Baal

El Destructor nació como una fuerza primaria. No era el relevo de la destrucción pura que fue Namak. Estaba impregnado por su esencia, sí, pero no se hallaba preso de las fuerzas que lo componían. Él era un aspecto nuevo y diferente de aquella nueva y diferente realidad. Mientras que la destrucción no poseía una única forma y función definida, él era uno y único. No tenía misión o intención, objetivo o compulsión, nada deseaba ni odiaba. En su naturaleza se encontraba la capacidad para tomar decisiones, sólo que aún no era consciente de ello. Él “era” y la destrucción, la cohorte informe que eran los restos de su padre, los kurbun, le rodeaba y acompañaba en su vagar errante.
Daegon comprendió esta verdad, y trató de despertar en Baal la comprensión sobre sus propios actos, pues supo que no era su enemigo ni deseaba mal alguno para ella o los suyos. Baal fue capaz de percibir la realidad bajo esta nuevo prisma. Gracias a ella comprendió la existencia, comprendió su lugar en el gran esquema, y comprendió el dolor.
El alumbramiento de la consciencia del destructor se vio afectado por la herida que le infligió Dayon. Con la muerte de Daegon, su maestra y guía en los caminos de la consciencia, antes de haber sido capaz de asimilar su nuevo estado, el dolor fue la primera sensación que experimentó plenamente su recién nacida mente. La primera que comprendió por sí mismo y la que impregnó de manera indivisible sus relación con el mundo de los sentidos.

El dolor le llevó en un primer instante a la locura, a la mera reacción instintiva, a tratar de acabar con aquello que le dañaba. Tratando de alejarse de todo y destruir aquella mente que le dañaba, aquella comprensión incompleta que sólo le proporcionaba sufrimiento. Pero su mente no puedo encontrar refugio o descanso en aquella demente lucha, sólo más dolor.
Finalmente, con el tiempo llegó la comprensión de su estado, pero no así la aceptación. La existencia era para él dolor. Su existencia y la de todo aquello que lo rodeaba. Una agonía que nada ni nadie parece capaz de atenuar. A partir de aquel momento en él sólo quedó espacio para un único objetivo y una fría y férrea determinación.

Baal, junto a sus hermanas, es uno de los entes primarios que da sentido a la realidad, uno de los tres pilares complementarios y opuestos sobre los que se sustenta el mecanismo del ciclo vital. Eterno como el tiempo o la vida, no puede morir hasta que el último vestigio del mosaico al que dan forma haya desaparecido. Hasta que el mismo tiempo se haya extinguido, hasta que la misma vida carezca de sentido, hasta que sólo quede la nada. Sólo entonces podrá volver a experimentar el descanso que otorga la no existencia.

Pero no puede destruir a sus hermanas, pues estas son eternas como él. Puede herirlas, como él fue herido, pero esto no le proporcionaría consuelo alguno. No las odia o envidia, su único deseo es regresar a su estado anterior. Que termine el dolor. Para alcanzar este objetivo, sabe que sólo existe una manera: Acabar con todo aquello que les da sentido. Destruir a aquellos que son capaces de percibirles y comprenderles como entidades.
Este es un objetivo que no puede realizar de manera directa. Estas criaturas existen en un nivel de realidad diferente al suyo. Las condiciones para que pueda interactuar con ellos rara vez se dan y se producen a una escala demasiado pequeña como para resultar determinantes para su objetivo.

Trató de destruir las fuentes a través de las que la vida se filtra al resto de niveles de existencia y fracasó en su intento, cuando estas fueron ocultadas más allá de su alcance directo.
Trató entonces de destruir toda comunicación entre los distintos niveles de realidad. Acabar con los mismos conceptos y los distintos aspectos de estos que los hombres adoraban como a dioses. Evitar que la vida continúe filtrándose hasta los niveles en los que adquiere forma y consciencia, pero fracasó de nuevo y, en esta ocasión, no sólo fue derrotado, sino que se le condenó a estar encerrado y encadenado hasta el fin de los tiempos.
Durante su encierro fue visitado por el tiempo quien, movida por la compasión hacia su hermano, le permitió contemplar en su rostro el momento en el que le llegaría el descanso. Le permitió contemplar como su influencia se iría filtrando hasta el mundo de los hombres. Como nacerían los seres conocidos como los “Condenados a vivir”. Como sería liberado de su cautiverio por ellos. Le permitió contemplar como la vencería y capturaría a ella. Como vendrían a rescatarla y sería el hijo del propio Baal, Annandarath, quien acabaría con su vida antes de ocuparía su lugar. Este conocimiento pese a no mitigar su dolor, sí que hizo más soportable la espera.