Fe y cismas

Desde su mismo comienzo, el gobierno de Ílias se centraría en la unificación lingüística del imperio. Se castigaba a aquellos que hablaban sus lenguas nativas en público, mientras se fomentaba la educación de los más jóvenes y maleables. Su objetivo era último era alcanzar una coherencia cultural para todas las provincias, pero sabía que aquel era un objetivo a muy largo plazo y se planteó aquello como un primer paso para alcanzarlo. Su otra gran prioridad sería crear una red de vías que comunicasen toda la extensión de sus dominios: Las tropas se encontraban dispersas en las diversas campañas militares y necesitaba poder contar con ellas con rapidez para sofocar las esporádicas revueltas que asolaban su reino. La adoración a los poderes nunca se había encontrado entre sus intereses, pero esto cambiaría tras conocer a dos de sus contemporáneos.

En la céntrica provincia de Dalaisus, Nostat de Yburq se convertiría en Bayancú “El profeta”. En sus sueños atravesaría el velo que separaba a los hombres de los dioses, contemplando con sus propios ojos a las criaturas que siempre había adorado. Tras varios de aquellos encuentros comenzaría a trascribir su interpretación de aquellas visiones creando el Gudayar, el libro de los dioses: Los primeros textos que trataban de explicar la jerarquía divina y trazar una topología de su reino e historia.
Durante años recorrería el imperio tratando de propagar su visión y “corregir” la manera errónea en la que se les había adorado hasta aquel momento. Sus palabras calarían tan hondo en Quinyadal, gobernador de Tanlar, que éste abandonaría su posición y le acompañaría en un peregrinaje que concluiría en Amlash, ante el mismo emperador.
Ílias no compartiría las creencias de aquellos hombres, pero vería el establecimiento de una religión unificada como una herramienta útil para la consolidación de sus objetivos, por lo que les reconocería como los máximos representantes de los dioses sobre el mundo, sólo por debajo de su persona.
Quindayal se quedaría en la capital, convirtiéndose en el Primer Gran Teogonista de la Iglesia Tayshari, dirigiendo la construcción de la catedral que tendría su mismo nombre, y seleccionaría y educando a los sumos sacerdotes de las distintas deidades. Por su parte Bayancú continuaría recorriendo el imperio acompañado por los lexíteos, los iniciados de la nueva iglesia, esparciendo la palabra que le había sido legada y convirtiendo a quienes estaban equivocados.

Pero aquella decisión no sería bien recibida por todo el mundo. El culto a sus dioses era algo que no había impuesto el imperio hasta aquel momento y la autoridad como guías espiritual de los sacerdotes de las religiones establecidas jamás se había puesto en duda.
Esto, junto al escaso éxito en las campañas militares en los distintos frentes que permanecían abiertos provocaron que parte del pueblo obtuviese la imagen de que el emperador se preocupaba más por los asuntos teológicos que de los mundanos.

Pocos años después del establecimiento de la iglesia en el imperio otros hombres comenzarían a tener visiones del mundo divino, pero las interpretarían de una manera distinta. En poco tiempo surgirían diversos cismas a raíz de las interpretaciones que realizarían aquellos hombres de sus experiencias.
A ojos del emperador, todas aquellas interpretaciones se le hacían muy similares y, ante la posibilidad de conflictos religiosos, optaría por dar cabida en su imperio a todos aquellos que no se desviasen excesivamente de su idea de la iglesia.

Así el imperio se vería dividido por una docena de interpretaciones de las mismas mitologías. La que mayor aceptación tendría sólo superada por la iglesia central, sería la del profeta Lurdanai el sur, quién negaba la locura de la diosa Lerián. Tras ella sólo el cisma Maldriani, que aceptaba el culto a Malander como parte de su dogma, se expandiría por más de una provincia, siendo seguido en Gombad, Raggayaal y T'lar.