Sakuradai

El tiempo alberga toda la existencia en su interior. Su toque impregna a todos y cada uno de los entes que componen la realidad, ya sean estos conceptos o consecuencias. Pero, al mismo tiempo, no es inmune a la influencia de aquellos a quienes acoge en su seno.

La suya fue la primera consciencia en despertar. Una consciencia primaria y dispersa, carente de una compresión real sobre su papel en el gran esquema, su misma existencia o donde terminaba su propio ser y comenzaba el de aquellos con quienes entraba en contacto.
Esta consciencia despertó cuando el primero de los padres fue consciente de su presencia, aunque no así la extensión de su papel. Aquellos seres eran inmortales, pero no por ello ajenos al toque de la tejedora y su comprensión del universo fue ligada a la madurez y cristalización de un nuevo ser híbrido de ambas fuerzas. Del aspecto del tiempo conocido como Sakuradai.
La tejedora es un ser con una consciencia similar a la humana. Sus “sentidos” pueden percibir toda la extensión del cuerpo del tiempo,pero su consciencia no es capaz de moverse a través de ese cuerpo. Está ligada al “Ahora”.
Para sus sentidos la existencia es un instante. El momento del nacimiento de todo y el de su fin son el mismo. Todo ha acabado ya. Para su consciencia y su cordura, el único curso de acción es la inacción Para sus sentidos, sus acciones ya han sido realizadas y ha presenciado las consecuencias de estas. Para su consciencia sólo queda el auto engaño, la esperanza de que lo que ha percibido sólo sea un espejismo.

Sakuradai existe a media camino entre las realidades principales. Es por esto, que su hogar es accesible desde todos ellos. Al igual que sucede con Tagerboh, la tierra de los sueños, sus dominios son unos de los lugares de paso para aquellos que pretenden alcanzar otros niveles de existencia. Ambos se encuentran “al otro lado” de la masa corpórea de Enai. Un pequeña atisbo de luz en medio del camino de la oscuridad, un descanso antes de continuar el viaje.
Los sentidos del viajero, poseídos por en su afán por dar un coherencia a lo que le rodea, “llenan” los huecos de aquello que su mente no está preparada para comprender. Es por esto que percibe a Sakuradai como una figura encapuchada. Bajo su capa se puede adivinar la forma etérea de una mujer. Su rostro, siempre cubierto por las sobras que proyecta su manto, mira hacia el suelo. Sus labios, lo único que puede verse de su semblante, denotan soledad y tristeza.
Aquel que contempla esta figura sabe lo que se encuentra más allá de la capucha: El espejo en el que contemplará su futuro.
Pasar por los dominios de la tejedora tiene su riesgo. Contemplar su rostro, dejar que la curiosidad te domine, suele acabar en locura. En un instante contemplas que que fuiste y serás. Eres golpeado por tus errores y, levemente, acariciado por tus aciertos, para finalizar contemplando el momento de tu muerte.

Allí llegó Dietmann Hotz desafiante y poseído por la soberbia proclamando que sería el último hombre en desaparecer de la existencia y contempló horrorizado que su vaticinio era cierto. Allí encontró sus únicos momentos de paz El Destructor. En aquel lugar se negó a contemplar su futuro Arcanus. Él creaba su propio camino, conocer lo que sería era irrelevante. Sus acciones estaban meditadas, sus decisiones se atenían a razonamientos. Haría que lo que tenía que hacer y nada cambiaría aquello. Hasta aquel lugar llegó Morisato III de Shinzay, y lo cambió todo para siempre.

Morisato era un hijo del pacto. Alguien que no existía a los ojos de la tejedora hasta el momento que lo tuvo frente a ella. Alguien a quien no había contemplado nacer o morir, la demostración de que sus sentidos no lo contemplaban todo. La muestra viva de que existe la incertidumbre, de que era posible la esperanza.
Morisato contemplo ante sí el rostro de una hermosa mujer. Una criatura que sólo parecía conocer el sufrimiento. Tratando de consolar aquella expresión de eterna tristeza rozó su mejilla con la mano y, de aquel contacto, la misma realidad se convulsionó. Las sendas del tiempo se alteraron durante un instante, sólo para solidificarse en un nuevo futuro.
De aquel contacto nacieron dos nuevos seres; Shinkahe y Xanae, pero ellos, al contrario que su padre, sí que quedaron ligados a aquel nuevo futuro.
Lo primero que contemplaron ambos fue el rostro de su madre. Shinkage contempló una vida llena de dolor, una existencia repleta de errores que terminaba en una muerte en soledad. Aquella primera visión lo llevó a la locura y la demencia. Odiando a aquellos que le habían dado vida desapareció deseando no haber nacido jamás, pero eterno como su madre. No podría morir hasta que ella desapareciese y aquel se convirtió en su objetivo vital.
Xanae también contempló una vida de sufrimiento, pero de su madre heredó la esperanza. La esperanza de que hubiera más como su padre. Seres capaces de cambiar lo que sería. Capaces de sanar a su hermano. Pero, al mismo tiempo, comprendió que la esperanza era un arma de doble filo. Su misma existencia era la demostración de que no todo cambio implicaba algo mejor.

Muchos más hombres visitaron el hogar de la tejedora. Unos de manera astral, otros de manera física, pero ninguno que ella no hubiera visto antes. Ninguno hasta Samón.
Samón, que la liberó del Destructor. Samón que provocó un nuevo cambio en el cuerpo del tiempo. Samón que le negó la paz y el descanso a Baal, provocando su salto definitivo a la desesperación.
Mientras el tiempo estaba cambiando, Baal atacó a su hermana, a la única que le había dado esperanza, a la que sentía que le había engañado con su vaticinio.
Lo imposible ha sucedido. Aquello que se trataba de evitar con la creación de los hijos del pacto se ha adelantado. El tiempo se muere.