Muerte y profecías. Contemplando el hoy.

El tiempo se acaba.

En los últimos versos escritos por el asceta Ýlar de Jomsul, el Guteakage, la profecía del fin de los tiempos, reza:

Larga habrá sido la última noche en la ciudad antigua.
Cuando se produzca el advenimiento de Imsalot, el primer heraldo.
En su mano blandirá a Yrsclreriath, la portadora de destrucción.
Y el destructor será libre para completar su legado.

Hace cinco años. Baal fue liberado por su heraldo, imsalot. Todo aquello cubierto por su sombra mientras ascendía derribando las barreras que le separaban de su destino, fue destruido. Toda vida sobre la ciudad de Edera, reducida a polvo. Sus edificios, superviviente a los estragos de cuatro edades, se volvieron quebradizos y los bosques que la rodeaban, un erial en el que la vida no puede volver a germinar.

Cinco años han pasado para los hombre, pero apenas cinco días para la percepción de los poderes. El asalto del destructor no se hizo esperar, llevándose a cabo con una furia demoledora fruto del largo encarcelamiento al que había sido sometido.
Desde la misma creación del tiempo, los conceptos que dieron forma a la creación supieron de la llegada de este momento. Temiendo su advenimiento y planificado sin descanso en busca de una manera de retrasarlo, de modificar el curso de la historia. Tratando de evitar o alterar la serie de acontecimientos que se desencadenarían tras su venida.
Finalmente triunfaron. El futuro que tanto han luchado por cambiar jamás llegará, pero el precio a pagar por esta éxito ha sido uno que no estaban preparados para afrontar. Al alterar la cadena de acontecimientos que tanto temían, sólo han logrado precipitar su conclusión.
Las fuentes de la existencia han sido dañadas y Sakuradai, la misma encarnación del tiempo, yace mortalmente herida. El fin de los tiempos ya ha comenzado.
Tras tanto tiempo de lucha tan sólo les queda continuar luchando pero ¿contra qué?. El enemigo está contenido. Ya no lucha. No necesita hacerlo para alcanzar su objetivo. La esperanza ahora se les hace cada vez algo más lejano. La inevitabilidad del final nunca se les ha mostrado con mayor claridad.
Desde que comenzase su lucha, han sido conscientes de la llegada de este momento, pero este curso de los acontecimientos jamás había asomado por sus mentes.
La cercanía del fin siempre les ha acompañado. Su papel como meros estorbos ocasionales, un hecho del que nunca han dudado, pero ahora deben afrontar este nuevo futuro. Ya no existe futuro para ellos, sólo ahora. No es una sospecha, sino un hecho. Una nueva certidumbre ha sustituido a la anterior. Una más descorazonadora.
Mas su misión no ha cambiado. Si dejan de luchar, todo terminará, siempre ha sido así, pero no ha sido hasta la llegada de este momento que han experimentado los últimos aspectos que les faltaba por comprender de la auténtica humanidad.
La resignación, la desesperanza y la recriminación ha comenzado a hacer mella sus ánimos. Aquel que nunca fuese su camino, comienza a ser valorados por algunos de ellos. Las barreras que separan y definen a los conceptos se diluyen y los poderes pierden su misma esencia. Ya no son quienes fueron y no saben en qué se están convirtiendo.

Las arenas que forman la esencia de la tejedora se van desgranando de manera inexorable.

El tiempo se acaba.