El final de una era

Baal y los kurbun vagaban por las realidades mecidos por los vientos del azar. A lo largo de su camino sólo dejaban destrucción y realidades fracturadas.
Finalmente atravesarían la oscuridad transformando en miedo, olvido y dolor lo que antes había sido esperanza, descanso y cobijo. Apenas unas fracciones de aquel lugar permanecería inalterado tras su paso.
Pero, en aquella ocasión, la destrucción no sería lo único que provocaría su presencia. Tras su marcha, los enemigos invisibles del hombre despertaría y, como sanguijuelas, alimentándose de sus despojos, se adherirían a aquella comitiva siniestra Rotark, la locura, Yr´ Laan, la enfermedad, Jeshema, la corrupción, Shurgull, el miedo, Yrkay, el dolor y Drisdane, el odio.

Tras cruzar el umbral que separaba las realidades, los kurbun y distintos aspectos de los enemigos descendieron sobre Ytahc. Los cielos se oscurecieron y la luz de las estrellas se volvería rojiza. Los reyes dragón despertarían a los guardianes durmientes y los hombres conocerían la mortalidad.

La invasión llegaría también hasta los hijos de Ytahc, a través de la puerta de los mundos, a la que se conocería desde aquel momento como Rakundareh: La portadora de desgracias.
Shaedón, el primero de los kurbun, llegaría hasta Hayashu, hogar de Devas y destruiría aquel mundo dejando moribundo a su huésped. Después alcanzaría Máyandar, hogar de Yyvylion, quien abandonaría a su anfitrión para presentar batalla antes de que este fuera alcanzado. A su lucha se uniría Nigoor quien moraba en Gansaku, dejando desprotegido su hogar. La batalla se prolongaría durante siglos y ambos mundos terminarían siendo destruidos por los hermanos de Shaedón. Después de esto, los kurbun continuarían su vagar ignorando a los supervivientes. Estos, pese a estar agotados y heridos, volverían hasta su padre para ayudarle en la lucha que aún continuaba.
Tiempo después, Shaedón volvería hasta Ytahc, y después de acabar con la vida de millones, acabaría conociendo la consciencia y la humanidad tras dar descanso a la torturada alma de Kenrath.

En Ytahc, los reyes dragón perecerían luchando contra el enemigo, pero sus hijos y hermanos continuarían con su lucha. Dayon tomaría la espada de su padre, Dae'on, al igual que Maed'lloar lo haría con la de Shat'red, Yrmus Krill los haría con Narg'eon, Kafarnaul continuaría con el legado de Yur´kahn, Huatûr el de Sem'bar, Asereth el de Mash'Kar y Belrotah el de Noroth'grael.

Los padres de los hombres también sucumbirían y, por cada uno de ellos que perecía, su estirpe quedaba marcada por el sello de Baal: la marca de la mortalidad. Pero la muerte no era el peor de los destinos que les aguardaba, ya que aquellos cuya voluntad se veía doblegada por el dolor o la rabia pasaban a engrosar las filas del enemigo. Los padres se enfrentarían a sus hijos, viéndose obligados a acabar con sus vidas o perecer bajo su mano. Así Ulmar contemplaría como Ulvir, uno de sus hijos, acabaría con la vida de todos sus hermanos y se convertiría en Aknôt: El fin de toda esperanza. Estaría en la mano del propio Ulmar acabar con la vida de su hijo, pero su mano vacilaría y cada una de las vidas que arrebatase el hijo pesarían sobre la conciencia del padre.

En Kawanase, Nalsai y Daela perecerían con su eterna sonrisa en los labios. En Hannadar los harían Harst y Kaedra tratando de proteger a los suyos. En Danrath Benkey y Leana caerían asesinados por su hijo Lorgal.

Los hombres morían o sucumbían bajo la influencia del enemigo. También los picos caerían dejando, al final sólo Gurudael y Matnatur como los últimos bastiones en presentar batalla.

En Imshul, Dayon y Daegon, hijos de los difuntos Dae'on y Vandara, hermanos y esposos defenderían el primer pico junto a Ulmar, Huatûr, Luara y Laconish. A su alrededor sólo había muerte, pero ellos jamás desfallecerían.
En Matnatur Karag´tamur cobijaría a los últimos resistentes que bautizarían la ciudad como Rielt Kamage, la última esperanza.

En uno de los escasos momentos de respiro, Daegon, durante una de sus guardias contempló el cielo, pero vio algo más. Más allá de los límites de la realidad, contemplando el legado de sus hijos se encontraba Baal. Él moraba en un nivel de existencia superior al suyo, y sólo habían visto y combatido contra las pequeñas porciones de su poder que eran el resultado de su cercanía. Lo contempló y comprendió que no había razones para sus actos.
Elevándose hacia los cielos trató de acercarse a él y atravesó los limites del universo hasta alcanzarlo. La comprensión le había llevado más allá del odio o el dolor. La rabia había desaparecido y no deseaba hacerle daño. En su interior sólo se albergaba un deseo, ayudar a los suyos y para hacerlo sabía que no eran necesarias las armas. Estaba más allá del campo de influencia del destructor. Baal no podía herirla.
Se situó frente a él y le rozó con su mano, provocando un estremecimiento en toda la extensión de su ser al notar como la consciencia comenzaba a despertar en su interior.
Pero Jeshema no deseaba que el conflicto terminase y nublo la mente de Dayon engañándole para que la matase. Así, blandiendo la espada de su padre, atravesó la espalda de su esposa, hiriendo también a Baal. De aquella herida, de la mezcla de la sangre de Daegon y la esencia de Baal caería de los cielos una nueva criatura, Annandaroth, que sería recogido y ocultado por Ulmar y Huatûr.
Dayon, al ser consciente de lo que había hecho, arrojó la espada de su padre lejos, donde no sería encontrada en milenios.
Pero el daño ya estaba hecho. Baal ya no era un ser puro, pero tampoco había sido capaz de asimilar su consciencia. Su primer contacto con ella había significado dolor y aquello era todo cuanto le deparaba su existencia. Cada instante, cada criatura, cada mota de polvo significaba dolor para él. Pero no podía morir. Él era un poder primario, un elemento imprescindible para la existencia y mientras la más pequeña fracción de la creación perdurase, el no conocería la paz. Abrumado por el dolor huyo hasta los confines más lejanos de la realidad.

Con su último acto en vida, la esencia de Daegon trascendió su cuerpo mostrándose como una luz cegadora que tocaría a todas las criaturas que moraban sobre Ytahc. Esta luz también crearía una barrera que los kurbun no podrían atravesar.
Los hombres habían llamado de muchas maneras a su hogar. Unos lo habían llamado Adai y otros Arcthuran. Algunos se referirían a él como Evyal y Nansalar. Pero a partir de aquel momento en la mente de todos ellos sólo habría un nombre: Daegon.