Desterrando el pasado

Durante toda su existencia sus destinos habían sido guiados por los inmortales, pero los ailanu ya no estaban y los guardianes así como los padres habían desaparecido hacía ya mucho tiempo.

Comenzaría una época convulsa que se prolongaría durante cerca de quince siglos. Una era a la que, más adelante, se conocería como La edad de las guerras, o El milenio negro.
Apenas quedan restos físicos de aquellos tiempos. Textos o construcciones que les sobreviviesen sirviendo a los historiadores para recrear o imaginar los reinos que poblaron el mundo entonces. Esta ausencia de documentación ha llevado a los estudiosos a afirmar que no se creó nada perdurable. Nada que les sobreviviese. Que aquella época fue una constante sucesión de luchas por el poder o las tierras; de conquistadores y conquistados. Pero ese es un pensamiento erróneo. Sería en aquellos días cuando tomasen forma gran parte de las escuelas de pensamiento filosófico y teológico que continúan vigentes en la actualidad.

Sí, las guerras se sucederían, pero las batallas no tendrían lugar únicamente en el plano físico. Había que romper con el pasado. Con los ailanu y su manera de percibir el universo. Con el modelo social que habían creado. Retirarse de los ojos la venda con la que hasta entonces ellos mismos se habían cegado.
Los nuevos hombres miraron a su alrededor y encontraron ante ellos un mundo lleno de posibilidades. Lentamente, un millón de nuevas ideologías irían tomando forma. Innumerables maneras de entender, controlar y convivir con su entorno.

Al mismo tiempo, los poderes volvieron su mirada de nuevo hacia el mundo material. Hasta entonces se habían limitado a contemplarlo como algo a lo que proteger, cuando no como una fuente de aliados en su lucha contra el destructor. Pero la amenaza había pasado, al menos temporalmente, y a su regreso encontraron algo distinto a lo que habían contemplado con anterioridad. Apenas encontraron seres con los que relacionarse como iguales como hicieran antaño. Aquel mundo era un lugar distinto. Había cambiado y se dieron cuenta de que también lo habían hecho ellos.
Durante mucho tiempo contemplaron aquel lugar con nuevos ojos. Lo que sucedía sobre su superficie les resultaba extraño e incomprensible. Como consecuencia de aquella curiosidad y su necesidad por saciarla nacerían nuevos seres. Nuevos aspectos de ellos mismos, nuevos “dioses” que existirían a medio camino entre el nivel conceptual y el material, ayudándoles a comprender aquella nueva realidad. Entes comprensibles para los sentidos y las mentes de los hombres.

Los hombres reaccionarían de distintas maneras ante aquellas criaturas. Unos los recibirían como sus salvadores y otros los rechazarían. Algunos pueblos serían esclavizados por ellos y otros los acogerían como sus hijos y hermanos. Habría quien los ignorase y quien luchasen contra ellos.

Había llegado el momento en el que la humanidad, la nueva humanidad, debía comenzar a madurar. De salir de la sombra de sus mayores y elegir su propio camino. Pero los mecanismos de decisión de los hombres estaban abotargados, entumecidos por la falta de uso. En lugar de tratar de crear un nuevo camino, trataron de emular a sus predecesores repitiendo sus errores.
De esta manera, sus elecciones les conducirían por la senda marcada por el enemigo: La ruta hacia la destrucción y el olvido. Sus elecciones les conduciría hacia su propia condena.