Los Mayane Undalath

Los Guardianes de Ytahc nacieron como un acto reflejo ante lo que estaba por venir. Surgieron del interior de su padre fruto del miedo generado por el conocimiento del porvenir. De la angustia provocada por la espera.
Son la única de las criaturas aparecidas sobre Daegon surgidas de manera intencionada. La única creada con una misión. Luchar contra los aspectos del enemigo que pudieran filtrarse hasta plano material. Su cuerpo, sus sentidos y su mente en constante cambio. Capaces de adquirir cualquier forma, de percibir en todo el espectro, de analizar y comprender lo que les rodea, de canalizar el instinto y la ira por encima del dolor o el miedo. Capaces de adaptarse a todo aquello que se encuentren en su camino y combatir hasta el final de los tiempos.
Forjados en las entrañas de la misma entropía primaria, nacieron al mundo surgidos de la piedra y el fuego, a través de los siete picos, esperando un mundo hostil, pero encontrando uno vibrante de vida. El enemigo aún no había llegado dándoles tiempo para conocer aquello por lo que iban a luchar y morir. La paz, la curiosidad, el descubrimiento y el viaje fueron las primeras experiencias a las que se adaptaron. Su imposibilidad para crear vida por ellos mismos, de reproducirse, la más dura lección que tuvieron que aprender y aceptar. Su primera derrota. Ellos habían sido creados para el combate.
Pese al dolor, sabían que así tenía que ser. Pese a la envidia, no había odio hacia sus protegidos o su padre. Ellos comprendían, habían sido creados para hacerlo, pero la comprensión no hacía más llevadera la desazón.
Muchos de ellos, desolados ante este descubrimiento, decidieron regresar al seno de su padre bajo la promesa de volver cuando se produjera la llegada del enemigo. Otros abandonaron Daegon y recorrieron el cosmos pues sabían que quedaban muchas respuestas aún por ser respondidas y la curiosidad aplacaba levemente su desolación y su sentimiento de inferioridad con respecto al resto de seres vivos.

Esperando la llegada del enemigo se quedaron los primeros nacidos de cada uno de los picos conviviendo con el hombre, asumiendo su misma forma y aprendiendo los unos de los otros. Forjando armas y alianzas, preparando defensas y estrategias contra el enemigo que llegaría. Soprendiéndose de sus similitudes y diferencias, descubriendo que, si bien no podían crear nuevos guardianes, sí que podían alumbrar nueva vida fundiéndose con ellos; los Yr'Draag.

Finalmente, el enemigo llegó. Más poderoso de lo que nunca hubieran imaginado. Los guardianes durmientes despertaron y aquellos que habían partido y se habían asentado en otros mundos trataron de defender sus nuevos hogares, pero fracasaron.
Pero más dolorosa que la derrota o fracaso era la sensación de impotencia. Estaban preparados para morir. Habían sido creados para ellos. El dolor por la pérdida de sus hermanos era grande, pero el que les producía el último adiós, aquellos que habían nacido para proteger, de aquellos a los que habían llegado a amar, era inconmensurable.
La salvación llegó bajo la forma de una Yr'Draag, Daegon y la condenación final de la mano de otro de ellos, Dayon. El enemigo había sido expulsado, pero el mundo había cambiado de manera irreversible, como también cambió el hombre y su relación con los guardianes.
Aquellos hombres junto a los que habían luchado, los padres de la humanidad, habían muerto en la contienda y sus hijos, y los hijos de estos envejecían, morían y olvidaban, pero ellos no envejecían ni olvidaban.

Con el tiempo, el enemigo regresó en dos ocasiones y, para ambas batallas, los guardianes volvieron a ser despertados por los supervivientes más ancianos de cada uno de los siete picos. Siempre alerta, siempre vigilantes. Cuidando a los hombres desde la distancia, desde las leyendas.