Luchando por la posibilidad de un mañana

Mientras tanto, en otro nivel de realidad, las consecuencias de la guerra se filtran dejándose notar de diversas maneras. Unas sutiles y otras sorprendentes. Ignorantes de la causa o consecuencia de estos eventos los hombres continúan con sus existencias ajenos a lo que está por llegar, o del papel que desempeñan en el esquema del fin de los tiempos.
Sólo unos pocos conocen la verdad pero, ¿Qué pueden hacer ellos allí donde hasta aquellos que dan sentido a la existencia han fallado?

Los entes abstractos no eran los únicos que esperaban al destructor. Sobre la faz de Daegon, aquellos sabedores de la llegada de este momento también llevaban milenios trazando planes .
Apartando al vástago del enemigo de la influencia de los kurbun. Preparándolo para que su mente continuase siendo humana tras su transmigración.
Serían ellos quienes lograsen recuperar las espadas de los antiguos Dagún Adai, las Siete Llaves forjadas para frenar al Destructor en su camino, y encontrar dignos portadores para ellas.
Ellos fueron quienes sanaron el mundo herido y comandaron a los hijos de Ytahc en la defensa de su padre. Quienes buscaron de manera incansable a aquellos cuya estela escapa a la mirada del tiempo, a los llamados Hijos del pacto entre los dioses, y los vieron morir igual que los hombres amparados bajo el manto de la tejedora. Quienes, al igual que lo poderes, triunfasen sólo para obtener un castigo en su victoria.
Mucho de ellos perecieron antes y durante la batalla. Incontables vidas se perdieron en el camino, pero ninguna de ellas sería llorada en la manera que lo fue la de Ulmar.

El último de los padres, ha muerto. Aquel que ha acompañado a la humanidad desde su mismo inicio, pereció a manos de su hijo Ulvir, el lago tiempo conocido como Aknot “El condenado”. Murió protegiendo la forma mortal de Annandarath, al vástago del Destructor. Murió acabando, a su vez, con la vida de su propio hijo.

Durante la larga noche que precedió a la liberación del Destructor, se materializó éste momento vislumbrado por el profeta en su atisbo del fin de los tiempos.

El hombre perderá todo vínculo, conciencia y memoria de sí mismo.

Como este verso críptico verso, Ýlar de Jomsul vaticinaba la más grande pérdida que sufriría jamás la humanidad.

Con su desaparición, la memoria viva de la historia del hombre se desvanece. Ha caído el último de los dadores de nombres. El último vestigio de los primeros dioses.
El hombre ha quedado huérfano y abandonado a su propia suerte. Le ha sido arrebatado de raíz el último vínculo que conservaba con los tiempos de su mayor esplendor y gloria.

Pero para estos hombres y mujeres los reveses del destino no son algo desconocido. Su determinación se ha forjado a través de cientos de pequeñas derrotas y victorias. Entre estos inmortales se encuentran aquellos para quienes el poder no es sino una consecuencia del conocimiento o de su propia naturaleza, y no un fin en si mismo. Mientras quede un hálito de vida en sus cuerpos, continuarán buscando la posibilidad de un mañana. El futuro inmutable ya ha sido alterado una vez, aunque su determinación ya no es la misma. Ahora luchan en gran medida por inercia, porque deben hacerlo, porque es lo que han hecho siempre, pero una pesada losa se ha depositado sobre sus espaldas, la de la culpa.

Humanos desde hace ya más tiempo que ningún hombre o mujer sobre el mundo, los herederos de los Siete Reyes Dragón ya no observan a sus protegidos desde las alturas, sino que se mezclaron entre ellos hace ya milenios. No fue hasta el regreso del Destructor que se vieron obligados a abandonar las vidas que para sí habían creado para guiar hacia la batalla a sus hermanos, los guardianes durmientes, tras su nuevo despertar. Junto a ellos lucharon en los límites que separan el mundo material del conceptual.
Durante la guerra perdieron a Dayon, hermano, esposo y asesino de Daegon. Quien hirió por primera vez al Destructor, quien lo convirtió en una criatura sentiente, quien le dio a conocer el dolor y le proporcionó un objetivo. Tras dos mil milenios tratando de expiar aquella culpa, sin conocer el descanso o el perdón, ha muerto y en la muerte ha encontrado por fin la paz.
Ahora el grueso de la batalla ha finalizado y sus hermanos han vuelto a su reposo. Aquellos que afirman haber visto el final de los tiempos dicen que ya nada pueden hacer en lo que está por venir, pero no por ello dejarán de luchar.

Mientras tanto, en Matnatur la Antigua, el que debía ser el escenario de la última batalla, los miembros del Kilgar Doreth, el Concilio de los Inmortales, la búsqueda contra reloj continúa de manera incesante, pero lo que buscan no existe.
Nacido como uno de los poderes en el comienzo de los tiempos, desde que Dietmann Hotz, el creador de del concilio, contempló el rostro de la Tejedora su vida sólo ha tenido una misión, un único objetivo. Durante las seis edades del mundo y con la ayuda de su antaño hermano Kozûl, el guardián de las fuentes de la vida, ha contemplado los sueños de la Sakuradai en busca los eventos que desencadenarían el fin.
Ahora el tiempo ya no sueña, ya no puede aliviarse momentáneamente de su pesada carga. Ahora la tejedora sólo conoce la tristeza el dolor. Los mapas del tiempo han cambiado, ya no hay pistas, ya no hay visiones, están solos.