¿Qué es Daegon?

Mar, 06/11/2013 - 14:04 - daegon_v002 ©daegon_v002

Buena pregunta. Una que no tiene una respuesta sencilla.
Porque Daegon son muchas cosas. Tantas como soy capaz de comprender, analizar y tratar de plasmar por escrito. Algo con lo que pretendo extender y abarcar a todos los géneros, temáticas y medios de creación y difusión que han hecho de mi vida algo más interesante.

Daegon es un proyecto que me ha acompañado durante más de la mitad de mi vida. Algo que comenzó como un simple pasatiempo para pasar a convertirse en algo más, en una construcción que ha ido evolucionando conmigo. Un lugar al que regresar. Un terreno fértil en el que sembrar ideas nuevas y viejas para ver en qué se convierten. Una inquietud constante que empezó como algo muy distinto de lo que es a día de hoy. Que ha ido cambiando y madurando a la par que lo hacía yo. Que se ha visto alimentada, transformada e influenciada con cada nuevo descubrimiento, cada nueva lectura y cada nueva experiencia que he vivido.

Por otro lado, Daegon también es herramienta mediante la que he tratado de desarrollar mis capacidades como narrador y elucubrador de conceptos. Como arquitecto de historias y demiurgo en busca de universos coherentes.
Daegon es la manera en la que he intentado explicar cómo entiendo la metafísica y la mitología, la épica y el drama, la fantasía, la ciencia ficción y el terror.

Una vez confesado esto, huelga decir que Daegon no es algo original. Hubo un momento en el que quise que lo fuera. En el que esa fue mi prioridad. Pero esto fue antes de darme cuenta de que aquel objetivo, no sólo era imposible, sino que tampoco era lo que realmente debía buscar.
Porque no importa lo que yo quiero que sea Daegon, sino lo que he sido capaz de lograr.

Así pues, voy a cambiar la pregunta:
¿Qué quiero que sea Daegon? ¿Qué es lo que “debería” ser Daegon?

Quiero que sea divertido e interesante. Quiero que sea dramático y épico. Quiero que sea complejo pero accesible. Lleno de detalles y matices sin que estos limiten la creatividad de quien pretenda usarlo. Quiero que sea un mundo que se sienta vivo, un lugar del que se quiera saber aún más de lo que he escrito. Quiero que despierte en los demás las mismas emociones que me han transmitido a mi todas las obras que me han impactado de alguna manera.
Si bien es cierto que no se trata de una obra original, esto no implica que no pretenda aporta nada con ella. Sí que aspiro a que sea única. A que el volcar en su creación mis inquietudes e intereses llegue a dar como resultado algo más que una mera copia. Algo que, por más que ha cambiado a lo largo de los años, sea coherente y personal en su conjunto.

Fácil de decir, aunque en mi mano está sólo está la capacidad de intentarlo. El decidir si lo he logrado o no recae completamente sobre la del lector.

Más allá de todo esto, Daegon es una palabra. Un nombre para ser más exactos.

Fue el nombre de una entidad que tomó una serie de elecciones a lo largo de su vida.
Eligió convertirse en una mujer humana. Eligió y fue capaz de ver más allá del dolor y las apariencias, de elegir el dialogo en tiempos de guerra, de optar por lo imposible para proteger a toda la existencia, triunfando allí donde la esperanza había desaparecido. Y aquella elección le costó la vida.

En el presente de la realidad por la que se sacrificó Daegon, este nombre no es sino el atributo de un lugar, de un mundo, de un cuerpo celeste que orbita en un universo y una realidad distintas a la nuestra. Un mundo en cuyo interior muy pocos recuerdan de dónde proviene su nombre.

En los textos en los que se describe esta realidad no sólo se habla del ámbito material en el que se mueven los jugadores, sino que la propia metafísica que gobierna el universo está muy presente.
Tal y como se va planteando la historia, lo hace a tres niveles, en tres escalas de poder muy diferentes.

Por un lado está el nivel conceptual. El no-lugar que conforman las entidades gobiernan la misma realidad y que, en gran medida, son ajenas a la misma existencia de la humanidad. Porque los conceptos son importantes, igual que los matices son relevantes.
El universo funciona basado en una serie de axiomas, una serie de leyes y mecánicas que lo gobiernan todo, pero estas leyes no son inmutables, sino que han sido alteradas, generalmente de manera inconsciente, a través de las acciones de diferentes componentes de la humanidad.

