fuerzas que no se pueden encontrar en ningún otro lado. La vegetación, los ríos, las montañas o la misma fauna han evolucionado siguiendo una serie de patrones “antinaturales”. Quienes más afectados se han visto por esto han sido los objetos inertes, las laderas de las montañas se han visto convertidas en construcciones llenas de aristas. Superficies cristálicas de una fractalidad imposible. Sus paredes se han vuelto algo al mismo tiempo lisas e imposiblemente facetadas. Afiladas tanto en sus caras exteriores como en las interiores. Talladas con una precisión superior a la del diamante. Formas y colores tan perfectas que los sentidos humanos no siempre estaban capacitados para perdibir.

Los cauces de sus ríos arrastran un caudal uniforme. Una cantidad de agua anómala que no ha surgido de nubes, sino de la capacidad inconsciente de la humanidad para moldear su entorno. No había mares en Kestra, ningún lugar en el que estos caudales fuesen descargados, sino que, simplemente, al llegar hasta el final de su trayecto pasar a formar parte de lo etéreo de aquella realidad.
Las plantas se sembraban y crecían porque se “sabía” que era así. Podía haber malas cosechas, pero esto no tenía que ver con cambios drásticos en la temperatura o plagas, sino a cambios axiomáticos que no habían sido previstos.
Por su parte los animales conservaban características similares a las de aquellos que abandonaron Daegon, aunque muchas de las especies no sobrevivieron al cambio. Sólo aquellas cuyos sentidos les se adaptaron para detectar la naturaleza de su entorno lograron llegar hasta nuestros días y no sin haber sufrido cambios significativos con respecto a los que conoce la humanidad de Daegon.

Hasta su llegada jamás conocieron nada parecido al ciclo del día y la noche, las estaciones, la nieve o nada que se pudiese indicar que la temperatura fuese algo cambiante. El frío o el calor, los destellos o la oscuridad eran sensaciones. Eventos ligados a la proximidad territorios anómalos, una de las señales que delataba alguna alteración de los axiomas de su entorno. Concepto que esta humanidad se ha visto forzada a reevaluar y ubicar dentro del nuevo contexto en el que existen.

Aunque ellos eran una excepción a esta máxima, el ciclo vital de todo lo que les rodeaba se regía por patrones absolutos. Quizás algunos de ellos tardasen generaciones en repetirse, pero eran perfectamente conscientes de la llegada de cada uno de los grandes ciclos. Sabían qué territorios se verían afectados por ellos, cómo diseñar sus construcciones para poder fluir con ellos. Quizás no conociesen el detalle de los movimientos cósmicos que los generaban, pero habían aprendido a predecir y evitar una gran parte de las luchas que sabían que no podían ganar.

Pero, a pesar de lo anteriormente citado, es en Daegon donde se sienten extraños y rechazados por todo cuanto les rodea. Una línea delimita el horizonte cuando se encuentran en en el extremo de los continentes, mientras formas y colores irregulares pueblan los cielos siguiendo patrones desconocidos. Sus cultivos crecen de forma anómala y el frío y la oscuridad les visitan sin necesidad de que se muevan de donde están. Todo aquí es distinto, todo es hostil, todo es anómalo.

Su elevación no sólo no es uniforme sino que oscila de acuerdo a fuerzas que desconoce, Las fuerzas naturales que las acompañaron en su vuelta aún están luchando contra los axiomas que reinan en este nivel de existencia. Las corrientes de aire que se forman entre los mares y la parte inferior de estos continentes que no llegan a entrar en contacto con este no son equiparables a nada que pueda encontrarse en otros territorios de Daegon, y las fuerzas erosionadoras que han comenzado a afectar a su parte superior también tienen características únicas.

Pero sobre su superficie no todo se podría considerar como completamente anómalo. También existen montañas y bosques, ríos y lagos que se han llenado del agua de lluvia mientras que la que los recorría se ha desplazado hasta el océano que se encuentra bajo ellos, llanuras y valles en los que ha vuelto a surgir vida nativa de esta realidad. Lugares que, a pesar de su extrañeza, también pueden ser equiparados a aquellos que conocen los habitantes de Daegon. Territorios que, cuanto más tiempo permanecen en esta realidad, más extraños son tanto para quienes siempre han vivido cerca de ellos como para los nuevos visitantes.

