03 - Miedo

03 - Miedo

Por arcanus, 24 Febrero, 2026
Todo cuando es le indica que ha de seguir moviéndose. Que debe mantener la distancia de algo cuya existencia la supera. Huye de algo para lo que no tiene nombre. Huye, pero no desea o se atreve a conocer nada de su perseguidor.

Se miente una y otra vez siendo perfectamente consciente de lo contradictorio de sus argumentos. Sabe que no se aleja de una fuerza que sea incapaz de reconocer o comprender. Sabe que “el enemigo” es un concepto que no se encuentra más allá de su comprensión. No ignora que tanto ella como “los suyos” siempre han sabido que estaba “ahí”. Que han elegido obviar su existencia cada vez que se ha cruzado en su camino. Que siempre han elegido mirar en otra dirección cada vez que se mostraba en la periferia de sus sentidos.

–Maestros del autoengaño –partes en su interior se niegan a reconocer lo certero de la recriminación –. Eso es lo que siempre hemos sido –esas mismas partes fingen estar actuando para ganarse la simpatía de la audiencia, mientras que el resto sienten la verdad en cada palabra como una puñalada–. Motas de polvo cósmico que se creen por encima del resto. Ignorantes que se niegan a reconocerse como tales. “Dadores de nombres”, “Alumbradores de palabras” y “Padres de conceptos”. Por más carencias que podamos tener en ciertos aspectos, hay que reconocer que dentro del campo de arrogarse títulos pomposos siempre nos hemos movido en los puestos más altos.

Se pregunta cómo será recibido el mensaje por sus interlocutores. Todo lo relativo a su nueva naturaleza aún le resulta extraño, y esto despierta en ella sensaciones que no sabe si achacar a la inseguridad, la incomodidad o al mero proceso de adaptación. Partes de ella luchan por inventariar todos los desenlaces posibles mientras que otras tratan de aferrarse a la esperanza de que todo saldrá bien. Porque... ¿qué puede ir mal? ¿Que puede pasar...?

Detiene ahí el tren de pensamientos. Mejor no tentar la llegada de quien sabe que está al acecho. “El adversario”, la fuerza que le ha hecho venir hasta aquí, anda cerca. Lo sabe.
Esta fuerza les ha acompañado desde su nacimiento. Ella y los suyos han visto las consecuencias de su presencia en multitud de ocasiones. Han percibido su estela impregnando a una cantidad incontable de seres. Han estudiado la manera en la que afectaba a conceptos “inferiores”. Cuando creían que era algo que únicamente afectaba a “los demás”. Cuando elegían centrarse en aspectos parciales de este concepto. Cuando no tenían duda alguna de que la jerarquía de la realidad empezaba y finalizaba con ellos.

Según avanza en su discurso, el ánimo le va fallando ante la falta de respuesta de sus interlocutores.
Silencio en todo el espectro comprensible. Esto es lo único que recibe su mensaje. Ruido y estática sin información discernible. Un resultado que no tarda en despertar nuevas dudas. Cuestiones relativas a temas que ha dado por sentadas desde que tomó la decisión de venir.

–Estáis ahí, ¿verdad? –la duda va tomando forma en sus procesos– No estoy hablando sola –unos procesos que le llevan a valorar la posibilidad de que su asunción inicial puede haber sido errónea.

La idea le asalta de una manera casi violenta, pero va ganando peso a pasos agigantados. A fin de cuentas, hace milenios de su último intento por comunicarse con algo que no fuese “uno de los suyos”. Si, tal y como creía inicialmente, está en presencia de los “neo-humanos” o “humanos de tercera generación”, ¿por qué sigue sin obtener ninguna respuesta a sus mensajes? Por otro lado, también puede haber encontrado a quienes buscaba, pero las diferencias que los separan sean tan abismales que no se pueda establecerse un canal de en ninguno de los dos sentidos.

Cada nuevo repaso a la información de la que dispone hace más evidente la última de estas posibilidades. ¿Con qué ha estado tratando de comunicarse? ¿En qué se ha equivocado? ¿Qué ha de buscar?

A fin de cuentas, lo único que sabe es que antaño fueron “humanos” y ahora son “otra cosa”. Los datos que ha logrado recopilar antes de venir eran muy escasos. Limitados en tiempo, espacio y contexto. Se limitan a los tiempos en los que compartían el plano mental de comunicaciones. A los planes de futuro que hicieron y compartieron antes de iniciar su viaje. Nada que le pudiese preparar de manera precisa para lo que pueda esperar encontrarse.
No tiene ni idea acerca de si por estos lares existen otras entidades que pueda haber confundido con las que busca. Siempre ha trabajado sobre un supuesto preconcebido. Sobre un único resultado posible. Ha cambiado para poder interactuar con lo que esperaba encontrar, y la existencia material está resultando ser mucho más compleja de lo que había anticipado. La direccionalidad es algo que le resulta demasiado ajeno. La escala a la que se mueve, algo irrisorio. Lo limitado del espectro que es capaz de percibir, un reto. La diversidad de lo concreto, un absurdo.

Necesita empezar de nuevo, pero no sabe por dónde ha de hacerlo. Está demasiado cansada. Demasiado lejos de lo que conoce. Todo cuando ha hecho desde que tomó la decisión de buscarles se ha construido a partir de información parcial. En base a las múltiples ideas difusas que aún permanecen de su existencia recorriendo el plano mental. Por una idea que no logra comprender. Una idea que muchos de los suyos consideran aberrante.

Así pues, ¿qué ha de esperar? ¿Qué pueden ser realmente esos “neo-humanos” sobre los que todos en su círculo más próximo llevan milenios evitando hablar? ¿Cuántos de ellos puede haber? ¿Cuántas formas y naturalezas diferentes han podido adoptar desde que les dejaron? ¿Quién ha tratado de comunicarse con ellos realmente? ¿Quién lo ha logrado? ¿Existe realmente esa nueva-nueva humanidad, o todo ha sido un ejercicio de ficción de alguien que se cree muy gracioso y ocurrente?

