Los "dioses"

Los entes a los que, en la actualidad, el hombre adora como dioses son, a su vez, consecuencias de la existencia del mismo hombre. Pero no se trata de creaciones directas de estos, como han afirmado a lo largo de la historia algunos teóricos, sino eventos fortuitos como fuese el mismo hombre en su nacimiento. Fragmentos de los distintos poderes que han adquirido una consciencia de si mismos y se han alejado de la masa conceptual que los albergaba, convirtiéndose con esa primera acción, en ocasiones intencionada, en ocasiones instintiva, en seres nuevos y complejos. Criaturas con una consciencia similar a la humana, una consciencia, sensibilidad y necesidades despertadas por la influencia del hombre sobre todo aquello que le rodea. Movidos, al igual que aquellos de quienes eran una imagen distorsionada, por emociones como la curiosidad o el deseo, la ambición o el miedo, la compasión o el amor. Por la necesidad de encontrar a otros como ellos mismos.
Pero ellos, pese a sus múltiples similitudes, eran distintos. Distintos al hombre y distintos al resto de aquellas nuevas criaturas. Ellos no eran una especie en sí mismos, no tenían un grupo a quienes llamar sus iguales. Cada uno de ellos era único en forma y concepto, en naturaleza y poder. Cada uno nacido en un momento diferente del tiempo por una combinación de factores fortuitos diferentes.
Cuanto más se alejaban, cuanto más tiempo permanecían separados del poder del que se habían desprendido, más complejo les resultaba regresar a él. Habitando las zonas intermedias entre las realidades sin pertenecer a ninguno de sus niveles de existencia. Atraídos de igual forma por ambos.
Algunos de ellos no fueron capaces de soportar aquella nueva existencia y regresaron (y regresan) al seno del que han partido. Otros tardan demasiado en darse comprender o aceptar este hecho, convirtiéndose esta existencia en una prisión. En una tortura que los transforma en criaturas amargadas. Deseando y esperando que llegue el fin.
Otros disfrutan de esta nueva existencia así como de la libertad, posibilidades y soledad que ella implica. Observando, investigando y tratando de comprender todo lo que les rodea, pese a permanecer distantes y ajenos ante gran parte de los eventos que estudian.

Pero estas actitudes no dejan de ser excepciones dentro del conjunto de factores comunes que comparten gran parte de estos seres únicos.
Si bien no es el centro de su atención, sí que es cierto que los dioses tienden a profesar unas profundas sintonía, empatía y curiosidad para con el hombre.
Pese a que sus consciencias son muy similares, sus maneras de percibir y comprender la vida, el mundo, el tiempo y la misma existencia difieren enormemente. Su punto de partida, el poder al que un día pertenecieron, condiciona la manera en la que se relaciona con su entorno. Aunque, si bien no pueden cambiar este inicio, son sus experiencias las que van moldeando y definiendo en mayor medida esa relación.

En ocasiones, cuando un hombre sintoniza de manera especial con su esencia específica, con su percepción de la realidad, con aquel aspecto concreto que representan dentro del conjunto del “todo”, dentro del concepto o conceptos del que se desprendieron, pueden hacer de puente entre este individuo y esa fuerza primaria. Rara vez se trata de algo intencionado o meramente consciente por parte del “dios”, ya que el tiempo de existencia individual de un solo hombre es apenas perceptible para ellos.
Esto no fue así en los tiempos de los padres de los hombres, cuando las esencias y poder de ambos se encontraban más igualadas y cada uno definía el nivel de realidad en el que existía.
En aquellos tiempos algunos dioses, movidos por la curiosidad, llegaron a atravesar el velo que separa las realidades y caminar sobre Daegon bajo formas humanas. Cuando combatieron, vivieron, amaron y murieron junto a ellos.
Fue entonces cuando descubrieron que, al igual que les sucedía con el lugar que eran los conceptos que les originaron, cuanto más tiempo permanecían lejos del nivel de existencia en el que habían nacido, más complicado les resultaba regresar. No sólo esto sino que, cuanto más tiempo permanecían en Daegon más cambiaban hasta convertirse en algo “diferente”. Hasta convertirse en otro ser a todos los niveles. La decisión de regresar a su antigua existencia fue una que pocos tomaron, pero la elección de aquellos que decidieron quedarse llenó de dudas, incertidumbre y cierto temor a perder su singularidad a gran parte de los que no habían participado de aquella experiencia.