El nuevo imperio

El gran imperio menetiano apenas se prolongaría doscientos años en el tiempo, pero su legado perdura en la actualidad. Irónicamente, así como la memoria de su reinado se conserva grabada en las culturas de todos los países que conforman la mitad occidental del continente, todo lo referente al pasado del pueblo antes de la conquista, se ha ocultado deliberadamente de los libros de historia.

Los libros escritos durante el esplendor del imperio hablaban de superioridad táctica y ejercito disciplinado. De un hombre guiado por los altos ideales de unos dioses ecuánimes. De una patria abandonada con tristeza para propagar la civilización entre los bárbaros continentales. Pero todo esto sólo serían mentiras y promulgadas por Zailas Vohn Meneter, El tardío, noveno emperador (quién cambiaría el “ Vanshú” del nombre familiar por el más regio Vohn) en su intento por justificar y autorizar moralmente su posición ante el pueblo.

La extrema pobreza de sus tierras habían obligado desde siempre a los kaine a buscar su sustento en el exterior de la isla. Así las habitantes de las islas Baleni serían conocidos durante generaciones por sus vecinos como los Aulesh Natu (los señores del mar) piratas, saqueadores y terror de las ciudades costeras. Auspiciados por sus tres deidades; Tankûl señor de la guerra, su esposa Kaina, la dama de los océanos y su hijo Tannmu, dios de la caza, asolarían toda la costa de la isla-continente de Shatterd.
Pero no serías hasta que el caudillo Hoark Vanshú Meneter uniese a los distintos clanes bajo su mando que aquel pueblo entrase con nombre propio en la historia del mundo.
Tras quemar sus aldeas lanzaría su ataque bajo la máxima de “Conquista u olvido, eternidad o muerte, gloria o extinción” Sin un hogar al que regresar, se lanzaría en un asalto suicida contra las naciones del suroeste del continente. Primero caería Dainyaku sin apenas oponer resistencia, a la que seguirían Kainadar, Fannshu, Gombad, Raggayaal, Tagur y Sólendar. En menos de dos años había conquistado toda la costa del sur del continente hasta las montañas Thrull. Pero lejos de arrasarlo todo a su paso, Meneter caía prendado de cada una de las culturas que iba encontrando y su carisma le granjeo la lealtad de los pueblos que conquistaba. Lentamente iría empapándose de ella, moldeando la cultura de su pueblo, enriqueciendo sus mitos, haciéndolos más sofisticados. El rey bárbaro conquistaría la civilización pero, al mismo tiempo, caería rendido ante ella.
Así Tankûl se mezclaría con Arkaus, la deidad guerrera de los Alani de Raggayaal para dar a luz a Tarakus, al igual que Kaina se fundiría con Rinlay para resurgir como Raika, la diosa de la justicia y el comercio.

Con cada nueva conquista sus tropas aumentaban a la par que su ambición. Etera y Dangroth, T'lar y Shayaku, Dirgil y Edarc. Ninguna de las naciones que se hallaban en su camino podía ralentizar su imparable avance ni mucho menos detenerlo. En menos de diez años había conquistado la mitad del continente. El este permanecería a salvo de sus ambiciones, ya que sus naves no eran capaces de superar el estrecho de Panyal en el sur o las simas de Selur en el norte, y no había ningún paso conocido por el que atravesar las cordilleras de las Thrull con un ejército.

Tras la caída de la Amlot “La oscura”, la megalópolis mortuoria y último bastión de los nalsai, comenzaría la construcción de Amlash “La brillante”, la que sería la capital del imperio omnipotente imperio menetiano. Y ante la imposibilidad de expandirse hacia el este, comenzarían las campañas para la conquista de las islas continente de Shatter y Sembia en el oeste, Thurgold en el sur y Norotgard en el norte.
Pero Hoark no vería finalizar la construcción de su capital ni su triunfo en las nuevas campañas. Perecería a los cincuenta y cinco años víctima de una herida mal curada, y sería sucedido en el trono su hijo Ílio, que sería conocido como “El emperador no coronado” ya que moriría un año después de su padre, antes de que todos sus súbditos supieran de de su ascensión.
Ílias, el siguiente en la lista sucesoria, asumiría el trono ante la falta de herederos de su hermano. El tercer emperador sería conocido por el pueblo como “El pío” y gobernaría durante veintiséis años, durante los que continuaría con devoción el camino marcado por su padre.