También se pueden encontrar sobre ellos grietas y solapamientos planares. Heridas abiertas en la realidad desde que Nargión partió de su ubicación original y reabiertas tras su regreso. En la superficie de Ilwar también se encuentra el monte Kibani, el segundo de los siete picos de los Mayane Undalath. Aquel custodiado por la estirpe de Narg'eon.
Quizás este sea el elemento que, dentro de estos territorios, ha conservado de manera más tenaz sus características originales. El Kibani es el más elevado de todos los picos que se pueden encontrar en el continente de Nargión. Ubicado en los territorios que separan a Aläsh’Quendapa, Banyakushu, y Daenyalath, su interior ha permanecido inerte durante cuatro milenios cuidando a sus habitantes durmientes de una realidad letal para ellos. Pero, a pesar de ser excepcionalmente refractario ante los axiomas de Kestra, no ha logrado evitar que su naturaleza o la de los conceptos que alberga se hayan visto comprometidos.

Tras su regreso hasta Daegon los guardianes durmientes de este pico no han no han sido despertados. Los movimientos que rompieron el letargo de sus hermanos cuando su presencia fue requerida para proteger a la realidad que les dio a luz no fueron capaces de resonar con ellos. Daegon es el cambio, y cada una de las siete estirpes que nacieron para custodiarla son un claro exponente de este hecho, pero los descendientes de Narg’Eon han cambiado de acuerdo a otros principios. Son una anomalía dentro de lo que jamás fue homogeneo.

A lo largo de la superficie de estos continentes no sólo se pueden encontrar estructuras geológicas como jamás ha conocido Dagon, sino también minerales únicos por distintos motivos. Elementos cuya composición fue alterada durante su estancia en Kestra y abstracciones nativas de aquella realidad que han sido consolidadas asumiendo una forma física bajo su influencia. Algunas de ellas han podido ser utilizadas como parte de las construcciones humanas y el contacto directo con otras puede suponer el cese de la existencia de quien las toca.

Cualquiera de estos dos continentes son mundos en sí mismos a ser explorados. Contienen la suficiente diversidad a todos los respectos que en ellos tiene cabida desde lo más mundano a lo más extraño, desde lo más bello a lo más terrible. El proceso de adaptación de sus habitantes avanza con paso lento y aún les queda mucho por descubrir de su nuevo hogar, pero no por ello son bárbaros asustados. Son gente culta que ha logrado sobrevivir y prosperar en uno de los entornos más hostiles en los que ha existido la humanidad. Su saber no se parece en nada al de la humanidad de Daegon o a la nuestra, y una parte de las tecnologías y construcciones creadas por cualquiera de estos grupos, son indistinguibles de la magia para quienes las contemplan sin pertenecer al contexto en el que han sido concebidas.
Ninguna de las culturas que lo habitan pueden ser consideradas como “milenarias”. Han cambiado tanto en su intento por sobrevivir y adaptarse a Kestra que sus tradiciones se encuentran más ligadas al pragmatismo que a la elaboración de sofisticadas cuestiones existencialistas. Por más que sus filósofos a lo largo de los siglos se hayan preguntado la razón de su misma existencia, el ser capaces de comprender y predecir el comportamiento de su entorno ha sido siempre la más acuciante de sus necesidades.

- Rayhosha, Eladar y las islas errantes

Los territorios de Nargión o Ilwar no son los únicos exponentes de lo que existía más allá de las fronteras axiomáticas de Daegon, de la misma manera que sus habitantes no pueden ser considerados como el patrón a partir del que juzgar al resto de humanidades.

Más allá de estos colosales territorios, hasta Daegon han llegado otros poseedores de unas dimensiones más modestas, pero no por ello menos únicos. Porque ni esta realidad es la única poblada por grietas que dan acceso a otros niveles de existencia, ni todo lo que existía en Kestra se veía influenciado por las mismas fuerzas.

Como muestra de algunos de los territorios discordantes para con los dos continentes podríamos encontrar la isla celeste de Eladar o la isla-continente de Rayhosha.
La primera de ellas, pese a ser la más modesta de ambas en cuanto a sus dimensiones, no por ellos es posee un menor número de particularidades. La distancia que separa a su punto más occidental de aquel ubicado más al este es similar a la que delimita los puntos más alejados entre sus latitudes, cerca de quinientos kilómetros, pero no toda esta extensión se encuentra conectada físicamente.
Su parte central y más elevada, aquella que antaño perteneció a las montañas Anarath, se encuentra separada del anillo de tierra que la rodea. Estas montañas, junto a la península de Letnur que las alojaba, desaparecieron al mismo tiempo que el continente de Nargión, pero su destino no fue exactamente el mismo que el de estos territorios.

La península de Letnur que formó parte de la costa este del continente fue un lugar convulso en el pasado, y el foco de diversos conflictos. Las montañas Anarath fueron destruidas para acabar con una rebelión mientras que, por otro lado, en aquellos lares se construía la que habría sido la tercera y mayor de las ciudades volantes de la época; la de Eladar. Una obra que no pudo ser concluida, pero para cuyo desarrollo se experimentó con la creación de grietas controladas de las que extraer energías provenientes de otros planos.