Las preguntas llegan súbitamente como si tratasen de agredirla. Se agolpan en sus pensamientos sepultando cualquier certidumbre que pudiese haber generado a lo largo de su existencia. Amenazando a su misma concepción de la realidad. A su misma cordura. Demasiadas preguntas como para poder aspirar a responderlas. Demasiadas para las que ni siquiera sabe dónde empezar a buscar una respuesta. Dudas que le llevan a plantearse la posibilidad de abandonar. Tiene claro que esto no solucionaría su problema pero ¿qué alternativa le queda?

–No.

No ha llegado hasta aquí para rendirse ahora. No lo ha hecho por aburrimiento o porque tenga una especial curiosidad por saber en qué se han podido convertir aquellos a quienes un día consideró de “los suyos”. Lo ha hecho porque quienes hoy reciben ese apelativo no han sido capaz de ayudarla. Porque se ha quedado sin opciones.

Una vez que ha logrado recomponerse, llega el momento de tomar decisiones de nuevo. El momento de regresar hasta algún territorio en el que sea capaz de moverse con mayor confianza. Necesita estar en un contexto con cuyo funcionamiento esté más familiarizada para retomar la búsqueda desde allí. Abandonar su componente material y alejarse de la precisión de lo concreto.
Regresa hasta un estado que le permita recuperar el acceso hasta sus sentidos nativos, pero tratando de mantener una distancia prudencial del ámbito de acción de su perseguidor. Ser capaz de ubicarse dentro de un entorno en el que pueda filtrar de manera fiable las diferentes señales que pueblan esta porción del todo. Quizás no sepa muy bien qué buscar pero, al menos, sabe que desde aquí podrá fiarse de las conclusiones que saque.

–Muy bien, ¿por dónde empezamos?

Hablar sola no es una buena señal. Lo sabe, igual que ahora es consciente de que lo ha estado haciendo desde el principio. Un hecho del que desde su perspectiva nativa le resulta mucho más evidente. Los pensamientos fluyen de otra manera. Las ideas toman forma y sustancia. Ha de parar, porque estas rumiaciones son la antesala para...

Desconecta esa porción de su ser mientras trata de recordar alguno de los acercamientos que aún no ha probado. Lo que busca es algo “diferente”. Son “otra cosa”. Muy bien. De acuerdo. Las diferencias no dejan de ser barreras. Una serie de fronteras que pueden ser identificadas, analizadas y superadas. Hasta llegar aquí pensaba que la primera de ellas que debería superar sería la de la comunicación, pero ahora es consciente de que ha pecado de optimista. Para poder comunicarse con ellos primero has de ser capaz de reconocerles. Algo que había dado por supuesto que sería sencillo de llevar a cabo pero. Si estaba tan equivocada a un nivel tan básico, el llegar a entenderles puede ser reto más allá de sus capacidades.

–Tranquila. Recuerda, paso a paso. Prueba y error –en su mente se produce un solapamiento de soliloquios–. Tiempo, iteraciones y paciencia –las conversaciones que tienen lugar a ese nivel se mezclan con las recriminaciones por el fracaso de su primera intentona–. Esta tiene que ser la definitiva.

A duras penas logra segmentar las partes de su interior que luchan por hacerse con el control y aislar los pensamientos intrusivos para poder centrarse en los que pueden resultarle de utilidad. Una vez más, expande sus sentidos para abarcar la totalidad de esta galaxia y otras adyacentes. Primero lo primero. La búsqueda de “algo” que pueda interpretar como post-humano. Como algo que no sea tan...

–Todo es tan pequeño... tan insignificante.

El cambio en su estado es súbito e inesperado. El adversario la ha encontrado. Se ve superada por la sensación de que jamás será capaz de encontrar a nadie que la entienda. Por la certeza de que no puede triunfar. De ser únicamente un mal chiste consumido por la insignificancia de su propia existencia. Una parte de ella se prepara con intención de luchar. De resistirse. Pero no tarda en verse anulada. Cambia de idea sin dar tiempo a que ese pensamiento termine de ser formulado. No tiene sentido el darle más vueltas. Sabe perfectamente que no va a cambiar nada con respecto a las últimas ocasiones. Entre otras muchas, esa es una de las razones que le han llevado a venir hasta aquí. Trata de revestir de sarcasmo, burla y desafío cada pensamiento y cada sensación de fracaso, pero no puede evitar que la resignación se apodere de ella. Resignación, un concepto de cuño reciente del que hace un uso mucho más frecuente de lo que le gustaría. Está harta. Demasiado cansada para someterse a esto otra vez. Demasiado indefensa como para hacer cualquier otra cosa que no sea huir. Se adentra en la oscuridad. En los territorios de la incertidumbre y el dolor. Atraviesa capas y capas de pliegues y grietas axiomáticas que la ponen a prueba y la hieren. Lo hace hasta que su mente se apaga y, mientras colapsa, recibe con una calurosa bienvenida al silencio y la quietud.

–––––––––––––––––––

Despierta, o al menos eso parece sugerirle la información sensorial que le llega. Una información empañada por la extrañeza. Recibe señales que no sabe interpretar. Los receptores que la canalizan le resultan ajenos a su mente a la hora de tratar de procesarla o decodificarla. Estos no son sus sentidos. Se siente extraña de nuevas maneras. No de la manera en la que se encontraba en su primera experiencia dentro del plano de lo concreto. No como lo hace mientras habita los territorios oníricos. Su mente vuelve a estar activa, de eso no le cabe duda, pero no es capaz de reconocer dónde está. Tampoco es capaz de localizar a gran parte de los componentes que forman parte de su mismo ser.

Frente a ella (extrañamente, el de la direccionalidad le resulta ahora un concepto más afín) hay... “cosas”. Cosas que... ¿se mueven?. Cosas que interactúan con diferentes frecuencias y armónicos que llegan hasta... ¿hasta dónde? ¿A través de qué sentidos están interactuando con ella?

