El milenio negro

A lo largo de la historia de Daegon las leyes que gobernaban el universo ya habían sido alteradas con anterioridad en dos ocasiones. Tras la consolidación de cada uno de los nuevos conceptos el hombre se había visto obligado a comprender y adaptarse a una realidad cambiante. Pero, en aquella ocasión, todo parecía indicar a que había sido la mano del hombre quien había llevado a cabo el cambio.
Ya fuese el experimento con el “Constructo primario” la causa o un mero elemento casual en aquella alteración de la realidad, tras esta tercera realineación axiomática la humanidad fue incapaz de recomponer su códice del conocimiento.
La matemática y la física necesitaban una nueva calibración para compensar aquellos cambios, al igual que se tuvo que descubrir de nuevo la manera en la que se relacionaban los elementos químicos. La madera y el carbón entraban en combustión al alcanzar otras temperatura, la energía que se lograba con el vapor se volvió impredecible. Los complejos mecanismos que orquestaba el funcionamiento de las ciudades o que lograban que el hombre viajase al espacio dejaron de funcionar. Incluso los elementos arquitectónicos sobre los que se sustentaban algunas de las edificaciones más mastodónticas se colapsaban. El aire era más denso y la misma gama cromática y espectral que percibía el hombre se había visto modificada.
En un breve lapso de tiempo, mientras el cambio se propagaba inexorablemente a lo largo de toda la existencia, todas las comunicaciones quedaron en silencio. Las grandes ciudades quedaron aisladas unas de las otras. Stergión dejó de flotar y colisionó contra el mundo.
Tras estos eventos la humanidad entró en un estado de choque y pánico. Aún careciendo de cualquier prueba sobre la misma, la culpa recayó sobre el gran fracaso de los ailanu. Aquel accidente podría haber sido capaz de alterar las condiciones necesarias para la misma existencia de la vida humana. El mundo tal y como lo conocían había cambiado para siempre.

Los eventos sucedidos tras la caída del mundo forjado por los ailanu y su ciencia siempre han sido complicados de datar y rastrear.
El periodo de tiempo que transcurrió entre el declive del primer gran imperio de la humanidad y la consolidación del siguiente ha recibido múltiples nombres; La era de las guerras, el periodo entre imperios, la edad de los reinos breves o el milenio negro (pese a que transcurrieron más de mil quinientos años entre el fin del Imperio ailanu y el establecimiento del menetiano).
Pese a que los restos que se conservan de las naciones que florecieron en esta época son escasos, no por ello podemos concluir que no surgió nada significativo durante aquellos siglos convulsos.
Si bien es innegable que el mundo cambió, así como las prioridades y los valores de las mujeres y hombres de aquella época, no es menos cierto que, una vez más y, contradiciendo a los temores de los pesadores de antaño, parte de la humanidad logró escapar de la barbarie absoluta y el salvajismo sin la tutela de los padres.

Las localizaciones más remotas quedaron aisladas del resto del mundo. Las grandes urbes, antaño los mayores núcleos de población, carentes de las infraestructuras necesarias para ser abastecidas, fueron abandonadas, quedando dispersa la población en territorios mucho más extensos. La agricultura y la ganadería sin ayuda de máquinas complejas necesitó ser inventada una vez más, así como fue necesario aprender los ciclos de crecimiento de las antiguas y nuevas especies.
Hemos de asumir que, con lentitud, los habitantes de Daegon se adaptaron a aquel nuevo mundo.

