La edad mitológica

La edad del mundo (y, por añadidura, del universo), así como el momento del surgimiento del hombre y la razón de su existencia, continúan siendo tres de los grandes misterios aún por desvelar.
Pese a que se han llenado cientos de volúmenes sobre estas cuestiones, a partir de las escasas y poco fiables fuentes que se conservan de la antigüedad, apenas se pueden extraer datos objetivos (al tratarse principalmente de los textos sagrados, tratados teológicos de los distintos credos, o de ensayos filosóficos).

La Orden trata de responder a estas preguntas mediante la ciencia y el rigor, bien retomando trabajos legados por los estudiosos que les precedieron, como pueda ser Escriptas Milenariese (el estudio de la edad geológico del mundo) que, aún estando lejos de aportar datos concluyentes, atribuye a Daegon una edad que podría oscilar entre cinco y doce millones de años (previos a la implantación generalizada del calendario mecbarino).
Según este mismo estudio, la aparición del hombre tal y como es en la actualidad se estima, aproximadamente, en unos diez mil años (igualmente previos a la fecha de inicio del calendario).
Asimismo, los diversos estudios antropológicos llevados a cabo arrojan resultados similares en cuanto a la edad del hombre. Estos mismos estudios, por otro lado, han llegado a la conclusión de que el hombre de la antigüedad no era como el actual. A lo largo de su historia ha sufrido cambios, no sólo atribuibles enteramente al entorno en el que vivía. Si este cambio a sido a mejor, y pese a que todo parece indicar que no ha sido así, es algo continua siendo ampliamente debatido.

Pero hay preguntas para las que la ciencia no tiene respuesta. No al menos con las herramientas de las que dispone en la actualidad.
Si bien es innegable la existencia de lo que se ha llegado a denominar como “entidades conceptuales” o “lo etéreo”, y su interrelación con la humanidad se encuentra también fuera de toda duda, sus naturalezas y ámbitos de acción difieren en gran medida de la del hombre. Asimismo, nunca se han logrado obtener pruebas fehacientes sobre una participación voluntaria o consciente (hablando de una consciencia en términos humanos) de estas entidades en la creación del universo.
Por más que el hombre ha tratado de establecer relaciones con ellos como si fueran sus similares (al menos al nivel de la comprensión de su propia existencia) las fuerzas primarias como puedan ser La vida, La muerte o El tiempo jamás han dado señales de compartir tal vínculo.
Por otro lado, la ciencia sí que ha logrado demostrar un cierto nivel de compatibilidad entre seres en un nivel de existencia intermedio entre lo material y lo conceptual, como puedan ser los Jonudi, Kayain, Kurbun o Mayane Undalath. De cualquier manera, este simple dato no es suficiente como para validar según qué afirmaciones. Aquellos que proclaman que la humanidad posee un parentesco más cercano a lo conceptual que el resto de los seres vivos sólo disponen de especulaciones carentes de cualquier rigor.

Dada la naturaleza de estas preguntas, y la imposibilidad de la ciencia para responderlas, han sido la filosofía en primer lugar, y la religión aprovechándose de algunas de sus elucubraciones, quienes han tratado de hacerse cargo de esta tarea.
Las diferentes escuelas filosóficas han tratado de esclarecer esta relación a lo largo de la historia, pero jamás se ha llegado a un consenso, estando la discusión centrada en dos grandes grupos.

Por un lado, las escuelas denominadas como “humano-centristas”, hablan sobre un único progenitor para el universo y, por ende, la humanidad. Según estas doctrinas, el “Todo” proviene del “Uno”. De un único antecesor, ya sean las figuras mitológicas de “La madre” engendradora de la vida o “El forjador” creador de mundos. Los nombres y el género cambian, pero no por ello lo hace su concepto de base.
Según los preceptos de esta línea de pensamiento, La humanidad habría sido engendrada para custodiar la creación.
En una línea algo divergente y más extremas, Vilhem Sarstat (Iraka, Bra'Em'Kyg -823,-769) proclamaba que el “Uno” fue el primer ser vivo, una entidad humana y hermafrodita que construyó el universo para alojar a su descendencia; la humanidad. Mientras que los discípulos de Jana Silmar (Górjost, Sembia -1115, -1079) afirmaban que la humanidad fue primero y que fue esta quien creó el universo y sus conceptos.

Por por otro, las escuelas nihilistas afirman que no existe un plan. Ni para el universo ni para al humanidad. Somos lo que somos por una suma de accidentes fortuitos. No estamos más emparentados con la misma fuente de la vida que lo que puede estarlo un grano de arena. Nuestra existencia carece de una razón de ser, más allá de la que se busca cada uno.

A pesar de la carencia de datos objetivos sobre la naturaleza de la mujer y el hombre de antaño y, a tenor de las obras que se han conservado, podemos extraer sin ningún género de dudas que, en aquella época, la humanidad llegó hasta unas cotas de conocimiento, poder y longevidad que no han logrado ser igualadas con posterioridad.
Si nació ya con estas características y conocimiento o si fue desarrollada con el paso del tiempo, es algo sobre lo que tampoco hay datos exactos. Así como parte de sus edificaciones sí que han perdurado hasta la actualidad, no lo ha hecho su saber.
Pocos textos se conservan de aquellos tiempos. Textos escritos en leguas ya extintas en los que apenas se haya datos muy fragmentados sobre su historia o su ciencia.
Gracias a las accesos a la biblioteca infinita se han logrado datos adicionales, sobretodo de manera visual, sobre sus diversas culturas. Pero estos datos siempre parciales, complejos de interpretar y costosos de obtener.

Carecemos pues de datos como para afirmar que antes hubo algo, si somos hijos del “Forjador de mundos” (ya sea llamado este Ytahc, Avjaal, Evyal, Gáldaim, Aramato, Tayshar, o cualquier otro nombre que se le haya podido dar a lo largo de la historia) o de “La Madre” (llámese esta Layga, Sakuradai, Lerián, Raika o Shayka).
Mientras tanto, y ateniéndonos a los hechos, nada parece contradecir a quienes lo atribuyen todo al azar.
Sea como fuere, casualidad o destino, azar o planificación, somos quienes somos. Este es también un hecho innegable.
Mientras tanto. Mientras tratamos de resolver estos misterios, nuestra labor es la de documentar quienes somos y hemos sido para que quienes nos sucedan no necesiten responder estas mismas preguntas.