El Forjador

De haber alguien capaz de lograr la comprensión en su conjunto del funcionamiento de la realidad, este es Kafarnaul, vástago de Lianu. Si la misión de Maed Lloar es el cuidado de los hombres y del mundo, la suya es la reparación del gran esquema allí donde se encuentra dañado. Él es el arquitecto del futuro, el portador del conocimiento, El Forjador. Su misión no es sólo la de saber, sino también la de comprender y, si hay algo que sabe y comprende, es que la suya es una misión inabarcable, pero no por ello está dispuesto a abandonarla.
Durante su juventud, antes de conocer al enemigo y su auténtica naturaleza, su mente y sus manos ayudaron en la forja las Siete Llaves y la construcción de las puertas que unieron los siete picos. Tras el primer advenimiento no tardó en comprender que las armas y las barreras físicas no lograrían detenerlos. De aquel primer gran fracaso aprendió su primera gran lección vital.
Sabe y comprende que su tarea no está exenta de riesgos y peligros. Que el conocimiento tiene un coste, que sus principales enemigos son la soberbia, el conformismo o el desprecio por aquellas conclusiones que afirman lo contrario que las suyas propias.
Sabe y comprende que aún le queda mucho por aprender. Que el conocimiento se obtiene a través de la prueba y el error, que puede venir de cualquier lugar y cualquier persona, que para mejorar debe estar dispuesto a arriesgarse y fracasar, de escuchar y analizar también aquello y a aquellos que no desea escuchar. Sabe y comprende que el conocimiento sólo llega a través de la duda. De dudar de aquello que aún no es capaz de explicar con sus propias palabras, de aquello que no ha experimentado, de dudar de aquello que sólo sabe, de aquello que da por cierto, pero cuyas razones aún no es capaz de comprender.

Si Maed Lloar es la guardiana de los pequeños detalles, la protectora del hoy, Kafarnaul es el científico, el maestro, el artífice del mañana. Sus tareas son complementarias y su relación casi simbiótica. Va más allá de la empatía, más allá del amor, más allá de lo que los poetas son capaces de narrar. Ella le ayuda a dar contexto a lo que descubre, le trae de vuelta cuando se pierde en sus investigaciones, le ayuda a recordar quien es y la razón última de su tarea.
Aquellos que para “El Contemplador” son sólo nombres sin rostro o datos sin contexto, para ellos son vidas con que han transcurrido ante sus ojos, historias en las que han participado, genealogías que han ayudado a perdurar.

Él fue el primero en comprender lo que Daegon y Maed Lloar intuyeron de manera natural, que el enemigo no podría ser derrotado combatiéndolo como a los hombres. La destrucción no puede ser destruida, debe ser transformada en otra cosa. La agresión responde a la agresión, el miedo responde al miedo, el odio responde al odio. Los instintos deben ser comprendidos y, aquellos impulsos no deseados, controlados. El conocimiento es el arma más poderosa que se puede esgrimir ante el enemigo. Por más que la verdad sea una, cada persona tiene “su” verdad. Verdades muchas veces falsas, interesadas o parcialmente ciertas que sólo pueden ser extirpadas mediante la educación. Pero el conocimiento no se puede forzar en aquellos que no lo desean. La verdad, por más cierta que sea, no puede ser impuesta, debe ser libremente aceptada y comprendida, pues la aceptación de la verdad, sin una comprensión real, la convierte en algo inútil.
Mientras Maed Lloar ha tratado de mostrar estas verdades a los hombres allí donde ha dejado su huella, Kafarnaul ha centrado sus esfuerzos en crear textos, imágenes y otras herramientas que puedan facilitar la comprensión de estas lecciones.

Sólo se permite una pequeña mentira ante sí mismo, la de tener esperanza. Se niega a aceptar algo que comprende que es inevitable. Desea estar equivocado en algo que sabe cierto: La existencia está condenada y es finita. Sólo cuando no quede nada por destruir el enemigo dejará de tener sentido en el gran esquema y desaparecerá para dejar paso a la nada.