Epílogos y preludios

Como un acto reflejo causado por aquellos eventos, los poderes cerrarían los accesos a sus realidades, con la vana esperanza de que esto detuviese al destructor en su regreso, consolidando de esta manera los seis planos. El enemigo había partido, pero sabían que regresaría.

Baal tas regresar a al seno de su difunto padre, quedaría sólo y aislado del resto de los poderes. Allí permanecería milenios tratando de asimilar su nuevo estado. Sus hijos ya no le seguirían. Ya no era uno de ellos, ya no era “puro”. Había sido “corrompido” por la consciencia de su propia existencia. Los kurbun continuarían en aquel lugar hasta que las anárquicas mareas del arrastraban les llevasen hasta otro lugar.

Tras la partida de los kurbun, los guardianes reconstruirían los picos y volverían a sus lugares de reposo, a la espera de su regreso. Pero la marca de Baal y los suyos quedaría grabada a fuego en los hombres. Las guerras que se habían iniciado, se prolongarían durante milenios, arrasando con todo lo que se había creado hasta entonces. Aquellos que no habían sido infectados por el enemigo, caerían víctima de sus hermanos. Los hombres descubrirían nuevas maneras de matar, crearían artefactos capaces de erradicar toda forma de vida. La marea de muerte no sólo se llevaría las vidas de aquellos que participaron en la lucha, sino que también acabaría con la memoria de lo que la humanidad había sido, llegando un momento en el que ni siquiera supieron de donde provenían sus mismos nombres. El sacrificio de Daegon les había dado una oportunidad que no aprovecharían.

Sólo unos pocos conservarían los recuerdos de aquel legado. Apenas una docena de los padres sobreviviría a aquella locura. Por su parte, los siete dragones ya no serían reyes, pues no quedaba nadie que escuchase sus palabras. Desde la lejanía, todos ellos contemplarían con tristeza como habían fracasado en sus misiones. Ellos formarían el Kilgar Doreth, el concilio de los inmortales. En él sería juzgado Dayon y aceptaría su condena, pese a considerarla insuficiente. Allí sería juzgado también Nitsalaya, quien se había negado a luchar, o ayudar a sus hermanos durante la contienda y su condena sería el olvido. Ni el ni sus hijos serían recordados por quienes les rodeaban. Ellos serían Itkalum; aquel que no existe.

Entre las estrellas, el vagar de los kurbun les llevaría hasta Tansaûl, hogar de Yago. Este mundo giraba alrededor de Xanday, que albergaba a Shur. Ambos harían frente al enemigo y ambos perecerían. Sus almas llegarían a Ilwarath, donde Avjaal las juzgaría, como había hecho en incontables ocasiones, pero el señor de los muertos vio que sus esencias no habían sido manchadas por los kurbun. Por esto les ofreció entrar a su servicio. Yago sería su general, quien recolectaría las almas de los dignos, aquellos que serían los inagorn; los matadores de dioses, quienes harían frente al destructor en el final de los tiempos.
Shur, cuya luz purificaba las almas, seleccionaría aquellas capaces de imponerse sobre la mancha del enemigo y las devolvería de nuevo a las fuentes de la vida, dándoles una segunda oportunidad.