Textos sagrados

Tanto los Avyalish como los Bakuren comparten una serie de textos que son conocidos como El Imral. Estos textos, pese a carecer de un estilo, estructura o continuidad marcada entre unos y otros, se dividen a su vez en dos sub-textos o partes muy diferenciadas; el Abmur Sayal “El libro del alba” y el Abmur Bayán “El libro de los muertos”

Una de sus máximas que se puede extraer de su ideario es:

La existencia no es sino la sucesión de los conflictos entre los opuestos.
Todo comenzó con un instante de creación.
Todo finalizará con un acto de destrucción.

El mito de la creación.

Reza el Imral

Namdaal, el universo primigenio, quien fuese la suma de toda existencia, daría a luz a la primera idea. De aquel acto alumbrador surgirían dos seres: Avjaal, Namak. Los hermanos opuestos. Pero de aquel mismo acto moriría el padre, pues Él era único, y su misma esencia había perdido sentido y significado en una realidad fragmentada. Su existencia no era posible en aquel universo de límites.

De la alianza de los dos hermanos, surgiría Sakuradai, el tiempo, y, junto a ella crearían a Layga, la vida. Ellas darían comienzo al ciclo finito con su nacimiento y de su vientre surgirían incontables criaturas; los dioses.
Los dioses, a su vez, darían a luz al mundo y, de este, surgiría el hombre.

El mito del conflicto.

Durante eones, Avjaal y Namak contemplarían desde la distancia a sus hijos. Sus acciones se les hacían extrañas y sus deseos y pasiones incomprensibles. Ambos poseían visiones distintas y opuestas sobre aquellos seres. Mientras que Avjaal veía belleza y maravilla en el anárquico mundo que habían creado, Namak lo encontraba insufrible y decepcionante.
Durante una de sus discusiones Namak, poseído por la furia, diezmó a los dioses. Tras aquel acto, trataría de destruir a Sakuradai para poner fin al tiempo y comenzar un nuevo ciclo. Un universo estático sin acorde a sus designios.
En su mente sumida en la locura no sabía que todo cuanto existía estaba vinculado al tiempo, incluso su misma persona.

Triste ante la demencia de su hermano, Avjaal se interpondría en su camino. Primero trataría de hacer regresar la cordura a su ser, pero aquello era ya imposible. Finalmente, tras contemplar las consecuencias que habían acarreado sus actos, y la destrucción que continuaba provocando su contienda, tomaría la decisión de acabar con su vida y se convertiría a sí mismo en el fin de todas las cosas. Pero Namak había infectado con su idea a algunos de los dioses, y estos comenzaron a tramar en secreto la consecución de sus objetivos. Estos, durante tiempo inmemorial se ocultarían en el interior de su difunto padre, urdiendo sus planes e infectarían tanto dioses como hombres con su desquiciado fin.
Los dioses supervivientes, ignorantes de la insidiosa presencia de un nuevo enemigo, se alejarían de Avjaal. Su cambio había sido tal, que su presencia sólo les inspiraba temor. Tan sólo cuatro se quedarían vigilantes junto a su padre. Layga trataría inútilmente de revertir su cambio y tanto Baal como Yago y Shur velaban el cuerpo de Namak para que su se semilla no se esparciera.

Esto sería así hasta que Baal descubriese los planes de los namakitas y tratase de ponerles fin. Pero sería herido por Raktaur durante la refriega y, en su intento por obtener el poder necesario para imponerse sobre su rival, se alimentaría de la misma esencia del lugar en el que combatían, convirtiéndose en Namak renacido.
Imbuido por aquel poder antiguo, atacaría a sus hermanos, hiriendo también de gravedad a Avjaal y apoderándose de la esencia de Sakuradai. Nada podían hacer los guerreros contra aquel nuevo ser, ya que su muerte acarrearía también la destrucción del tiempo. En un acto desesperado, Yrgath, el mundo de los hombres, engulliría al Destructor encerrándolo en su interior.

El mito del fin de los tiempos.

Llegará el día en el que El Destructor devore el corazón del mundo en su camino hasta el exterior.
Larga habrá sido la última noche en la ciudad antigua.
Cuando se produzca el advenimiento de Imsalot, su primer heraldo.
En su mano blandirá a Yrsclreriath, la portadora de destrucción.
Y con ella derribará la puerta que separa los mundos, pues ellos son la llave.
Una vez más, el destructor será libre.
A Él se enfrentarán las huestes de Ilwarath en una batalla que consumirá toda vida.
Y, en aquel lugar, el tiempo, la vida y la misma muerte, conocerán su fin.