Los territorios que antaño formaron Letnur se encuentran ahora levemente desplazados de la que fuese su ubicación original. Flotan sobre el Mar de Káragos, cerca de la costa de Ashgurn, girando lentamente sobre su propio eje. A lo largo del lustro que han permanecido en esta posición aún no ha finalizado la primera de estas rotaciones, pero esto no hace de su visión algo menos único.
En su interior, poblando la parte exterior del anillo, podemos encontrar a dos pequeñas naciones; Eneshu y Mosalk, junto a un gran número de emplazamientos que no responden ante el gobierno de ninguno de estas culturas, sino ante el de la ciudad estado de Eladar.

Quizás las estructuras sociales de estos pueblos sean lo más parecido que podemos encontrar a las culturas de Daegon dentro de los territorios retornados pero, más allá de la apariencia de su organización jerárquica, existen un gran número de conceptos de base relativos a la comprensión de su misma existencia que difieren enormemente.
Los cambios sufridos por este territorio fueron menores que aquellos que impactaron en las grandes masas continentales, pero esto no implica que el segmento de realidad en el que se encontró enclavado fuese totalmente favorable para lo tangible, lo cambiante o lo orgánico.

Su traslación hasta Kestra no fue total, sino que quedaron atrapados en un territorio interregno, una dimensión en la que no sólo confluían con fuerza los axiomas de su realidades de origen y destino, sino que también contaba con una fuerte influencia de aquellas de las que sus máquinas habían establecido contacto.

Al contrario que los continentes, esta isla sí que se vio sumida en diversos ciclos axiomáticos. En estos no había sol o luna, pero sí ciclos de visibilidad y penumbra muy alejados entre sí. Dentro de estos ciclos no existía una única fuente de luz, sino que las distintas radiaciones que hacían este papel procedían de cada uno de los niveles de realidad que se encontraban en contacto con este reino interregno.
Su concepto de estaciones tampoco se corresponde al que se conoce en Daegon, ya que estas no estaban relacionados con cambios en el clima sino en algunos de sus axiomas primarios. Estos cambios sí que afectaban al crecimiento de la vida vegetal pero, más allá de su maduración, también generaba nuevas mutaciones sobre las formas de vida más básicas ya existentes.

El anillo exterior de Eladar está cubierto por una tupida capa de vegetación salvaje y anómala. Existen caminos pavimentados a través de esas junglas que comunican a las principales ciudades de las naciones que existen en esta isla, pero estas siempre han necesitado de constantes tareas de mantenimiento. A pesar de encontrarse separada físicamente del anillo, en los restos del monte Anarath se encuentran las minas de las que se han extraído los materiales para la construcción de las grandes ciudades y sus comunicaciones. Explotaciones mineras a las que se podía acceder en las condiciones axiomáticas en la que existían, pero que tras su regreso a Daegon han quedado aisladas.

Por su parte, la isla-continente de Rayhosha alcanza los tres mil kilómetros tanto en su latitud como en su longitud.
En el interior de esta gran isla se pueden encontrar cuatro grandes naciones; Orobe, Ruonshu, Jaslith y Aléster. Tanto la naturaleza axiomática de la isla como la situación en la que se encontraba esta en el momento de su desaparición o la misma evolución de cada una de estos pueblos ha llevado a los pobladores de este territorio a convertirse en los viajeros dimensionales.
Estas tres civilizaciones se encuentran entre las más cosmopolitas de cuantas pueblan todas la realidades. Seres en un constante tránsito en muchas ocasiones muy a su pesar.
Mientras que Eladar se encontraba en un un reino intermedio afectado por distintas realidades, Rayhosha se hallaba en en un territorio cuya inestabilidad le hacía moverse entre distintos niveles de existencia. Lugares en los que el tiempo transcurría no siempre transcurría de forma pareja a aquellos que abandonaban.

