El legado de los Enrali

Alentado por las historias sobre el destino, el beneplácito, bendición y misión divina y la grandeza de sus antepasados, el gobierno de Wailun estaría plagado de cambios. El nuevo emperador tenía muchos planes. Sueños de conquista y expansión, deseos de gloria y trascendencia. Él llevaría al imperio más allá de donde ninguno de sus ancestros había sido capaz.
En sus sueños había contemplado a los dioses e interpretó aquellas visiones como una señal. Sabía que ellos estaban de su lado.
Los cambios comenzarían con el traslado de la capital imperial desde la norteña Amlash hasta la ciudad fortaleza de Sunrarth, en la provincia sureña de Meddlan.
Durante las expediciones comandadas por su tío Amrón, los exploradores habían encontrado varios pasos a través de las montañas Zorak situados en aquellos territorios. El camino hacia el este, inaccesible durante tanto tiempo, por fin había sido hallado. Lo desconocido le esperaba más allá de las montañas y estaba deseoso de partir a su encuentro.

Las tierras que los mitos decían pobladas por monstruos de toda índole se descubrieron como similares a las que ya conocían. La primera cultura con la que se encontrarían sería la de las naciones nómadas de los zulera. Un pueblo al que consideraban casi primitivo, adoradores de unas deidades incomprensibles para los menetianos y consideradas como peligrosas por su emperador. Tribus de cazadores, una presa fácil que apenas opondría resistencia ante la superioridad militar del imperio.

Tras someter con facilidad a los zulera, las tropas de Wailun seguirían el curso del río Triad, que les conduciría hasta la primera construcción que dejaba entrever vestigios de civilización más allá de las montañas, el puente de Taygur. Aquella construcción formaba parte del “Camino de Pangú“, la vía adoquinada que unía las ciudades de los maleri.
El primer encuentro con aquella nueva cultura se llevaría a cabo en la ciudad de Hirth de una manera civilizada, pero las diferencias no tardarían en surgir. Las dificultades para comunicarse y hacerse entender se unirían a las ínfulas de superioridad cultural, espiritual y moral por ambos lados acabarían desatando el conflicto.
Hirth caería, y le seguirían Dalmag y Jimral. Nada parecía ser capaz de frenar la imparable misión divina del emperador por rescatar de la barbarie a quienes no habían tenido la fortuna de crecer bajo el protector ala del imperio.
Su fama no tardaría en extenderse por los territorios cercanos y por primera vez en siglos se comenzaría a mencionar al este de las montañas el pacto de Áractur.

Tras la desaparición de los ailanu, el este del continente no escaparía al caos que se apoderaría de todo el mundo, ni de las guerras que lo asolarían. Pero en aquel lado del mundo la paz no vendría de las manos de un conquistador, sino de la de quince iluminados, los Enrali.
Cada uno de aquellos hombres residiría en las llamadas “ciudades interiores”, ciudades-palacio-fortaleza de los ailanu horadadas en el interior de las montañas. Aprovechando grietas naturales y cascadas que descendían por su interior desde los glaciares que culminaban sus cimas, crearían materiales capaces de generar luz de manera autónoma y plataformas que uniesen las abismales simas que parecían llegar hasta el mismo corazón del mundo.
Los Enrali, separados entre sí por miles de kilómetros, durante sus sueños entrarían en contacto al mismo tiempo con la esencia de Ytahc, a quien llamarían Arcthuran, el señor de las profundidades. Inspirados por aquellas visiones comenzarían a esparcir un nuevo mensaje, una nueva manera de entender el mundo que sería escuchada por los desfavorecidos que se alzarían en armas contra los señores que los usaban como peones en sus juegos de poder.
Sería en aquellos días que se crearía un pacto de hermandad entre todos los que luchasen por acabar con las guerras. Una alianza ante quien tratase de imponerse sobre sobre sus iguales.
Pero el tiempo pasaría, y el ideal desaparecería. Las siguientes generaciones de sacerdotes de Arcthuran se centrarían en sus más cercanos, cuando no se volvían directamente burócratas al servicio de señores de la guerra.
La que un día se llamase Trollellom “La gran nación” apenas era recordada por quienes la habitaban. Sólo era el nombre por el que se conocían a las quince ciudades estado en las que naciesen los visionarios. La nación había muerto, fragmentado en cientos de pequeños reinos que preferían olvidar el legado de los Enrali. Pero todo aquello estaba a punto de cambiar.