El Errante

Yrmus Krill es el hijo y guardián del monte Kibani y segundo en edad de entre los Reyes.
Durante milenios, su presencia entre los suyos ha sido meramente testimonial. El pico que le dio la vida desapareció de este mundo junto al continente de Nargión durante la llamada “Segunda guerra de los dioses”. Perseguido por los fantasmas de aquellos a los que no pudo salvar tras el desvanecimiento de su hogar, se convirtió en un hombre roto lastrado con una culpa autoimpuesta que no le correspondía. Su vida ha sido una lucha constante y la persecución de una paz de espíritu que no ha alcanzado hasta hace poco tiempo.
Él es el viajero, el explorador de las dimensiones, el cartógrafo planar. Impulsado por el vínculo que le une al lugar en el que reposan sus hermanos ha atravesado el velo que separa los distintos niveles de realidad en su búsqueda incesante.
Pero esta misión le costó muy cara, el aislamiento, la fatiga y la culpa le llevaron hasta extremos peligrosamente cercanos a los umbrales de la locura y sólo el contacto esporádico con sus hermanos le hacía recordar por qué estaba luchando. Aún así, en varias ocasiones faltó a la asamblea de los reyes al hallarse perdido por lugares que ningún otro ser poseedor de consciencia había transitado con anterioridad.
Finalmente, apenas hace tres siglos, encontró la dimensión en la que se hallaba Nargión. Vio que la humanidad había perdurado en aquel lugar casi antagónico para ella o para la misma esencia de los guardianes, pero no había quedado libre de su efecto.
En el interior del Kibani también percibió la esencia aún latente de sus hermanos, pese a no poder permanece demasiado tiempo en aquel lugar lo visitó constantemente tratando de recabar información para volver a traerlo de vuelta hasta Daegon. El camino hasta aquel lugar era peligroso incluso para él, pero no dudó en atravesarlo tantas veces como fue necesario. Pero cada viaje era más duro y cada momento que pasaba en aquel lugar una agresión para todo su ser.
En uno de sus últimos viajes volvió herido y casi derrotado. Viajar tan cerca de la oscuridad primaria le había arrebatado todas sus fuerzas y la promesa del descanso que le ofrecía el olvido nunca se le había sido tan tentadora. A su regreso su cuerpo apenas era un cascarón vacío que, de no ser encontrado por nadie habría terminado por desvanecerse.
Pero fue encontrado por Ilena y Sanda, madre e hija, mortales, humanas, mujeres, “normales”. No eran guerreras pero no por ello dejaban de ser fuertes, de ser luchadoras.
El ser salvado por ellas, por los seres que debía “proteger” no sólo le sirvió para afianzar su determinación, sino que le dio un punto de apoyo, un lugar “real” al que regresar alejado del abstracto de su misión.

Gracias a él, el continente regresó de nuevo hasta su hogar durante el último advenimiento del Destructor, y tanto él como sus hermanos se pudieron unir a la lucha. Una lucha que sabían perdida pero que nunca darán por finalizada.
Ahora hay de nuevo paz. Una paz triste, fatalista, pero él no decaerá. Nunca había tenido tan claro el por qué de su lucha. El por quién.