Hermanamiento e Imperio

Bajo el auspicio de los reyes dragón la humanidad no sólo sabría del enemigo, sino que también uniría y pondría en contacto a las estirpes de todos los padres. Más adelante, cuando aquellos guardianes que se habían dirigido hacia las estrellas llegasen a otros mundos en los que también había surgido la vida, juntos crearían Ansale Pandar; la puerta de los mundos.

Así los hombres colonizarían otros mundo y crearían fortalezas en ellos para defender a las criaturas que allí habitaban. Mientras tanto en su hogar no dejarían de descubrir y adiestrar a nuevas criaturas. En las rocosas llanuras de Sgamul los hijos de Gundarek y Laisar se convertirían en los domadores de shaygan, los creadores de valles, los nómadas del viento. Sobre las espaldas de aquellas gigantescas criaturas construirían aldeas y fortalezas volantes que estos seres les transportarían por los cielos.
En las islas Irscalot, aislados en el océano Vagrani, los hijos de Maleri y Alashi convertirían a los traslucidos y cambiantes navani en guía y escolta para sus naves por todos los mares y océanos. Los más osados de ellos, los Gon Danyar, los jinetes marinos, viajarían en el interior de aquellas criaturas sobre y bajo las aguas.
En las junglas de Wandar, Angorm y Lyg Andrós lograrían comunicarse con las bestias primigenias y convertirlas no sólo en sus aliados, sino en sus hermanos.

En el norte, Mugeb y Sahai junto con su estirpe crearían bajo el hielo la ciudad Kaze, en el sur Shunor y Shaída les imitarían creando la de Grodoj.
En el este Izami y Shizune crearían la ciudad armónica de Kinsiday, en cuyo centro ubicarían la fortaleza laberinto de Sundagar.

Mientras sus hermanos construían sus hogares, Ailán y Neima recorrerían el mundo tratando de descifrar sus secretos. Sus ojos podían ver más allá que los de ningún otro, y eran capaces de percibir la misma estructura que daba cohesión a todas las cosas.

Durante mucho tiempo, el guardián a quien los hombres llamarían Maed'lloar caminaría entre los hijos de Ulmar y Raida, mientras Asereth lo hacía junto a los de Niam y Kenrath. Ninguno de ellos había asumido su forma definitiva. Ambos compartían una visión diferente sobre su misión, una visión obtenida en las largas noches conversación alrededor de la hoguera junto a Niam y Raida. Finalmente su forma les vendría de una manera natural, aunque no dejaría de sorprenderles, pues serían los únicos de los guardianes que asumirían forma de mujer.

Pero los siglos trascurrían y nada se sabía del enemigo. Con el tiempo las advertencias de los guardianes fueron perdiendo su trascendencia para los hombres. Incluso algunos de los guardianes empezaron a dudar de su misión y aceptando por completo su condición de humanos, buscaron metas propias. A ellos se les llamaría tsaday, los nuevos hombres, aunque eras más tarde aquella palabra cambiaría su significado por el de renegados.

Mientras todo esto sucedía en Ytahc, en los fuegos de la ardiente fragua de Sholoj, Kafarnaul, el forjador, creaba las armas para los reyes, las llaves que deberían cerrar el camino al destructor. Por su lado, en Kay Tíndawe, la sala de los espejos situada en el corazón de Lutnatar, Huatûr no cesaba en su incansable búsqueda de aliados por todos los mundos y realidades para la batalla que acaecería.

Y, finalmente, el enemigo llegó.