Cuarta edad

Desterrando el pasado

Durante toda su existencia sus destinos habían sido guiados por los inmortales, pero los ailanu ya no estaban y los guardianes así como los padres habían desaparecido hacía ya mucho tiempo.

Comenzaría una época convulsa que se prolongaría durante cerca de quince siglos. Una era a la que, más adelante, se conocería como La edad de las guerras, o El milenio negro.
Apenas quedan restos físicos de aquellos tiempos. Textos o construcciones que les sobreviviesen sirviendo a los historiadores para recrear o imaginar los reinos que poblaron el mundo entonces. Esta ausencia de documentación ha llevado a los estudiosos a afirmar que no se creó nada perdurable. Nada que les sobreviviese. Que aquella época fue una constante sucesión de luchas por el poder o las tierras; de conquistadores y conquistados. Pero ese es un pensamiento erróneo. Sería en aquellos días cuando tomasen forma gran parte de las escuelas de pensamiento filosófico y teológico que continúan vigentes en la actualidad.

Sí, las guerras se sucederían, pero las batallas no tendrían lugar únicamente en el plano físico. Había que romper con el pasado. Con los ailanu y su manera de percibir el universo. Con el modelo social que habían creado. Retirarse de los ojos la venda con la que hasta entonces ellos mismos se habían cegado.
Los nuevos hombres miraron a su alrededor y encontraron ante ellos un mundo lleno de posibilidades. Lentamente, un millón de nuevas ideologías irían tomando forma. Innumerables maneras de entender, controlar y convivir con su entorno.

Al mismo tiempo, los poderes volvieron su mirada de nuevo hacia el mundo material. Hasta entonces se habían limitado a contemplarlo como algo a lo que proteger, cuando no como una fuente de aliados en su lucha contra el destructor. Pero la amenaza había pasado, al menos temporalmente, y a su regreso encontraron algo distinto a lo que habían contemplado con anterioridad. Apenas encontraron seres con los que relacionarse como iguales como hicieran antaño. Aquel mundo era un lugar distinto. Había cambiado y se dieron cuenta de que también lo habían hecho ellos.
Durante mucho tiempo contemplaron aquel lugar con nuevos ojos. Lo que sucedía sobre su superficie les resultaba extraño e incomprensible. Como consecuencia de aquella curiosidad y su necesidad por saciarla nacerían nuevos seres. Nuevos aspectos de ellos mismos, nuevos “dioses” que existirían a medio camino entre el nivel conceptual y el material, ayudándoles a comprender aquella nueva realidad. Entes comprensibles para los sentidos y las mentes de los hombres.

Los hombres reaccionarían de distintas maneras ante aquellas criaturas. Unos los recibirían como sus salvadores y otros los rechazarían. Algunos pueblos serían esclavizados por ellos y otros los acogerían como sus hijos y hermanos. Habría quien los ignorase y quien luchasen contra ellos.

Había llegado el momento en el que la humanidad, la nueva humanidad, debía comenzar a madurar. De salir de la sombra de sus mayores y elegir su propio camino. Pero los mecanismos de decisión de los hombres estaban abotargados, entumecidos por la falta de uso. En lugar de tratar de crear un nuevo camino, trataron de emular a sus predecesores repitiendo sus errores.
De esta manera, sus elecciones les conducirían por la senda marcada por el enemigo: La ruta hacia la destrucción y el olvido. Sus elecciones les conduciría hacia su propia condena.

Iniciando el tercer ciclo

El mundo bullía con nuevas ideas. Con una sucesión de descubrimientos que parecía no tener fin. En cada uno de los rincones del continente se daba forma a nuevos conceptos o se redefinían los ya conocidos.
Los nuevos dioses se aparecían en los sueños de aquellos más afines a sus esencias, unos mediante la inspiración, otros mediante el sometimiento. Unos guiando los pasos de sus aliados hacia un ideal común, otros dominando a los sumisos hacia un mundo de indefensión y determinismo.
Como un ciclo que parecía repetirse una y otra vez de manera inexorable, la sombra del destructor comenzaba a cubrir de nuevo el mundo desde su prisión.
Las ideas se tomaban como verdades absolutas. Demasiadas verdades distintas y contrarias. Verdades opuestas condenadas a colisionar. La arrogancia de los portadores de verdades sería el motor de las nuevas guerras y sus ideas la excusa.
Pero aquel mundo, pese a ser más pequeño, no contaba con la comunicación de las anteriores épocas. Los mensajes de los profetas no llegaban más allá de donde alcanzaban sus pies. Ya no había grandes señores, sino pequeños gobernantes con pequeñas ideas, cuyos reinos duraban tanto como sus vidas. Lideres cuyo poder estaba basado en la cantidad de sus ejércitos y no en la convicción en sus palabras.
Los profetas recorrían el mundo esparciendo sus mensajes y negando los de los demás. Tratando de imponer en lugar de exponer. Pocos eran los que lograban que su mensaje perdurase. Las ideologías se propagaban y mutaban adaptándose a la audiencia. Moldeando el mundo mientras eran moldeadas por él. E imitando a sus fieles, los dioses cambiaban buscando su lugar en aquel mundo en perpetuo movimiento.