Sea como fuere, lo que sí que es capaz de percibir es una cierta familiaridad en los patrones que se le muestran. La información que se ve capaz de procesar en muy limitada pero, poco a poco, parece que sus procesos van reconociendo una cierta cadencia. Algo en su interior la transforma en impulsos que pueden ser interpretados por sus procesos racionales.

–Parece que está volviendo.

El mensaje le resulta muy claro. No sabe que partes de su nuevo ser han efectuado la traducción, pero sí que sabe que la información ha llegado hasta sus procesos mentales sin pasar por los canales habituales. Aunque no sabe si el mensaje va dirigido hacia ella, esto no hace que deje de agradecerlo.

–Sí, diría que ha saldo del colapso, pero no responde a nuestra presencia. Por el momento no parece capaz de procesar la información sensorial.
–Es un cuerpo nuevo. Ya sabes lo lento que es el proceso, sobre todo con el primero. Estas cosas hay que tomárselas con calma.

Esta nueva ráfaga le resulta más confusa. La información casi parece evitarla. Está repleta de elementos implícitos que no es capaz de identificar. Activa mecanismos de traducción que, pese a devolver mensajes incomprensibles, llevan con ellos un contexto con el que casi puede sintonizar.

–¿Qué crees que trataba de hacer allí?
–¿Cómo quieres que lo sepa? Supongo que será algún experimento. En su día nosotros también solíamos hacer cosas que hoy me resultan del todo arbitrarias. Cuando trato de llevar mi mente hasta aquellos días no tengo ni idea de qué era lo que buscábamos la mayor parte de las veces.
–No recuerdo que en nuestros días más locos nos fundiésemos con una estrella y nos dedicásemos a lanzar pulsos aleatorios en todas direcciones.
–Oh, hicimos cosas mucho más rebuscadas. ¿Te has olvidado de lo de Koybult?
–Apenas lo recuerdo.
–Yo desearía no hacerlo.
–Sigue sin estar entre nosotros. ¿Puede haber sufrido algún daño adicional con el colapso que se nos haya escapado?.
–Ni la señal ni la traza nos sirven de nada. Ha podido ser cosa de agotamiento, éxtasis, ansiedad, pánico, una mezcla de todas, o cualquier otra cosa que ya seamos incapaces de concebir.
–Somos incapaces... salvo que volvamos a ser lo que fuimos.
–Eso es algo imposible a día de hoy. Podemos abandonar nuestros cuerpos, pero cualquier cosa en la que mutemos estará muy lejos de aquello.

Lentamente va siendo capaz de identificar esta señal como una conversación. Como un intercambio de mensajes entre dos conceptos poseedores de algún tipo de inteligencia. Como un flujo de información coherente que llega hasta sus receptores de manera constante y estable.
Estos descubrimientos sirven para despertar en su mente sensaciones que la llenan de alivio, nuevas dudas y fascinación a partes iguales. Su parte más fatalista se resiste a creer que los emisores de estos mensajes sean los neo-humanos que busca. Aun así, el hecho de encontrar dentro del flujo de información elementos extrañamente familiares, mezclados con otros totalmente desconocidos, despiertan en ella otras partes que le llevan a permitirse el lujo de albergar alguna esperanza. Quizás alguno de ellos es quien la ha encontrado a ella. No conoce las palabras, los conceptos o el canal a través del que son emitidas. No sabe qué se pretende acotar con ellas... pero hay algo que sí que es capaz de identificar. Algo en su composición y en la manera en la que resuena en sus procesos. Algo que le evoca en ella una intimidad que solo ha conocido entre los suyos. Trata de articular un mensaje que se adapte a los parámetros que ha identificado, pero no es capaz de alcanzar los mecanismos necesarios para hacerlo dentro de lo que es.

–Yo diría que está consciente, pero sigue sin reaccionar a los estímulos sensoriales.
–¿Las conexiones de los ojos están bien?
–Claro que están bien, lo que pasa es que su mente aún sigue sin ser capaz de filtrar y procesar esa información.
–¿Probamos empática y supralínea? Seguramente le resultarán más naturales.
–A los que les resultará raro será a nosotros. Dejémosle un poco más de tiempo.

La charla continúa como si ella no estuviese presente. Una y otra vez reitera sus intentos por comunicarse con ellos sin éxito. Está encerrada en un armazón que no conoce o comprende pero, para su sorpresa, no siente incomodidad, solo extrañeza. Lo que le inspira esto es una inesperada sensación de seguridad. No es capaz de recordar cuándo fue la última vez que se sitió tan protegida como en este momento. La carencia de casi de cualquier tipo de estímulo sensorial le resulta una experiencia de lo más reconfortante. Le permite concentrarse en lo poco que percibe. En el sutil flujo de información y patrones que hasta ahora le resultaban desconocidos. Impulsos que siempre había considerado irrelevantes que ahora le van descubriendo nuevos matices de cuanto la rodea.

–Fascinante.

Siente un nuevo ramalazo de extrañeza cuyo origen desconoce. Este pensamiento ha seguido caminos cuyos flujos desconoce. Ni siquiera es capaz de identificar si se ha tratado de un pensamiento o de un mensaje transmitido más allá de su mente.

–Bienvenida.

La respuesta le llega por el mismo canal que el resto de la conversación pero, en esta ocasión, lo reconoce como una respuesta. Existe un vínculo que es capaz de percibir con claridad entre él y su expresión. Los tiempos continúan resultándole extraños, pero la bidireccionalidad es innegable. Ahora, entre otras muchas preguntas, ha de tratar de averiguar...

–¿Cuánto tiempo ha pasado entre mensaje y respuesta?