Por otro lado se encuentran los inmortales. Criaturas de diversa índole, conocimiento y poder que acostumbran a actuar a un nivel global. Su origen es diverso y su número escaso. Algunos de ellos nacieron como mortales, mientras que otros son entidades ajenas a la humanidad que han adquirido una consciencia similar a la de los habitantes de Daegon. Algunos de ellos obtuvieron este estatus de manera voluntaria, mientras que otros se vieron arrastrados hasta él.
De cara a gran parte de estas entidades, las características que los diferencian de la humanidad son irrelevantes, detalles menores que no anulan sus similitudes. Por más que su su ámbito de acción acostumbre a ser muy diferente, este no es un motivo de distanciamiento para gran parte de ellos, quienes conviven y se relacionan con la humanidad como uno más.
Por otro lado, para una parte de ellos, no sólo estas diferencias resultan insalvables, sino que la misma vida les resulta una carga. Porque no todos los inmortales lo son de forma voluntaria. Para algunos de ellos esta condición es una condena de la que no son capaces de escapar, una imposición, una carga que sólo desaparecerá con la llegada de la nada.

Para cualquiera de estos dos bandos sus objetivos principales acostumbran a abarcar largos periodos de tiempo y no se limita a un único país, continente o nivel de existencia.

Y, finalmente, se encuentra la humanidad en sí misma. El grupo al que pertenecen los personajes de los jugadores. La humanidad que no es sino una mera consecuencia accidental de la unión de diversos conceptos. Una casualidad en apariencia irrelevante para el devenir de la misma historia. Una grupo disperso por todos los niveles de la realidad en cuyo seno se encuentra la clave para determinar su propio destino, el de los inmortales y el de los mismos conceptos. El poder de cambiar la historia, el poder de crear nuevos conceptos e influir o alterarlos s los ya existentes . El poder de crear un nuevo futuro.

Regresando al nivel conceptual, en la realidad a la que pertenece Daegon no existe el destino. No existe ninguna entidad consciente capaz de forzar o alterar los eventos a su conveniencia o capricho. Aún así, diversas entidades y conceptos que se encuentran contenidos dentro del tiempo son capaces de contemplar toda su extensión.
Porque, siguiendo en con los axiomas que gobiernan a este nivel conceptual, el tiempo es una entidad finita. Un concepto que, como todo aquello que tiene un inicio, está condenado a terminar y desvanecerse.
Por más que, ante los ojos de la humanidad, pasado, presente y futuro sólo sean conceptos relativos al observador, ante la mirada del mismo tiempo, cada acción llevada a cabo no es sino una parte consolidada de su propio ser. Algo tan inalterable como inevitable.
Y, a pesar de este hecho, esta no deja de ser una verdad parcial. El punto de vista influye, esa abstracción llamada futuro no es un constructo absoluto y estático. El tiempo es finito, pero no inmutable.
El futuro puede ser contemplado, si bien es cierto que, más allá de los conceptos, pocos de quienes se hayan bajo el influjo del tiempo son capaces llevar a cabo tal actividad, la improbabilidad no implica imposibilidad. Aunque no un futuro impuesto o escrito, sino un futuro forjado a partir de las elecciones de cada uno de quienes se encuentran bajo el amparo de esta entidad.

Moviéndonos aún dentro del terreno de lo excepcional, si bien todos los habitantes y conceptos de Daegon se encuentran bajo el amparo del tiempo, dentro de este axioma existe un pequeño matiz: los llamados Kayane Mashur. Seres cuya naturaleza anómala les convierte en un mito casi imposible de demostrar. Entidades que independientemente de encontrarse dentro de este amparo, no se encuentren bajo su influjo. Elecciones y consecuencias que, ante los ojos del tiempo o los eventos consolidados en su ser, no existen.

Porque hubo un antes. Un antes de Daegon el mundo, un antes de Daegon la mujer, un antes de Daegon la entidad.
Antes de ellos existieron otra serie de decisiones que conformaron la realidad. Otra serie de elecciones de las cuales todos estos Daegon no han sido sino una serie de consecuencia.
Y, antes de aquello, antes del mismo tiempo, existió La Inmensidad, El Todo, el instante eterno que precedió al comienzo. Avjaal.

