Nacimientos y despertares

Del sueño y el inconsciente de Ytahc y de su unión con su compañera, surgiría la vida sobre esta. Criaturas de de todos tipos florecerían y se esparcirían por toda su superficie. Seres guiados por el instinto y la inconsciencia.
Pero Ytahc, que las amaba a todas ellas, vivía sumido en la incertidumbre, pues sus heridas le recordaban constantemente que El Destructor y los suyos llegarían algún día para acabar con todo lo que había creado.
De aquellas sensaciones; del dolor y la rabia, del miedo y desesperación que le causaba aquella espera, nacerían la única de sus creaciones a la que marcaría con una misión. Más adelante, cuando los contemplasen los hombres, recibirían muchos nombres: Unos los recordarían como los Gunday Arek, La hueste perdida y otros como los Dragún Adai, los hijos de Adai. Durante su descanso se les conocería como los Mayane Undalath, los guardianes durmientes y aquellos que convivieran con ellos hablarían de los Ansale Daimashu, la furia de Daimashu. Pero ellos nacerían y morirían como los guardianes de Ytahc. Aquellos que poseen todas las formas.

Los guardianes surgirían de la piedra y el fuego de los siete picos. Sobre la superficie de Ytahc, en lo alto de los montes Gurudael y Kibani surgirían las dos primeras estirpes y, en la más profunda sima de sus océanos se hallaría y aún perdura Matnatur, la ciudad eterna, el único de los picos que no sería conquistado.
Sobre la blanca superficie de Lutnatar, girando sobre Ytahc, se encontrarían Lianu y Olen'Dogar y sobre todos ellos, entre los ardientes llamaradas de la superficie de Sholoj, surgirían los dos últimos picos: Nalot y Lubdatar.

Tras su primer despertar, los guardianes recorrieron toda la extensión de sus padres buscando al enemigo, pero donde esperaban dolor y destrucción, sólo encontraron hermanos y belleza. Durante mucho tiempo vagaron sin rumbo ni cometido, reflejándose en las criaturas con las que se encontraban, asumiendo y experimentando miles formas y de sensaciones. Miles de maneras de percibir, entender y apreciar lo que les rodeaba, aquello que se les había encomendado proteger.

Pero habían nacido para combatir y, con el tiempo, muchos de ellos decidieron abandonar la espera y regresar a la roca de la que habían surgido. Otros sentirían la llamada de las estrellas, el lejano canto de los hijos de Ytahc, y surcarían el vacío buscando el origen de aquellas voces, pues supieron que también necesitarían de su protección cuando llegase el enemigo.

Tras la partida de sus hermanos, sólo los primeros nacidos de cada uno de los picos permanecerían despiertos, esperando y vigilando inalterables desde sus hogares la llegada del destructor.
Pero, antes de la llegada de Baal, presenciarían el nacimiento de una especie que les cambiaría como ninguna otra lo había hecho.