En aquellos días también surgió un profeta que sería ignorado por sus contemporáneos: Ýlar de Jomsul.
Ýlar era un hombre desplazado. No encajaba en su familia, en su país ni en su tiempo. Por sus venas corría de manera muy diluida la esencia de la tejedora y, sería gracias a esto que fue capaz de ver más allá del tiempo. Compartiendo la condena de su familia, contemplaría el final de todas las cosas: El Gutrukage.
Durante su tiempo en vida trató de advertir a quienes le rodeaban sobre lo que se avecinaba. De impedir los pasos que conducirían a la humanidad hacia su inevitable final. La humanidad, tal como había sido conocida, había muerto en dos ocasiones. Había comenzado el tercer ciclo, y el supo que no habría un cuarto.
Nunca se rindió, pese a saber que no estaba en su mano el evitarlo. Buscando al concilio de los inmortales, tratando de encontrar algún hijo del pacto sin saber como hacerlo, luchando por evitar los momentos cruciales. Fracasando hasta que le llegó la muerte a manos de aquellos que trataba de salvar.
Sólo tras su final comenzarían a propagarse su profecía y su misión. Pero pocos eran aquellos capaces de aceptarla, pues en ella no había salvadores ni esperanza. Tras el final del tercer ciclo no llegaría un nuevo renacimiento de la humanidad. No quedarían dioses ni poderes a los que rezar o temer.
No quedaría nada.

Crónica de los reinos breves

Durante siglos los pequeños reinos tratarían de imponer su visión sobre la de sus vecinos, pero las fuerzas estaban muy igualadas. Raro era el país cuya existencia se prolongaban más allá de la tercera generación de sus fundadores, sin que se llegasen a crear identidades o culturas propias.
El comercio desapareció casi por completo y las vías que comunicaban el continente serían destruidas por aquellos que temían las invasiones que se encontraban tras sus fronteras, en un vano intento por frenar a los ejércitos enemigos.

Pero no todo serían luchas vanas por el poder. También se alzarían quienes tratasen de unificar de nuevo el continente bajo sus idearios utópicos.
Gente como Tayanu de Dansalón, devoto de Karnrath, que buscaría el establecimiento de una relación de simbiosis y reciprocidad entre los hombres y los aspectos de los poderes.
Gente como Veshiqtoal de Lairenshul, líder de la escuela de pensamientos de los Sailani, quien promulgaría la superioridad intelectual y moral de los hombres sobre la de los dioses.
Hombres como Tyernhöl de Naialtyr y sus compañeros, los discípulos de la orden de Belernath. En sus escrituras se leía una máxima, un mantra que guiaba sus caminos: Desconfía de los inmortales, pues en sus objetivos no eres sino un peón.
Dayr, el emperador filósofo, partiría de su Dagnur natal con poco más que sus ropas. Con el poder de su voz y su convicción conquistaría sin derramamiento de sangre Mondalar, Hoarnrath, Dalaisus y Lyarn. A su muerte sus cinco hijos tratarían de mantener el legado de su padre, pero carecían de su determinación y voluntad, por lo que terminarían siendo asesinados por aquellos en quienes confiaban y habían delegado su poder.
Kirgliath de Orsirea dominaría muchas artes, pintura y poesía, música y escultura. El de la guerra sería aquel en el que menos versado se consideraba y ni siquiera en él tendría rival. En sus conquistas dejaría proyectos de increíble belleza que no llegarían a ser finalizados tras su fallecimiento repentino debido a una enfermedad.

En el lejano éste se encontraría el único imperio que perdura en la actualidad, el de la isla de Mashulan. Como resultado del desposamiento de Betsuteki Sekai Densichi, de la estirpe de Aramato y Mei Xing con Sunotage Mitsuru, guardiana de la esencia inmortal de Korián se daría a luz al imperio. Se unificarían las provincias en permanente conflicto y todos se arrodillarían ante el primer emperador tras la partida de los ailanu.
Durante doscientos años gobernaría trayendo una longeva paz a su pueblo, para terminar siendo asesinado por Yatsukuge, su hijo. Aquel dios emperador loco gobernaría la isla durante casi dos mil años destruyendo todo lo que había construido su padre, y exiliando al continente a la etnia de los shizune y cerrando el acceso a la isla.

Tan abruptamente como comenzase, terminaría esta cuarta edad. El legado que dejase a sus descendientes sería la definición de los axiomas que gobernarían su realidad.
Con las desesperadas hordas bárbaras de Hoark Vanshú Meneter, desde las islas Balein llegaría una fuerza casi imparable que daría su forma definitiva durante mucho tiempo al mundo. Los señores del mar conquistarían todo lo que les aguardaba en el continente, dando comienzo a una nueva era.