Pero los recientes hechos no habían dejado a la humanidad intacta. Una parte muy importante de su misma naturaleza parecía haber quedado mermada por las consecuencias de aquel evento achacado su propio atrevimiento.
Era una humanidad conformista e incapaz de arriesgarse, carente de pensamiento crítico o de la inquietud que le hizo plantearse las grandes preguntas. Una humanidad asustada y dócil.
La curiosidad y el atrevimiento que antaño demostraron parecían haber desaparecido. Se limitaba a creer sin atreverse a tratar de comprender. Si bien evitaron repetir aquel hipotético error de quienes los habían precedido, tampoco habían aprendido nada de ellos.
De ser la posesión más valiosa del hombre, la ciencia y el conocimiento pasaron al ostracismo y la clandestinidad.
El placebo para la ignorancia; la superstición, pasó a ocupar el lugar que antaño ostentaba el saber, un mal que, en gran medida, nos ha acompañado hasta nuestros días.

Si atendemos a las narrativas de los textos sagrados de algunos cultos, como pueda ser el Tayshar el “Libro de los dioses”, la humanidad había tratado de llegar hasta lugares que no le correspondía, y había sido castigada por ello. Según estos mismos escritos, los ailanu y todo aquel capaz de volver a crear aquellas “aberraciones” que habían llevado al mundo hasta aquella situación habían sido exiliados hasta otro lugar en el que ya no volverían a dañar a nadie.
El experimento de la Surliuma no había fracasado sino que había sido “saboteado” por los auténticos gobernantes de la realidad, los “dioses”, o al menos eso es lo que afirman sus portavoces. Afirmaciones estas aceptadas sin apenas resistencia.
De lo que no hablaban esos mismos demagogos era sobre el destino de quienes no habitaban en Daegon. De quienes se encontraban en los colonias o en un tránsito entre mundos. Aquellos de quienes nada más se ha vuelto a saber.
¿Habían sido castigados también los inocentes viajeros y exploradores?
¿Que había sido de las mujeres y hombres que habitaban en otros mundos?

Para esto no tenían respuesta los voceros de altos poderes. Tanto es así que, con el transcurrir de los siglos, los han desterrado de los textos oficiales hasta convertirlos en los delirios de un pasado inexistente.

No llegó el barbarismo, no. No al menos como se ha tipificado por quienes nos autoproclamamos “civilizados”, pero su lugar lo ocupó algo igualmente dañino: Una humanidad incapaz de aceptar sus propios errores. Que achacaba todo aquello que no se atrevía a comprender a unas convenientes voluntades “superiores” incapaces de replicarle.

La razón pasó a ser obtenida mediante el poder de la fuerza, ya fuese esta física o la que otorga el número. Los argumentos eran acallados por los gritos de la muchedumbre asustada, pero las naciones construidas sobre estos principios apenas eran capaces de sobrevivir a sus fundadores.
Apenas sabemos nada más allá de sus nombres de naciones como Dainyaku Kainadar, Fannshu, Gombad, Raggayaal, Tagur, Sólendar, Etera, Dangroth, T'lar, Shayaku, Dirgil, Edarc, las últimas supervivientes de esta época, cuyas existencias sólo conocemos por haber sido conquistadas por los menetianos en su asalto al continente.

Pero, pese a todo esto, en esta época también vivieron quienes cimentaron la base sobre la que otros en épocas menos complejas construyeron el mundo moderno. Si algo ha perdurado en el recuerdo común de esta era han sido las ideas y los nombres de algunos de los personajes que trataron de marcar alguna diferencia.
Un bagaje escaso para un periodo de tiempo tan extenso que nos deja con la certeza de que aún nos queda mucho por descubrir sobre ella.

La figura del “profeta” Ýlar de Jomsul siempre ha sido controvertida. De él sólo se sabe que nació en la ciudad de Sastartia, aunque situarlo cronológicamente no ha sido posible hasta el momento.
Quienes trataron de interpretar su obra magna, el Gutrakage de una manera literal, no han sido capaces de comprender el fondo filosófico y metafísico de sus textos. La profecía no nos habla tanto de un final de los tiempos cataclísmico como del mismo concepto del tiempo como un ente finito.
Ni siquiera las grandes mentes de los padres, quizás debido a su propia intemporalidad, acertaron a realizase esta pregunta.

