Vida y muerte. Tiempo y pactos

Avjaal contemplaba, desde más allá del los tiempo, el camino que habían recorrido sus hijos antes de regresar hasta él, completándolo de nuevo. Contempló la belleza de la vida y la tristeza del tiempo. Dolor y sacrificio, alegría y esperanza. Contempló como sufrirían y morirían. Contempló como sus propias acciones les llevarían hasta el trágico final.
Contempló todo esto incapaz de hacer nada pues pues Él estaba más allá de aquellas disquisiciones. El tiempo no era sino una mota, una fracción apenas perceptible dentro de la inmensidad de su ser. Pero, aún así, no podía evitar el contemplarlo una y otra vez invadido por una profunda tristeza. Cada vez que observaba aquella pequeña joya, apreciaba un nuevo matiz; Una vida que antes había pasado inadvertida, le mostraba un nuevo aspecto de sí mismo. Una muerte que le hacía apreciar aún más a aquellas diminutas criaturas.
Nada en aquel lugar se le hacía insignificante y, cada vez que la observaba, Sakuradai le devolvía la mirada con una muda súplica.
Trató de crear otras realidades, nuevos conceptos que aplacasen aquella desazón que le atenazaba con cada nueva visión de lo que habían sido sus hijos, pero sólo conseguía obras vacías. Criaturas artificiales carentes de vida. Cada pequeño cambio que introducía destruía el conjunto, cada nuevo intento se convertía en un nuevo fracaso. Siempre regresaba a aquellas minúsculas vidas que no dejaban de emocionarle. El tiempo y la vida formaban parte de él, pero su esencia había cambiado convirtiéndolos en algo distinto de lo que fueran. Haciéndole sentir vacío en lugar de completo.

Finalmente, Avjaal, tomó una decisión; No deseaba contemplar de nuevo el sufrimiento de sus hijos, pero tampoco permanecería ajeno a su destino.
Así que Avjaal se despojó del manto de la omnipotencia. Se encogió hasta entrar en aquella diminuta gota de sí mismo y, sellando un pacto sin palabras con sus hijas, les otorgó su último obsequio: El don de la incertidumbre, el regalo de la esperanza.
Los vestigios de su poder se esparcirían a lo largo del tiempo, creando nuevas vidas. Vidas ocultas a los ojos de Sakuradai, o a los suyos propios. Vidas que podrían alterar el devenir de los acontecimientos.
Tras hacer esto, crearía Ilwarath, la tierra de los muertos, su última morada. El lugar donde esperaría el fin de los tiempos. Donde sería engullido por La Nada cuando todos los suyos hubiesen desaparecido.
Desde allí contemplaría a sus hijos desde una nueva perspectiva, siendo uno más de ellos. Experimentando sus alegrías y pesares.
Desde allí contemplaría el rostro de Sakuradai que, por un breve momento, perdería su eterna expresión de tristeza y, en aquel momento, Avjaal conocería la felicidad.