El hombre

El mundo al que sus habitantes llaman Daegon es el máximo ejemplo de lo que representan las consecuencias.
Surgido como resultado del puro azar, ni él ni sus habitantes han sido creados por ningún ente consciente, sino como una mera expresión híbrida de la mezcla y acumulación de los distintos aspectos que componen la existencia.
Su mera presencia y complejidad es un imán para los conceptos y consecuencias más sencillas que, pese a sentirse atraídos por las partes de ellos mismos que los componen, no son capaces de ubicarlos dentro de sus mismas esencias.

De todas las criaturas que habitan el mundo, es el hombre quien más curiosidad les genera. Quien más trata de comunicarse y empatizar con el todo que le rodea. Quien trata de comprender y manipular las energías primarias de las que surgió. Quien moldea con respecto a sus sentidos, tanto de manera consciente como inconsciente, todo aquello que siente y percibe a su alrededor.

Los elementos que componen al hombre son capaces de sobrevivir en cualquier nivel de realidad manteniendo inalterada su integridad como individuos. Pueden adaptarse a la vida en las distintas y diversas dimensiones que se han creado a partir de los roces y colisiones entre los conceptos, pero siempre siguen manteniendo su esencia primaria e individual.

La mente del hombre es la más poderosa de sus armas y la más temible de sus enemigas. Capaz como es de dar sentido a lo que lo rodea, o de rellenar los huecos de aquello que no entiende con sus temores e inseguridades.
A lo largo de sus diversas edades, el hombre ha sido el principal motor que ha movido el universo. Ha sido él quien ha causado los cambios más significativos sobre su propio entorno, y quien ha generado los eventos que han moldeado de manera más drástica la existencia en todos sus niveles.

Los padres dieron forma y sentido a los primeros conceptos y consecuencia con los que se encontraron, generando a su vez nuevas consecuencias. Ellos convirtieron a los guardianes en sus aliados y “humanizaron” al Destructor, otorgándole motivaciones y objetivo a lo que era una fuerza primaria, imparcial e indiferente a su presencia.
Ellos definieron y delimitaron lo que eran, así como también la forma en la que tanto ellos como, más adelante, sus hijos, se han relacionado y enfrentado a los kurbun o los jonudi. Ellos suscitaron la curiosidad de los conceptos de la que surgieron y continúan surgiendo los dioses, y la manera en la que interactuar con estos entes.

En su juventud, al igual que su hogar y el mismo tiempo, el hombre fue poderoso y sencillo. Inmune al roce de la tejedora, más imponentes de lo que son los mismos dioses en la actualidad. Pero, con cada nueva generación, con cada nuevo roce con el destructor y el universo que le rodea, a la par que su número aumentaba, su poder crudo ha ido menguando mientras su misma naturaleza se volvía cada vez más compleja. Ganando en comprensión, matices y sutilezas.
El mundo presente no está enclavado en una realidad joven y vibrante como aquella en el que nacieron los Padres, no es un mundo desafiante como aquel que gobernó la estirpe de Ailán. Es un mundo asediado y en declive. Un mundo agotado en el que apenas cabe la esperanza. Un mundo poblado por conceptos viejos y cansados que necesita de la chispa que sólo pueden proporcionarle vidas breves. Vidas nuevas e inocentes que no han perdido el espíritu combativo. Seres capaces de luchar aun cuando todo se sabe ya perdido.

Los híbridos

El hombre, a lo largo de las eras, ha interactuado con los poderes y sus consecuencias, en todos los niveles de existencia, de múltiples maneras. De esta interacción, de esta relación, a su vez se han generado nuevas consecuencias. Han surgido y se han definido nuevos poderes más concretos, poderes "menores", asequibles a la comprensión humana. La influencia del hombre en el "todo" es innegable, pero su naturaleza también se ha visto afectada por estas mismas relaciones. El hombre es hijo del cambio, moldeador de formas y conceptos y ni siquiera su propia naturaleza primaria está libre de esta máxima.

De cada viaje, de cada expedición, de cada contacto con resto de las realidades, con sus habitantes o sus axiomas, los viajeros han vuelto distintos. En muchas ocasiones no se trata de cambios perceptibles a simple vista, sino de alteraciones a un nivel más bajo. Se han dado casos también en los que el expedicionario jamás ha llegado a ser consciente de estos cambios, que se han mantenido ocultos en su legado genético hasta que algún evento fortuito lo despierta en alguno de sus descendientes.

Se han acuñado términos para tratar de catalogar a estos seres resultantes a partir de sus características comunes ignorando, muchas veces de manera deliberada, sus obvias diferencias. Se ha llamado Yunraeh a las criaturas resultantes de la hibridación del hombre con la oscuridad, Yr'Draag a aquellos fruto del mestizaje con los Mayane Undalath, Jo'Na'Ryum a aquellos resultantes de la adaptación de los hijo de Ailán tras su exilio al seno de Namak, Kesari, Talen y Kiranu a los que han regresado desde los dominios del orden puro, Haeg o Tarnaq a aquellos tocados por los entes conocidos como Haesh y Taranaqu, Nivar a quienes fueron traídos hasta Daegon por los exploradores que viajaron hasta otros mundos en la Sartais, Kayain a los descendientes del linaje de dioses y hombres.
Se les ha llamado monstruos o aberraciones a todos ellos, se les ha denominado extraños, pero todos estos apelativos son injustos y baldíos. Estas categorizaciones y quienes las han llevado a cabo no han sido capaces de llegar hasta el fondo real de la pregunta.

No hay dos hombres o mujeres iguales. Ya sea en sus capacidades físicas o intelectuales, en su sensibilidad, empatía o aflicción, su en su capacidad para percibir, comprender o interactuar con su entorno, cada uno de ellos es único.
A estos "híbridos" se les ha tillado de ser tanto de menos que, como más que humanos. También se les ha acusado de ser "inhumanos", de ser "otra cosa" de ser algo peligroso, algo dañino, algo "antinatural", pero tales calificativos también son erróneos.
De poder decirse algo cierto sobre ellos, algo que todos compartan, esta verdad sería que se trata de la máxima expresión de lo que significa la humanidad, la máxima expresión de su capacidad de lucha, su capacidad de adaptación y superación.
Ni más ni menos, ni mejores ni peores. Suma y cambio, mezcla y evolución resultante de todos los conceptos y consecuencias. De todo aquello cuanto tocan y por lo que son tocados. Sólo distintos, sólo únicos, sólo humanos.