Iniciando el tercer ciclo

El mundo bullía con nuevas ideas. Con una sucesión de descubrimientos que parecía no tener fin. En cada uno de los rincones del continente se daba forma a nuevos conceptos o se redefinían los ya conocidos.
Los nuevos dioses se aparecían en los sueños de aquellos más afines a sus esencias, unos mediante la inspiración, otros mediante el sometimiento. Unos guiando los pasos de sus aliados hacia un ideal común, otros dominando a los sumisos hacia un mundo de indefensión y determinismo.
Como un ciclo que parecía repetirse una y otra vez de manera inexorable, la sombra del destructor comenzaba a cubrir de nuevo el mundo desde su prisión.
Las ideas se tomaban como verdades absolutas. Demasiadas verdades distintas y contrarias. Verdades opuestas condenadas a colisionar. La arrogancia de los portadores de verdades sería el motor de las nuevas guerras y sus ideas la excusa.
Pero aquel mundo, pese a ser más pequeño, no contaba con la comunicación de las anteriores épocas. Los mensajes de los profetas no llegaban más allá de donde alcanzaban sus pies. Ya no había grandes señores, sino pequeños gobernantes con pequeñas ideas, cuyos reinos duraban tanto como sus vidas. Lideres cuyo poder estaba basado en la cantidad de sus ejércitos y no en la convicción en sus palabras.
Los profetas recorrían el mundo esparciendo sus mensajes y negando los de los demás. Tratando de imponer en lugar de exponer. Pocos eran los que lograban que su mensaje perdurase. Las ideologías se propagaban y mutaban adaptándose a la audiencia. Moldeando el mundo mientras eran moldeadas por él. E imitando a sus fieles, los dioses cambiaban buscando su lugar en aquel mundo en perpetuo movimiento.

En aquellos días también surgió un profeta que sería ignorado por sus contemporáneos: Ýlar de Jomsul.
Ýlar era un hombre desplazado. No encajaba en su familia, en su país ni en su tiempo. Por sus venas corría de manera muy diluida la esencia de la tejedora y, sería gracias a esto que fue capaz de ver más allá del tiempo. Compartiendo la condena de su familia, contemplaría el final de todas las cosas: El Gutrukage.
Durante su tiempo en vida trató de advertir a quienes le rodeaban sobre lo que se avecinaba. De impedir los pasos que conducirían a la humanidad hacia su inevitable final. La humanidad, tal como había sido conocida, había muerto en dos ocasiones. Había comenzado el tercer ciclo, y el supo que no habría un cuarto.
Nunca se rindió, pese a saber que no estaba en su mano el evitarlo. Buscando al concilio de los inmortales, tratando de encontrar algún hijo del pacto sin saber como hacerlo, luchando por evitar los momentos cruciales. Fracasando hasta que le llegó la muerte a manos de aquellos que trataba de salvar.
Sólo tras su final comenzarían a propagarse su profecía y su misión. Pero pocos eran aquellos capaces de aceptarla, pues en ella no había salvadores ni esperanza. Tras el final del tercer ciclo no llegaría un nuevo renacimiento de la humanidad. No quedarían dioses ni poderes a los que rezar o temer.
No quedaría nada.