Textos sagrados

Existen multitud de textos que recogen la mitología taysjari. Desde breves parábolas hasta prolijas interpretaciones de la vida y obra de todos y cada uno de los componentes del panteón.
Según territorios los nombres suelen variar y las leyendas se matizan, ocultan o niegan. Las intenciones tras los actos, así como quienes las llevan a cabo, se moldean para tratar de adaptarlas a las idiosincrasias locales. De mantener o tratar de crear nuevos estatus quo. Pero la historia, los hechos de fondo que se narran en los mitos, apenas suele sufrir variaciones hasta que llegamos al momento de fin de los tiempos.
Tras el quinto (y último) gran concilio de todas las distintas escisiones de la iglesia tayshari se tomaría la decisión de eliminar de las escrituras todo lo tocante al nacimiento del Destructor y el fin de los tiempos. Esta decisión, impulsada por del Gran Teogonista menetiano con el único apoyo del Sumo Profeta de baernita, daría lugar al gran cisma occidental.

El mito de la creación

Antes del nacimiento de los hombres, existió otro mundo. Un lugar que se expandía por toda la eternidad: Tayshar, el mundo de los dioses. En aquel lugar intemporal moraban los hijos del viejo mundo; los Tayshary.
Pero Tayshar, quien fuese origen de la primera vida, se había vuelto un lugar decrépito y estéril. Un reflejo distorsionado de la gloria que poseyese en su nacimiento. Consciente de aquel hecho, pediría al primero de sus hijos, Tarakus, que pusiese fin a su existencia dando comienzo a un nuevo ciclo. Para que un nuevo universo naciese, el mundo primigenio debía llegar a su fin.

Obedeciendo a su padre, Tarakus tomaría a Tork-Avnash, la espada de su progenitor forjada en las llamas del fuego primario, y con ella segaría su vida poniendo fin también a su sufrimiento. Una vez hecho esto, de su interior extraería un nuevo universo. Un orbe bullente de nueva vida deseosa de expandirse sobre los restos de mundo antiguo.

Del corazón de Tayshar surgirían los primeros hombres, sus hijos espirituales y hermanos menores de los dioses. Tras su tomar posesión de sus dominios, les seguirían las bestias irracionales destinadas a ser su compañía, aliado y sustento.

De las cuencas de sus ojos nacerían Idiam, quien les daría luz, vitalidad y calor, y Sutela, quien les protegería de los peligros que se ocultaban en la oscuridad.

Del llanto de los dioses brotarían los mares y de sus pisadas los valles y montañas pues, tras despedirse de quien les diese vida, los dioses descenderían sobre su cadáver y caminarían junto sus jóvenes hermanos, compartiendo sus alimentos y sabiduría con ellos.
Sólo Lyzell, la esposa de Tayshar, moraría en soledad velando desde la lejanía los restos de su difunto compañero.
Durante tiempos inmemorables, dioses y hombres vivirían en hermandad compartiendo el mundo y disfrutando de sus dones. El orden establecido se respetaba siendo la palabra y designios de los mayores ley inmutable.

El mito del conflicto

Pero, mientras los hombres habitaban la superficie del mundo, las dioses lo hacían en la isla celestial de Tanlayr. Nada escapaba a su mirada y aquello no agradaba a la estirpe de Ailan.
En múltiples ocasiones, Airk, el mas poderoso de los Ailanu, hablaría entre los hombres de la arrogancia de los dioses que, si bien eran sus mayores, parecían creerse sus superiores.
Por aquellas palabras Airk sería exiliado del mundo de los hombres pues, donde él proclamaba una búsqueda de verdad y justicia, sólo había envidiaba y ambición.
Su veredicto sería el de verse forzado a abandonar la compañía de sus iguales y vagar por las estrellas. Iracundo y lleno de odio ante quienes consideraba que le habían traicionado, Airk abandonaría el mundo de los hombre, no sin antes proferir la promesa de su retorno y venganza.

Durante siglos Airk vagaría por las estrellas alimentando su rencor y planeando su venganza. Recorrería todos los rincones de la existencia siempre solo y furioso. Finalmente el rencor consumiría los últimos resquicios de su cordura y en su mente comenzaría a gestarse el más atroz de los actos. Un pensamiento que jamás habría podido nacer de una criatura cabal. Poseído por la demencia, profanaría el cadáver de Tayshar y se alimentaría de su misma esencia. Su exilio le había conducido a la locura y la lejanía de los dioses a perder su humanidad. Ya no era Airk, se había convertido en odio y rencor. En ira y venganza. En Tayal; El Corruptor.

Convertido en una fuerza imparable, Tayal tomó al asalto Tanlayr. El primero en caer sería Málander, el guardián del reino divino. Tras robar a Tork-Avnash de la estancia sagrada, con ella asesinaría a Tarakus y ocuparía su trono.

Bajo el reinado del nuevo señor de los dioses la humanidad conocería el sufrimiento y le sería arrebatado el don de la inmortalidad. Descubriría el hambre, el frío, el dolor y la muerte, mientras sus mayores permanecían cautivos del corruptor. Tan solo Lyzell permanecería inmune a la presencia de Tayal pero, aunque ni siquiera ella poseía el poder necesario para enfrentarse a él en aquel momento, comenzaría a planear su caída.

De manera sutil liberaría a Lerián y Shayka del dominio del corruptor para que le ayudasen en su misión. Así, mientras la primera mantenía ocupado a Tayal, la segunda esparciría una noche sin estrellas que ocultaría el camino de su libertadora.
Gracias a la distracción creada por sus hermanas-hijas, Lyzell descendería hasta la tierra de los muertos donde moraban los únicos que podrían derrotar al dios tirano.
Allí pediría a su esposo, ahora guardián de la última morada, que liberase el alma de sus hijos. Tras despedirse de Tayshar por última vez, tomaría el camino de regreso hasta el mundo de los vivos junto a Málander y Tarakus.

Con su llegada, la luz volvería al mundo. Ellos eran los hijos de Tayshar, suyo era el camino de la rectitud y la justicia. La traición y el subterfugio eran ajenos a su naturaleza. Pero El Corruptor se encontraba más allá del miedo, la sorpresa o la duda. Suyos eras el trono divino y la hoja forjada durante el alba de los tiempos.

La batalla retumbaría a lo largo de toda la existencia. El reino divino sería destruido por la lucha y esta continuaría en el mundo de los hombres. La tierra se fragmentaría y los continentes serían tragados por las aguas. Los hombres padecerían la cólera de los dioses y aprenderían a temerla.

Málander recibiría cientos de golpes capaces de destruir mundos pero jamás desfallecería. Él era el guerrero, el guardián de la existencia, mientras quedase un aliento vital en su interior jamás dejaría de combatir. Finalmente, cuando ya sólo quedaban de él su dolor y su rabia, arremetería con toda su furia contra su enemigo haciéndole soltar su arma. Con sus manos desnudas destruiría el cuerpo de Tayal cuya sangre se filtraría hasta el corazón del mundo. Tras hacer esto, se volvería contra sus hermanos y les atacaría pues la furia guerrera era lo único que animaba su cuerpo. Tan solo la presencia de Lyzell lograría aplacar su cólera antes de que acabase con todo aquello cuya misión era proteger.

Con su reino destruido y el mundo de los hombres infectado por la esencia de Tayal, los dioses se veían forzados a abandonar a sus hermanos menores, privándoles de su presencia y dones.