Érase ninguna vez el Todo.
Érase todas las veces.
Érase todas las cosas.
Érase un no-momento que los aglutinaba a todos. La ecuación cuyo valor no puede ser medido. Aquel para quien el infinito no era sino una parte minúscula de su ser. Quien fue la suma de toda forma, todo concepto, toda posibilidad y toda emoción. Quien albergó en su seno más de cuanto puede llegar a ser concebido.

Y esta entidad tomó una decisión. La primera de cuantas han sido tomadas. Una decisión compleja. Egoísta como lo son todas, dolorosa como lo son las que realmente importan. Una decisión por la que pagó gustoso el más alto de los precios.

Abandonando todo lo que era, se introdujo en una de entre las infinitas posibilidades que habían formado hasta entonces parte de su ser. Se convirtió en una pequeña parte de aquella posibilidad condenada, quedando con ello ligado a toda la pena, el dolor y la desolación que formaban parte de su naturaleza.
Optó por una realidad por encima de todos los demás, negando con esta decisión la existencia del resto.

Con este acto, renunció a todo lo que había sido, pues desde el exterior, sin formar parte de aquello, no habría sido capaz de salvarla. Podría haberla cambiado pero, con aquella decisión, la habría convertido en otra realidad distinta. Habría dejado de de ser aquella por la que estaba dispuesto a sacrificarlo todo.
Para poder aliviar la carga de quienes allí habitaban, para otorgar el don de la esperanza y la incertidumbre a sus dos hijas condenadas; el tiempo y la vida, se unió a ellas en su condena. Y, de aquella primera elección, de los restos de su antiguo poder que quedaron dispersos a lo largo de esta posibilidad, surgieron y surgirán, ignorantes de su propia naturaleza o poder, los Kayane Mashur.

Y, tal y como había sido contemplado por Avjaal, el tiempo y la vida transcurrieron. Nacieron incontables mundos en los diferentes niveles de realidad y, algunos de ellos, fueron poblados por diferentes entidades. Pero la destrucción también es algo inherente al tiempo. Un aspecto sin el que este concepto carece de sentido, al igual que la vida carece de sentido sin la muerte.
Todo sucedió de aquella manera hasta que el camino de la destrucción se cruzó con el de alguien que no existía en aquella visión; Daegon. Y, en aquel momento, todo cambió. La humanidad, hasta entonces apenas un breve parpadeo ante los ojos del tiempo, sobrevivió convirtiéndose en una pieza clave en los milenios posteriores.

El gran esquema se vio alterado, pero no cambio sustancialmente. El tiempo continuaba siendo finito. Su cuerpo se había visto alterado, pero aquella nueva forma no era mayor que la anterior, sino que, simplemente, se convirtió en algo diferente. El final llegaría igualmente. Un nuevo final, un final distinto y Layga y Sakuradai, las hijas de Avjaal, los aspecto de la vida y el tiempo capaces de interactuar y ser percibidas por la humanidad, seguían siendo conscientes de todas y cada una de las decisiones que llevarían hasta él.

En diversos lugares de esta realidad es donde tendrán lugar y transcurrirán las aventuras de los jugadores.

Ha pasado mucho tiempo desde aquel evento. Millones de años. Daegon es ahora un mundo antiguo, un lugar en el que la humanidad conoció dos edades doradas. La primera de ellas fue abruptamente interrumpida por la llegada de la destrucción, la segunda lo fue por su propia mano.
En ambas se lograron alcanzar altas cotas de conocimiento y civilización, sólo para regresar nuevamente a la barbarie. Mediante distintos acercamientos hacia lo que se extiende más allá de su hogar, la raza humana logró alcanzar y conquistar por dos veces las estrellas y otros niveles de existencia, sólo para que, tras el regreso del oscurantismo, quienes llegaron hasta allí quedasen abandonados a su suerte.