No era esa su intención, pero esta vez sí que es capaz de saber que este pensamiento se ha propagado más allá de sus procesos mentales. Más allá de eso, todo lo demás es incertidumbre y especulación. No sabe qué forma ha tomado. Hasta que no han transcurrido unos instantes ni siquiera sabe qué o quién lo ha podido recibir, pero este conocimiento no tarda en llegar hasta ella. Una vez que se consolida, las dudas cambian de contexto. Es capaz de percibir cómo su mensaje ahora forma parte de quienes se encuentran frente a ella, pero desconoce cómo ha podido afectarles o cuál puede ser la interpretación que hagan de él. Los ve interactuar con su contenido, moldearlo tratando de dotarlo de sentido y significado. Percibe las sensaciones que despierta en ellos. Emociones con las que es capaz de verse reflejada y armonizar. Ideas que no es capaz de comprender complementan pero que, aun así, complementan cada uno de sus pensamientos.

–Tranquila, no trates de forzarlo. Terminarás por habituarte. La desorientación inicial es normal. Las cadencias de la comunicación orgánica no se parecen en nada a los del plano mental o a la intraconversación.
–Eres... –más allá de lo extraño de la situación, su mente logra encajar varios patrones dispersos de información–. Eres... Lyg’Andrós –no sabe cómo, pero lo sabe. No tiene ninguna duda de ello.
–Sí.

Es capaz de percibir la sorpresa implícita que acompaña a su respuesta, pero los niveles de significado que la acompañan llevan también implícitos mensajes que no le resultan tan obvios. Según desgrana estos niveles superpuestos, es capaz de adivinar que su interlocutor no es capaz de reconocerla a ella, y que esto añade una capa más de incomodidad a su situación.
–Soy yo, Angorm.

El comentario surge como algo casi automática. Como un acto reflejo. No es hasta que ha terminado de propagarlo que es consciente de lo que ha hecho. De lo extraño que resulta su nombre a través de estos mecanismos de comunicación. Lo diferente que ha sido en cada fase; pensamiento, proyección y percepción de sus propias palabras a través de los mecanismos sensoriales que posee en estos momentos. Encuentra muchos de sus impulsos y gran parte de los conceptos que tiene ante ella completamente “intraducibles” pero, cuando menos trata de centrarse en ellos, más sentido parecen ir teniendo. El mero concepto del “yo” y cuanto abarca lleva implícitas interpretaciones que se le escapan. Realidades físicas que, pese a ser capaz de ubicar dentro del plano teórico, nunca ha experimentado de esta manera. No sabe quién o qué es en este instante pero, sin embargo, lo ha expresado en una lengua que no termina de comprender.

–Vaya, quién te ha visto y quien te ve. Aunque supongo que desde tu punto de vista podrías decir lo mismo sobre mí.
“Visto y ve” le resultan conceptos fascinantes una vez que sus procesos traducen el significado de las expresiones. La vista es un sentido que no posee. No al menos de la manera en la que lo poseen sus interlocutores. Mirada o vista, color o luz siempre han sido para ella matices de fuerzas mayores. Aspectos de la realidad que, irónicamente, ahora se da cuenta de que siempre ha interpretado como detalles irrelevantes y aspectos menores. Esta reflexión involuntaria desencadena en su interior el despertar de algo que desconocía poseer. Le otorga el acceso hasta un sentido del que ha dispuesto desde que ha salido del colapso. Hasta una serie de mecanismos que le permiten traducir de manera instantánea datos que le llevan hasta conclusiones que solo ahora reconoce como obvias. Se da cuenta de que siempre ha sido capaz de “ver”. Todo humano es capaz de hacerlo, pero nunca lo ha hecho dentro de un ámbito tan limitado. Nunca de una manera tan contradictoria, al tiempo que llena de cualidades fractales. Funciona dentro de un rango tan bajo y limitado que le da acceso a componentes de la realidad de los que nunca antes ha sido consciente. Todo esto tiene lugar en un instante. De manera simultanea, los impulsos que recorren otras partes de esta nueva anatomía llegan hasta su mente y se van solapando y ordenando.

Tiene preguntas. Miles de ellas, pero no desea que lo que le sucede trascienda más allá de sus procesos cognitivos privados. No quiere que sea percibido por quienes se encuentran frente a ella. Aún no. No mientras no es capaz de expresarlo de una manera adecuada ante ellos. Pero no es capaz de controlar la sensación de urgencia. Su perseguidor está cerca.

–No te preocupes y tómate tu tiempo –algo implícito en este mensaje del acompañante de Ly’Andrós le indica que parte de sus dudas están siendo percibidas–. No hay prisa.
–¿Le conozco?
–No –no pretendía emitir la pregunta, pero parece claro que su control sobre sus procesos internos sigue siendo escaso–. Hasta el día de hoy no hemos coincidido. Soy Hyern.
–¿Cuánto de lo que siento he expresado? ¿Cuánto ha llegado hasta vosotros?

Una vez más, estos comentarios salen de una manera casi intuitiva. Como un resorte automático que le hace proferir expresiones que incluso a ella le resultan extrañas.

–Parece que los mapeos sensoriales empiezan a consolidarse.

Pese a recibirlo con claridad, algo en el intralenguaje de Hyern le hace pensar que el comentario no va dirigido hacia ella. Al menos no en exclusiva. Aun así, no recibe esta información como algo negativo sino como una agradable sorpresa. Por primera vez es capaz de identificar un conjunto de señales que antes confundía con mero ruido. No es mucho, pero sí lo suficiente como para que una pieza más termine de encajar en su interior. Ha sido capaz de procesar una pequeña parte de esa información que hasta ahora la eludía. Ahora no solo “ve” y “escucha”, sino que también es consciente de la existencia de los mecanismos que hacen funcionar estos sentidos y de interactuar con ellos. No solo esto, sino que también es capaz de interpretar una pequeña parte de los matices adicionales entrelazados con la información.
La sensación de confort que le generan estos descubrimientos se propaga casi de manera instantánea por todo su nuevo ser. Provoca en ella un leve espasmo al que no se resiste. Uno que logra que asome en su rostro una sonrisa. Este es un gesto de cuya existencia o significado no es plenamente consciente, pero que parece armonizar y verse reflejado de alguna manera con sus interlocutores.

–Comunicación no proyectada en alto rango e indicios de lenguaje no verbal. Parece que vamos por el buen camino.

