Organización de la iglesia

Pese a que todos ellos comparten el mismo mito de la creación (y final) y se reconocen como “hermanos”, se podría decir que los cultos de cada uno de los señores del inframundo son estancos entre sí.
De esta manera podríamos definir tres órdenes diferenciadas dentro de esta iglesia. Dos de ellas casi idénticas en objetivo y métodos (aunque diferenciadas en cuanto a su organización) junto a una tercera que, pese a tener un “parentesco” directo, apenas se relaciona con ellas.

Los Avyalish

Los Avyalish son los sacerdotes de Avjaal; principio y fin de toda existencia.
Avjaal (también llamado por distintas culturas como Evyal, Avkhal o Nanyaal) es el señor de Ilwarath; La Última Morada o Tierra de los Muertos. Quien rige sobre el destino de las almas de los difuntos. La tradición Ilwaranthi reza que, tras llegar a sus dominios, las almas son divididas en tres hileras.

La situada a su derecha conduce a “Naol Graim”; El Portal de la Reencarnación. En este lugar, las almas son escrutadas por Shur, su custodio, quien las purgará de todo resto de su vida anterior y decidirá si se les otorga la oportunidad de repetir el ciclo vital.

La hilera central, conduce a “Naol Ishtaen”; El Portal de la Iluminación. Aquellos que atraviesan este portal son llevados con los dioses a los que sirvieron fielmente en vida, donde se prepararán para La Última batalla junto a sus señores.
Frente a este portal se encuentra el propio Avjaal, quien elegirá a los mejores para convertirlos en los Inagorn; Los Matadores de Dioses que, bajo el mando de Yago, le acompañarán a Él en el fin de los tiempos.

La última hilera conduce hasta “Naol Kestar”; El Portal de la Destrucción. En el, las almas de los seguidores del Destructor son juzgadas por Yago, y devoradas por los Inagorn.

Los templos de los Avyalish son secretos solo conocidos por los sacerdotes. No hay ostentación en ellos ni nada banal o superfluo. Tampoco hay comunicación alguna entre ellos. Son centros de formación y entrenamiento tanto físico como espiritual, a la vez que sirven como cobijo y centro de información para quienes se han criado en ellos.
Los sacerdotes tienen dos misiones:
Aquellos hombres y mujeres que conforman la orden de los avyalish, desde el momento en el que aceptan “El Camino”, convierten su vida en una búsqueda y persecución constante de los seguidores del destructor y los suyos. La senda que, esperan, les preparará para el momento en el que éste sea liberado.
Los sacerdotes no son reclutados de la manera convencional, sino que son seleccionados de entre aquellos huérfanos cuyas vidas han sido destrozadas por el efecto de los agentes del Enemigo.
Si el huérfano rechaza la oferta del avyalish, será dejado en la ciudad o aldea más cercana. Si la acepta, entrará en el templo y no saldrá de él hasta haberse convertido en uno de ellos.
Para ser ordenado sacerdote el iniciado no debe superar ninguna prueba. Durante su estancia en el templo, llegará un día en el que logrará alcanzar el Ilwari. Un estado en el que su alma viajará hasta la frontera que separa las realidades y contemplará el rostro de su señor, obteniendo con ello su aprobación. Aquellos que no reciben nunca la beneplácito de su señor, permanecen en las iglesias formando a quienes les traen sus compañeros.

Los Bakuren

Aquellos que profesan el credo de Yago; El Destructor de Almas, reciben el nombre de los Bakuren; Los destructores de almas.

Al igual que con los avyalish, no existe una estructura jerárquica que controle o gestione la admisión de nuevos miembros en esta orden. También engrosan sus filas a partir de aquellos que lo han sufrido una gran pérdida pero, a diferencia de estos, los bakuren no poseen iglesias o fortalezas. Aquellos que pasan a engrosar sus filas lo hacen de manera autónoma y voluntaria. Su dedicación suele ser total y su compromiso ciego. Quienes entran a formar parte de esta orden lo hacen porque lo han perdido todo lo que daba su vida.
Quienes se atreven a hablar sobre ellos dicen que sus almas han muerto. Que sólo son cascarones vacíos que luchan por preservar en los demás el reflejo de lo que un día poseyeron.

Su vida es un búsqueda constante en las estrellas de los signos del enemigo. Un vagar errante a la caza de aquellos que destruyeran lo que un día fueron y sus iguales. Su única compañía, sus aprendices. Nunca más de uno y cuando estos han sido preparados, de nuevo la soledad.

Se dice que toda esperanza de tener una vida ha desaparecido para ellos, aunque se sabe de casos de algunos de ellos que han abandonado el camino, siendo capaces de abrazar la esperanza de una vida “humana”

Los destructores de almas son temidos por todos aquellos que alguna vez han oído hablar sobre ellos, pues se dice (y es cierto) que, aquel que muere a manos de uno de ellos, jamás se reunirá con sus ancestros en paraíso alguno.

Tanto los avyalish como los bakuren suelen ser gente fatalista y críptica que apenas se relaciona con personas ajenas al culto o su misión. Su existencia no es un secreto, pero no es algo de lo que la gente suela hablar. Tampoco hacen alarde de su condición cuando pasan por zonas habitadas, pero ello no evita que su presencia despierte en la gente un temor reverencial.
Sin lugar a dudas, el culto a estas dos deidades es el único que no se profesa por ambición o deseo de relevancia social.

Los Chanyannu

Al contrario que sus hermanos, los chanyannu; Quienes guías los muertos, suelen estar integrados en algunas de las sociedades a las que pertenecen.
Su deidad, Shur, es adorado bajo miles de nombres y formas distintos, al igual que reciben distintos nombre quienes la adoran. Su credo está esparcido a lo largo de todo el continente ya, sea como un ente benévolo que personifica la esencia de los ancestros, como la suma de todo lo que está vivo, o como quien les juzgará cunado mureran.

Su fe se suele profesar de distintas maneras ya que, al contrario que sus hermanos, quienes lo siguen carecen de una “misión” concreta. Generalmente su culto suele ser algo difuso y tiende a estar presente, sobre todo, en culturas poco avanzadas ya que en el mundo “civilizado” se les mira con recelo como agoreros y farsantes.
Se dice que aquellos que abrazan su credo lo hacen tras haber sido “tocados” por la deidad. Mientras que gran parte de quienes dedican su vida a su adoración lo hacen por seguir una tradición cultural, hay una minoría que lo hace tras haber sufrido una pérdida traumática. En ocasiones el dolor causado por estos hechos llevan al chanyannu a traspasar el velo que separa las realidades y haciéndoles contemplar por una fracción de tiempo lo que les aguarda a todos. Pese a que el conocimiento que otorga esta visión se desvanece con el tiempo, la marca que ha dejado en ellos es indeleble.