Daegon es un mundo triste y pesimista, pues la suya es una realidad condenada. Mientras los hombres perpetúan sus luchas sobre la superficie del mundo, sedientos de poder, deseosos de imponer sus valores o la defensa de sus ideales, los conceptos que les dieron la vida se encuentran enfrascados en un enfrentamiento muy distinto.
En un nivel de existencia que se encuentra más allá de la comprensión humana, estas entidades han contemplado el rostro de la eternidad y su desaparición en la nada. Para ellos el desenlace de la gran batalla, es un hecho consolidado.
El enemigo, El Destructor, es alguien que se encuentra incluso por encima de ellos. Un axioma sin el que la realidad se desmoronaría. Alguien ante quien nada pueden y que no se detendrá. Una criatura que no desaparecerá mientras la más leve brizna de existencia perdure. Él será el último en desaparecer y, sólo entonces, conocerá la paz. Pero este conocimiento, por más desalentador que pueda ser, no implica que vayan a dejan de luchar. No porque se encuentren atrapados en un ciclo ineludible, sino porque, de no hacerlo, el fin sobrevendría con mayor presteza.

Mientras tanto, los inmortales y sus agentes, junto con aquellos que han logrado romper el velo del tiempo, no desfallecen. Para ellos el transcurrir de las edades es algo fluido y aún por definir. Confían en el don de Avjaal, en esas armas de doble filo que son la esperanza y la incertidumbre.
Ningún augurio o profecía les anima, sólo su determinación. El futuro, ese concepto que algunos son capaces de percibir o experimentar, está claro. No existen anuncios de salvadores o elegidos, nadie espera que el cambio se produzca de manera fortuita, sino que son conscientes de que su única posibilidad se basa en algo que no saben si es un mito. Pero ellos siguen luchando.
Al mismo tiempo, aquellos para los que la inmortalidad es una carga, buscan este misma mito con la esperanza de que este sea capaz de poner fin a sus condenas. Para ellos no importan el coste, cualquier consecuencia es aceptable con tal de obtener su paz.

Porque el hallar a uno de los Kayane Mashur no garantiza nada. El fin de todas las cosas es un hecho, la que puede llegar a ser una incógnita, lo que se puede llegar a ser alterado, son el cómo, el cuándo y el por qué.
Aquellos imbuidos por estos restos del poder de Avjaal acostumbran a carecer de cualquier otro tipo de capacidades especiales. De la misma manera se puede tratar de una piedra en el camino o un insecto, que de un campesino que jamás abandonará sus tierras o un rey. Independientemente de esto, ellos sólo son garantes de la posibilidad de un cambio, pero esto no implica que su sola presencia vaya a desencadenar ninguno.
En otro orden de cosas, de llegar a producirse un efecto mariposa a partir de sus acciones, este se podría decantar en cualquiera de las dos direcciones.

No todos lo que participan en esta batalla perdida son entes eternos y abstractos o inmortales. Los habitantes de Daegon, ya sea de manera intencionada o accidental, también son contendientes en este conflicto desesperado.
Cada acción cuenta, ya venga esta de mortales o entidades atemporales. Sin importar que, en muchos casos no son conscientes de ello, cada individuo ha elegido bando con sus acciones. A lo largo de los siglos la batalla por adelantar el fin de toda la existencia o tratar de retrasarlo no ha cesado.

Así pues, Daegon es una ambientación fatalista, pero no por ello se tienen que ven limitado a esto el tipo de aventuras a desarrollar en ella. No todo tiene que ser épico, grandilocuente, descorazonador o trágico. Hay sitio para mucho más.
Es un mundo repleto de hombres y mujeres de toda condición ignorantes del gran esquema. Gente que lucha porque sabe que es lo correcto... sin importar que tengan la certeza de que no puede triunfar y gente que se mueve sólo por las ansias de poder. Un mundo donde hay lugar para la aventura pura o la intriga a distintos niveles. Un mundo de gente condenada a vivir a la que no le está permitido el descanso, y de héroes cotidianos y amenazas anónimas. De grandes derrotas y pequeñas gestas, de vidas que se apagan envueltas en la gloria y vidas que pasan desapercibidas.

Las aventuras que vivirán los jugadores tendrán lugar en la parte material de este mundo, pero esto no es óbice para que sus acciones y decisiones no lleguen a impactar, o les hagan visitar lo que sucede a una escala mayor. Porque, finalmente y como fue en origen, Daegon es un juego de rol ambientado en esta realidad, y los juegos de rol tratan de eso; de contar historias y tomar decisiones. De abandonar lo cotidiano y arriesgarse. De elegir y vivir con las consecuencias de las mismas o morir a causa de ellas. De cambiar el mundo o precipitarlo hacia su destrucción.