Aun sin terminar de obtener una visión completa de la totalidad de cuanto sucede a su alrededor, las conexiones que tienen lugar en su interior llegan cada vez con mayor velocidad. Con ellas, de manera un poco más lenta, llega también la comprensión. Una serie de nuevos descubrimientos que generan emociones largo tiempo olvidadas y le llevan a entrar en un bucle de retroalimentación de lo más agradable. No recuerda haber sentido nunca nada parecido. Se siente relajada y feliz por primera vez desde...
¿Desde cuándo?

La sensación llega de manera súbita. Vuelve a sentir la presencia de su adversario en las inmediaciones. El efecto de su cercanía parece verse mitigado por algo que no es capaz de concretar, pero aun así sabe que está “ahí”. Sus acompañantes no parecen ser consciente de ello, pero a ella no le cabe duda. Lentamente, las consecuencias de su cercanía no tardan en dejarse ver en sus funciones corporales. Los espasmos legan de manera igualmente abrupta. Síntomas que sacuden todos los aspectos de su esencia y que arrancan un grito desgarrador que es proyectado por cada uno de sus órganos emisores.

–Algo va mal –Hyern es el primero que parece ser consciente de lo que le sucede.
–Sí. Un ataque de pánico. Supongo que ya tenemos la respuesta a nuestra primera pregunta.
–No tiene gracia,
–Lo sé, pero eso no lo hace menos cierto.

“Pánico”. Una vez más, ese concepto cuyo significado desconoce es usado para referirse a ella. Pero esto no es lo que le resulta más incomprensible. Lo que no termina de entender es la razón por la que, tanto la primera ocasión en la que se ha vinculado esta idea con ella, como esta, ha resonado de una manera tan poderosa con su estado.

–¿Qué lo ha causado? –la pregunta de Hyern abarca un espectro mucho más amplio que el de su estado–. Todo parecía ir bien hasta hace un momento. No veo lecturas anómalas en ningún espectro próximo –su atención está dividida entre ella y otros aspectos no parecen estar ligados directamente con su persona–. ¿Algún tipo de rechazo de su cuerpo?
–Ni idea, ha dejado de responder, pero no parece en colapso total –por su parte, el mensaje de Lyg’Andrós transmite mucha más urgencia y desorientación que el de su acompañante–. Tampoco veo signos de incompatibilidad.
–Estamos en un espacio controlado y no detecto filtraciones. No debería haber nada que le causase una reacción como esta.
–Igual ya lo tenía dentro y lo hemos pasado por alto.
–De llevarlo dentro, ¿por qué no se ha disparado hasta ahora? Nada ha entrado ni salido de aquí desde que hemos comenzado la intervención.
–Tampoco hemos visto cambios significativos en su naturaleza.
–Lo sé. ¿Qué puede ser lo que le despierta semejante miedo?

Las voces a su alrededor llegan como un rumor apagado, pero algo en ellas genera un súbito espasmo de inesperada lucidez. Uno que recorre todo su ser. Que logra que la presa de su adversario se relaje.
Aún es capaz de sentir su cercanía y contacto, pero algo le ha hecho titubear y retroceder. Ha sustituido la urgencia por huir que le invadía por la necesidad imperante de localizar la causa de este cambio. Sabe que se trata de algo implícito en el subtexto del último mensaje. No sabe qué ha sido exactamente. Si ha sido alguna palabra, una idea o un concepto subyacente. Lo único que sabe es que “eso”, sea lo que sea, ha sido suficiente para cambiarlo todo y recontextualizarlo. Para generar una reacción tan inmediata, brusca y visceral que ha logrado arrastrarla fuera del trance. Aún le queda mucho por comprender, pero finalmente sabe que su viaje hasta aquí y todas sus penurias pueden no han sido en vano.

–Así que eso era todo –Hyern parece ser el primero en dar muestras de comprender los cambios que se han producido en su interior antes de que ella los haya exteriorizado–. No me lo puedo creer. Había olvidado lo obtusos que podíamos llegar a ser.
–Sí, pero eso tampoco habla demasiado bien de nosotros.

Algo resulta obvio ante su mirada. Algo que sabe que está a su alcance pero que aún no logra comprender. Lo que sí que percibe con total claridad es la existencia de varios niveles de crítica insertada en esas palabras. Críticas que no solo van dirigidas a ella, sino que son extensibles a todos los suyos. Una crítica que sabe a todas luces inocente, pero que hace explotar en su interior una rabia que no sabía llevar dentro. Desea gritar y golpearles. Echarles en cara que elijan un momento como este para abrir este debate. Creía haber encontrado a alguien que le ayudaría. A alguien que le entendería, pero...

–Claro que te entendemos –en esta ocasión es Lyg’Andrós es quien se adelanta–. Al menos ahora sí que lo hacemos. Lo que aún no sabemos es cómo podemos ayudarte .

No es consciente de haber exteriorizado nada de lo que sentía, pero esto le demuestra lo poco que puede fiarse de sus propias percepciones. En su interior, la rabia lucha por hacerse con el control, pero ahora sabe que el principal destinatario de esta furia es ella misma.

–¿Lo conocéis? –trata de encontrar algo a lo que aferrarse en sus palabras– ¿Conocéis a mi perseguidor? ¿Sabéis qué busca?

El silencio se apodera de una parte del espectro. Un silencio que no es capaz de ocultar otros mecanismos comunicativos. Tienen respuestas, lo sabe, lo percibe, pero también percibe que no consideran que este sea el momento más adecuado para compartirlas con ella.

–¿Por qué? –la rabia regresa con más intensidad, pero no sabe desde dónde llega ni cómo gestionarla.
–Porque en tu estado actual no te ayudarían.
–¿Y qué estado debo alcanzar para...?
–Ojalá fuese algo tan sencillo. Ojalá…

Silencio de nuevo. Dudas que se propagan a lo largo de los espectros aún inexplorados. Preguntas que se formulan entre ellos a través de canales que puede percibir pero aún no es capaz de procesar.