Asimismo, existen dos interpretaciones encontradas sobre los textos y el ideario de Tayanu de Dansalón. El hecho de que declarase “devoto” de Karnrath lo ha convertido a los ojos de la historia en el primer gran transcriptor de “la palabra de los dioses”. Tendría que pasar mucho tiempo antes de sus escritos se estudiasen con estudiado con mayor detenimiento. Mucho tiempo hasta que se ha logrado demostrar que la categorización de mero transcriptor como un grave error de apreciación.
Los últimos análisis llevados a cabo por la orden de los Teólogos, parecen indicar que tanto Karnrath como él podrían haber sido los primeros teóricos en el estudio de las distintas religiones organizadas y la superstición.

También se cree que Veshiqtoal de Lairenshul, fundador de la escuela de pensamiento Sailani, pudo vivir en estos convulsos años. El hecho de que sus ideas se utilizasen como base a la hora de desarrollar las leyes fundacionales de Naltor ha llevado, erróneamente, a multitud de historiadores a asumir que su escritura se realizó durante los últimos años del imperio menetiano.

De la misma manera, pese a que muchos intereses han tratado de ubicar a Tyernhöl de Naialtyr y sus compañeros, los discípulos de la orden de Belernath, en eras posteriores, todos los indicios parecen situar a este grupo en la época directamente posterior a la caída de los ailanu.
Sea como fuere, estas ideas sobrevivirían al milenio de sectarismo hasta llegar a Mavra Daniseva. La fundadora de la moderna Saliria los sacó a la luz siglos después de la muerte de sus autores haciendo suyos los preceptos que defendían a la hora de consolidar su nación.
Se sabe que la muerte de Tyernhöl (o Veler Amatah como también ha sido llamada) fue violenta, aunque se desconocen los detalles.

Poco se sabe también de Dayr, el emperador filósofo. Sabemos que nació en un lugar llamado Dagnur (pese a que se desconoce si era su ciudad natal o su país). Sabemos también que conquistó sin necesidad de armas, ejércitos o derramamiento de sangre las naciones de Mondalar, Hoarnrath, Dalaisus y Lyarn.
De sus hijos, cuyos nombres no han pasado a la historia, sólo sabemos que, tras la muerte de su padre fueron asesinados por sus súbditos.

Sabemos que como soldado, médico y exploradora, Gwendair de Sáreth Agar recorrió el mundo tratando de crear una nueva cartografía y de restablecer el contacto y la comunicación con los lugares más aislados. De su mano nació la nueva medicina y la salubridad comenzaron a implantarse en los lugares que lo necesitaban.
Su vida no fue demasiado larga pero su legado continúa hasta nuestros día.

La única nación que ha perdurado desde aquellos tiempos, la isla imperial de Mashulanu, apenas ha interactuado con el continente durante toda su existencia.
Independizada del imperio ailanu poco antes de su colapso, los artífices de esta secesión, Betsuteki Sekai Densichi y Sunotage Mitsuru quizás sean las figuras cuya historia más haya llegado hasta el continente.
Siempre según una versión que parece ciertamente idealizada, su gobierno de doscientos años careció de errores o desigualdades.
Por otro lado, la de su hijo y sucesor, Yatsukuge, el autoproclamado dios emperador es una figura más prosaica. Tras asesinarlos a ambos cerró las fronteras de su imperio a los extranjeros.
A lo largo de sus cerca de dos milenios de vida sobrevivió a cientos intentos de asesinato y sublevaciones. Bajo su mandato la rebautizada nación de Mashlan, que podría haberse convertido en el último reducto del conocimiento antiguo, se volvió en una muestra de lo que debe ser evitado.
Su sucesor y verdugo, Yusunaga Shinkuro, quien ascendió al trono en el año -1107 trataría con un éxito parcial de corregir los errores de su predecesor.

Irónicamente, no se alcanzó una situación de estabilidad y “civilización” hasta que las hordas bárbaras de Hoark Vanshú Meneter tomaron al asalto el continente.