Sin moverse en apariencia del lugar en el que se encontraban enclavados, sus ancestros visitaron momentos en el tiempo y el espacio que aún no han llegado de acuerdo al la percepción del tiempo que tienen los actuales habitantes de la isla o del mismo Daegon.
El tiempo que esta isla ha permanecido en Kestra ha sido mucho menor que el de cualquiera del resto de territorios retornados, pero su estancia fuera de Daegon ha sido mucho mayor que la de estos.
Durante los periodos que transcurrían entre cada una de las reaperturas de la grieta en la que se encontraban, sus habitantes han conocido más de un millar de niveles de existencia. Han recorrido lugares que ya no existen y algunos que aún no se han formado, se han visto expuestos a axiomas únicos que han impregnado tanto a su hogar como a ellos mismos y sus descendientes.
El impacto que han tenido estos rara vez ha sido favorable, y el constante estado de inestabilidad y adaptación al que se han visto sometidos los ha marcado de manera indeleble.
En estos momentos Rayhosha se encuentra solapada en tres niveles de realidad sin formar parte de ninguna de ellas. Sus habitantes se mueven de manera simultanea dentro de todos, pero no pueden interactuar con alguien que no comparta esca condición. La percepción de todo aquello que no se encuentra en su mismo nivel de existencia es tan limitada como su capacidad para interactuar con ello. Las leyes físicas que gobiernan en este solapamiento son muy similares a las que se pueden encontrar en Daegon, pero de cara al observador externo puede parecer que que la gravedad funciona de una manera diferente.
Ante la mirada de los habitantes de Daegon, la superficie de Rayhosha aparece inclinada casi ciento setenta y cinco grados con respecto a la posición del mar que se encuentra bajo ella. Lo que los marineros perciben como su parte superior y se presenta como una colosal montaña es en realidad la masa que antaño estuvo en contacto con la corteza del planeta y los fragmentos que se desprenden de esta parecen ascender hacia los cielos.
Es en su parte inferior donde vive la humanidad de Rayhosha. El océano es su techo, uno de los muchos a los que tienen acceso y allí donde los los habitantes de Daegon sólo aprecian la la sombra que proyecta este territorio, hay una luz que sólo los nativos de la isla pueden percibir. Un conjunto de frecuencias exóticas provenientes del resto de planos con los que conviven.

Su vida no ha sido ni más sencilla ni más compleja que la del resto de los componentes de la humanidad que han retornado, simplemente diferente. Las maneras en las que los distintos entornos con los que han convivido han plasmado su hostilidad hacia ellos han sido más variadas e impredecibles que las del resto de los retornados. Algo que les ha dotado de una cantidad de recursos más amplia que la desarrollada por los demás, pero que no por ello les ha preparado mejor para su nuevo hábitat.

los periodos en los que se han encontrado activas estas grietas, su nivel de estabilidad y el impacto de los conceptos que se han filtrado a través de ellas han variado enormemente. se han debido a factores externos como los solapamientos planares consecuencia de la confluencias de distintas fuerzas en algunas de las realidades con las que comunican. Eventos a partir de la que también ha surgido algún nuevo concepto o que han afectado de manera permanente al territorio sobre el que han tenido lugar.

necesitan para vivir o las mismas leyes físicas acostumbra que tienen lugar en su interior acostumbran a verse afectadas por estas, distanciarse de aquellas que existen más allá de las áreas de efecto de las grietas. Efectos estos de los que tampoco han escapado las sociedades humanas que permanecen en su interior.

En resumen

La geografía de Daegon es su conjunto se mueve dentro de una gran cantidad de realidades. Esta no se limita a los territorios físicos, sino que se expande más allá de las barreras del propio planeta o del lo material.
Si bien es cierto que una gran parte de quienes lo habitan existen en un nivel de realidad común, la puerta para explorar estos lugares está abierta. Lo normal sólo es un punto de vista, algo que depende de una referencia. Del lugar en el que siempre has vivido.

Para los habitantes de los territorios mayoritarios, la realidad es concepto muy similar al que podemos tener nosotros. Los bosques crecen hasta que se les pega fuego, las cordilleras son barreras difíciles de franquear o lugares de los que extraer materiales de construcción, el mar es un aliado, pero también una fuerza a la que respetar, pero quienes viven en los territorios anómalos no tienen porqué compartir estas afirmaciones.

Porque también se puede encontrar entre sus territorios lugares que conviven con lo extraño o que dan acceso hasta lo que se encuentra ubicado más allá de la frontera que delimita lo convencional. Lugares en los que lo que parecen ser bosques no dan frutos ni arden, en los que las grandes elevaciones no son de piedra sino de energías infranqueables, letales o etereas, en los que la vida se mantiene gracias a los frutos que cuelgan de las estrellas. En los que el sentido de la maravilla lo domina todo.

La geografía en Daegon no es algo estático sino que fluyen y se integran con conceptos y axiomas en los que la vida tal y como la conocemos no es viable. Tanto este hecho como la manera en la que pueden afectar a quienes padecen estos cambio son dos elementos más a partir de los que se pueden crear historias.

Así pues, el de la axiomática es un territorio más que puede ser explorado. En ella, al igual que en el resto de los elementos que componen este mundo, se dan la mano la fantasía más desbocada y el realismo más sucio, lo científico y lo etéreo, lo abstracto y lo concreto, lo temible y lo hermoso. Lo que hemos presentado aquí no deja de ser una pequeña muestra de todo lo que puede existir dentro de su ecosistema. El esbozo apresurado de un conjunto de elementos a la espera ser ser utilizados, alterados y ampliados.