–Veamos... –tras continuar, Lyg’Andrós se detiene durante un instante que le resulta eterno mientras ve claramente cómo sus procesos internos valoran y descartan miles de posibles acercamientos. Puede ver en esta reticencia señales que indican que hacerlo público puede generar un nuevo colapso por su parte–. ¿Serías capaz de acotar alguno de los aspectos de lo que has estado huyendo?

La respuesta debería ser sencilla, pero no encuentra una, y eso provoca que la rabia crezca aún más. La rabia y… la presencia del adversario. Sigue sin poder identificarlo, pero sabe que está “ahí”, ante todos, aunque “ellos” parezcan no ser capaces de percibirlo. Su interior busca una respuesta rápida de manera urgente. Cree que si la logra podrá romper este ciclo que comienza y regresar hasta el anterior. Necesita esta respuesta por causas que, al igual que le sucede con su enemigo, no es capaz de concretar. Una respuesta rápida que le permita no profundizar en la naturaleza de la pregunta. En todo lo que subyace bajo la superficie del mensaje.
Pero sabe que este impulso inicial es un error. Que ha de ponerle freno. Lograrlo resulta ser una tarea mucho más compleja de lo que anticipaba, pero el detectar esta dificultad anómala solo sirve para que redoble sus esfuerzos. Sabe que continuar con este intercambio de la manera en la que lo habría hecho antes de llegar hasta aquí no logrará que cambie nada. Necesita recuperar el control. Imponerse sobre los actos reflejos hasta que el resto de la información comience a tomar sentido.

Hay algo en las palabras de sus anfitriones que confirma... su mente se bloquea en ese punto. Partes de ella se niegan a valorar las certidumbres que logran intuir en el mensaje. Hacen cuanto pueden para evitarlo, dejando en evidencia una lucha en su interior de la que ni siquiera era consciente. Una que lleva ahí desde mucho antes de que la confinaran en este armazón que la vincula a lo tangible.
¿Qué es lo que está evitando? ¿Qué es lo que confirman?

Lo sabe, pero gran parte de cuanto es se niega a reconocerlo. Confirman lo equivocado de todo cuando ha elegido aceptar. Confirman que no le hacía falta venir hasta aquí para obtener respuestas. Ahora, que puede nombrar conceptos cuya existencia no puede seguir negando, todo resulta mucho más complejo y sencillo al mismo tiempo. Siempre ha sabido quién era su perseguidor. Temores. Las palabras de sus anfitriones confirman sus temores. Un concepto que es capaz de reconocer no solo a través de la memoria de su armazón, de eso que ellos llaman “cuerpo”, sino a través de su propia experiencia vital. Temor. Un aspecto de la incertidumbre que supera cualquier métrica de cuantas ha usado. Uno que se encuentra a una distancia abismal de cualquier escala en la que pueda ubicar aquello de lo que ha estado huyendo.

–Miedo.

El esfuerzo que le supone exteriorizar este concepto le confirma que esta es la identidad de su perseguidor. La tensión que le genera está cerca de quebrarla. De llevarla nuevamente hasta el colapso. Lentamente, mientras utiliza los mecanismos de los que ahora dispone para dar forma y acotar a esta fuerza, cada pensamiento asociado a ella despliega ante su mirada nuevos aspectos de esta idea. Vestigios dispersos de su propio pasado que le llevan a ser consciente de lo selectiva que ha sido su ceguera hasta este momento.

Claro que conoce a su adversario. Le ha visto consumir a otras entidades bajo diferentes formas. Ella y “los suyos” han presenciado su obra en multitud de ocasiones. Una y otra vez han elegido negar lo que tenían ante ellos. Han optado por no arriesgarse en tratar de entenderlo. Hacerlo habría supuesto aceptar la posibilidad de interpretarlo como una amenaza. Pero no podían hacer eso. Y no podían porque el mismo concepto de “amenaza” es uno sobre el que han preferido no profundizar. No fue concebido como algo a lo que puedan verse expuestos. No se les podía aplicar. Ellos están “por encima de todo”. Ideas como esta siempre han sido concebidas y conceptualizadas como temas menores. Ajenos. Como algo asociado a seres “inferiores”. A entidades que, al contrario que “la humanidad”, son incapaces de superar cualquier obstáculo con el que se puedan encontrar.

Comprender todas las falacias, contradicciones y falsedades a las que se ha sometido gustosa y voluntariamente amenaza con desbordarla de nuevo. Aceptarlas es algo que no puede hacer. No. Sabe que se está mintiendo de nuevo. No quiere hacerlo, y es esta negativa la que lo ha desencadenado todo.

–Sí. Miedo –al ser emitida esta idea a través de Lyg’Andrós, parece menos terrible–. Temor. Los grados que puede adquirir son muchos. Sus aspectos algo de lo más variado. La escala en la que funciona inmensa.
–¿Cómo hemos podido estar tan ciegos? Cómo hemos logrado evitarlo durante tanto tiempo cuando es algo que nos ha acompañado desde que nos asomamos a la realidad? ¿Cómo puede ser que nosotros, los “dadores de nombres”, hayamos elegido no “bautizarlo”?
–Oh, ni mucho menos –Hyern toma la palabra en esta ocasión–. Algunos de nosotros ya lo conocimos antes de separarnos de “los otros”. Ya hablábamos sobre él en círculos muy amplios. Pero la negación de la realidad y la sordera selectiva también son algunas de nuestras cualidades más arraigadas.
–Maestros del autoengaño.
–Así es.
–Es una expresión que desde siempre he utilizado para referirme a un grupo al que quería creer que no pertenecía, pero solo ahora me doy cuenta de que ni siquiera sabiendo lo que sé ahora podría haber dado con algo que me describa mejor. Supongo que si no le hemos puesto un nombre en el plano mental es porque, si no aceptábamos que existe dentro de nuestro rango de acción, no podía afectarnos.
–Somos muy buenos en eso. Increíblemente competentes a la hora de mentirnos.
–Me preguntabas si era capaz de acotar de qué huía, y supongo que ahora sí que podría hacerlo. Huía de la aceptación de la misma realidad. De reconocer un hecho innegable.
–En eso también somos muy buenos.
–Huía de todas las respuestas que en algún momento me han resultado incómodas. De reconocer que, aunque no creemos palabras para describir lo que nos rodea, eso no hace que esos conceptos dejen de existir ni nos hace inmunes a ellos.
–Créeme, todos hemos pasado por eso –el mensaje de Hyern, como todos los suyos, ahora se da cuenta, parece buscar una frialdad técnica que no logra sepultar una pelea interna–. Somos absurdamente obstinados cuando buscamos algo, pero lo somos aún más cuando nos negamos a ver lo que tenemos delante.
–Hay algo en tus mensajes que se no termino de ubicar. Una ligereza a la hora de tratar esto que me resulta perturbadora.
–Lo siento, supongo que es la costumbre. El humor muchas veces es un automatismo. Algo que me sirve para relativizar y tratar de poner en contexto las cosas sobre las que necesito reflexionar. No tomarse estas cosas demasiado en serio es lo que me permite afrontaras desde una perspectiva menos desfavorable. Lo que las convierte en algo más llevadero.
–No lo entiendo... Pensaba que esto era algo con lo que ya estabais familiarizados. Asumía que ya no suponía ningún problema para vosotros. Que el... –incluso pensar acerca del concepto le sigue resultando doloroso.
–No. Uno nunca “se habitúa” al miedo. Puede familiarizarse con alguna de las fuentes que se lo ha generado en un momento dado. Puede tratar de prepararse para que no le domine. Puede despejar la incógnita y lograr que ese escenario ya no se lo genere. Pero su potencial y sus formas no tienen límite. La única alternativa que nos queda es la de tratar de encontrar un estado en el que ser capaces de convivir con esta certidumbre.
–¿Esa es la razón por la que os fuisteis? ¿Transformaros en... “esto” fue una manera de enfrentaros a...?
–... quizás. No sabría decírtelo a ciencia cierta. Muy probablemente no fuese la razón principal o, al menos, no creo que lo fuese de manera consciente. De una manera u otra, una vez que echamos la vista atrás vemos que el miedo ha sido un condicionante para gran parte de lo que hemos hecho.
–Me fascina y aterra a partes iguales la facilidad con la que hablas sobre ello.
–Confundes familiaridad con facilidad. Una vez que comprendes y aceptas su existencia, convivir con él lo vuelve todo... diferente.
–Entonces… ¿no hay esperanza?
–La hay, pero no tal y como la concebías antes. La verdad no siempre es halagüeña. La realidad rara vez lo es. No son conceptos que existan para darnos alegrías. No somos tan esenciales para el funcionamiento de cuanto nos rodea.
–Más autoengaños, supongo.
–Sí. Hemos estado millones de años tratando de fingir que “nosotros” somos la vara a partir de la que se crea y mide todo. Fingiendo que ser capaces de percibir algo es lo mismo comprenderlo. Diciéndonos que el hecho de creer que comprendemos algo nos permitía o permitiría controlarlo. Afirmando ser los únicos poseedores de aquellos rasgos de los que nos enorgullecíamos. Podría decir que somos las criaturas más arrogantes de cuantas existen, pero seguramente incluso una afirmación de este calado no tardaría en desvelare como algo falso. Somos... lo que somos. Aunque, si analizo esta frase, también resulta muy imprecisa. Incluso decir “somos lo que hemos sido en cada instante” también sería falaz. Porque nuestra naturaleza no es inmutable. Porque somos la suma de las vivencias y situaciones que hemos experimentado. Porque somos el resultado de lo que nos han llevado a ser cuanto ha sucedido a nuestro alrededor.

Escucha cada una de estas palabras luchando contra las sensaciones que despiertan en ella. Rebelándose contra las verdades de las que ha tratado de mantener alejada desde hace tanto tiempo. El impulso de de huir crece con cada sílaba, desplazando a todo lo que encuentra en su camino. Se convierte en la más urgente de sus prioridades. En la máxima expresión de cuanto es. No importa que ya fuese consciente de lo que transmite el mensaje antes de escucharlo. No importa que todo cuanto recibe estuviese implícito en lo que ella misma acaba de reconocer. Sigue negándose a aceptarlo. Los diferentes aspecto de esta lucha son visibles para el resto, lo ve en su silencio en el canal que han usado hasta ahora y en el uso que hacen entre ellos de otros mecanismos de comunicación. También es capaz de percibir en ellos otra cosa. Ella no es el único objetivo de su adversario, sino que ahora también es capaz de ver la manera en la que les afecta a ellos.

–Trata de…

Sus palabras le llegan en ráfagas entrecortadas. La recepción de este mensaje le hace consciente de que están probando diferentes canales a través de los que comunicarse con ella no sabe desde hace cuánto. El aspecto que adopta “el enemigo” en ellos le resulta desconocido, pese a que no le cabe duda de que se trata de la misma entidad. Es un rasgo que ha estado con ellos desde el principio, pero que no ha sido capaz de reconocer hasta ahora. Tienen miedo, eso es cierto, pero su foco no está en ellos, sino en ella. Es la situación por la que está atravesando la que despierta su inquietud. Este descubrimiento le golpea de tal manera que no puede evitar reír.
Ha estado tan encerrada en sí misma y sus temores, tan aislada de todo lo demás, que ha olvidado algo tan básico como que no está sola en el universo. Que cada una de sus acciones tienen un reflejo y un impacto real más allá de su masa conceptual. Que la existencia puede ser algo más que una huida constante.

Busca una respuesta racional a todo esto, pero no encuentra ninguna. Se siente estúpida, pero esta sensación le sirve como ancla. Le sirve para saber que aún no ha perdido su cordura. Comprende que no hay alegría o alivio en su risa, solo aceptación y resignación. Una vez que ha finalizado este proceso, el temor vuelve a ella, pero esta vez adopta un aspecto menos angustioso. Sigue anclada en los actos reflejos que le han traído hasta aquí. Sigue buscando conclusiones a partir de una ínfima porción de información. Sigue siendo incapaz de procesar todo lo que percibe. Todo es mucho más complicado de lo que siempre ha estado dispuesta a reconocer, pero ahora sabe que es algo con lo que va a tener que convivir siempre.

–¿Cómo podéis vivir así? –esta recién descubierta certidumbre solo sirve para hacer más necesaria la pregunta– ¿Cómo sois capaces de soportarlo?
–Viviendo. –no detecta ironía en el mensaje. Tampoco resignación– Soportándolo.
–¿Eso es todo? ¿No hay una salida de esto?
–Quizás la haya, pero no la hemos descubierto. Es una de esas cosas siempre parece estar al alcance de tu mano, pero hasta la que nunca eres capaz de llegar. Una vez que abandonas la ignorancia sobre su existencia, hay ciertos conocimientos que nunca deja de acompañarte por más que trates de huir de ellos. Porque “ignorancia” solo es una palabra. Una más de tantas que hemos inventado para tratar de contener y comprender lo que nos rodea. Pero la realidad no está compuesta por palabras. Ante ella nuestras impresiones y conclusiones carecen de cualquier tipo de relevancia. Dentro del gran esquema de las cosas, por más “grandes” que deseamos creer que somos, por más “esenciales” que nos consideremos, nuestro tamaño es irrisorio. Nuestras acciones resultan anecdóticas dentro de la macroescala. Nosotros somos irrelevantes.

Nada en este reflexión le resulta nuevo. Todo forma parte de un conocimiento que siempre ha poseído. Verdades que no ha puesto en duda en ningún momento de su existencia, pero sobre los que tampoco se ha nunca parado a meditar en profundidad. No al menos en estos términos. Así pues, a ese nivel nada de eso ha cambiado... pero todo es distinto ahora. Algo inherente en ella ha pasado de percibir lo que siempre ha sabido de manera implícita como una amenaza. La misma realidad, el hecho de existir en ella, se ha convertido en una incógnita.

–Por más que trato de asimilarlo, cada vez que tengo la sensación de comenzar a aceptarlo hay partes de mí que siguen negándose a ceder.
–Y esas partes no se irán nunca.
–¿Cómo fue vuestro proceso de aceptación?
–¿Y por “vuestro” te refieres al de nosotros dos en concreto, o al del grupo de gente con el que convivimos?
–No sabía que había más gente con vosotros.
–No somos un grupo muy grande, pero sí, no estamos solos en el lugar que abandonamos cuando vinimos a buscarte.
–¿Y todos ellos tienen la misma relación con...?
–Esa es una pregunta difícil de responder. Al menos no creo que se trate de algo que se pueda hacer de manera general. No creo que puedas encontrar a dos individuos que lo experimenten de la misma manera. Tampoco es algo de lo que hablemos con frecuencia. Al final, las razones que nos han llevado a juntarnos son de lo más diversas.
–En ese caso, háblame entonces de cómo fue y es para ti.
–Eso tampoco resultará sencillo, pero es algo que sí que puedo hacer. ¿Cómo fue para mí? ¿Cómo empezar? ¿Por dónde hacerlo?
–Quizás… por el principio –hay algo en el comentario de Hyern “el técnico”, que parece romper con el personaje que ha representado hasta el momento. El tono de humor que reconoce le resulta del todo inesperado y refrescante.
–Cierto. El comienzo. Todas las historias necesitan de un comienzo y, como casi todas ellas, esta comienza con algo pequeño –desde antes de que comenzase con su respuesta, todo en Lyg’Angrós se ha ido preparando para ella–. Con un avistamiento como tantos otros –no detecta cambios en las capas superiores, pero en su interior sí que ha ido adoptando nuevas formas–. Con el descubrimiento de un diminuto concepto ubicado en un rincón remoto de esta realidad –sus procesos mentales parecen reformularse para cumplir nuevas funciones inmersos en una coreografía hipnótica–. Algo ligado a lo material y tangible –en el acceso hasta recuerdos lejanos y, en gran medida, inaccesibles a los procesos principales–. Era un concepto que no parecía destacar en nada pero que, pese a ello, se integraba a la perfección dentro del ecosistema en el que existía –recuerdos dolorosos–. Ignoraba cualquier cosa que tuviese lugar más allá de su limitada percepción sin que eso le supusiera ninguna inquietud.
–He conocido conceptos como ese –le interrumpe mientras trata de crear una imagen mental de lo que le cuenta–. Todos los hemos conocido –al contrario que con la manera en la que se comunica con “los suyos”, pese a que poco a poco se va habituando a él, este mecanismo de transferencia de información aún le resulta abrumadoramente ambiguo–. Los hay a millares en todos los niveles de existencia –las posibilidades que abre son tantas que apenas puede comenzar a enumerarlas–. Podríamos decir que ellos son la norma donde nosotros o los mayane undalath somos la excepción.
–Lo sé. Yo también había conocido muchos conceptos como ellos con anterioridad pero, hasta aquel momento, no se me había ocurrido preguntarme cómo aquello era posible. Cómo podían tener una existencia tan aparentemente satisfactoria con una comprensión tan limitada de cuanto les rodeaba.
–Esa me parece una conclusión muy aventurada.
–Y lo era –una vez más, Lyg’Andrós se reconfigura–. Estaba equivocado. Mucho –la coreografía se rompe y regresan el tono, los ritmos y los modos que le resultan más familiares–. Pero eso no hizo que mi deseo y mi necesidad por obtener una respuesta fuesen menores, sino que los alimentó aún más.

Una vez terminado este mensaje, se hace de nuevo el silencio. Un silencio en el que cree ser capaz de percibir otro mensaje. La comprensión tarda en llegar hasta ella y, cuando lo hace, le alcanza de manera anárquica y fragmentada. Cada vez que cree haber comprendido algo en este plano de existencia sus ritmos y mecanismos le tienen preparada una nueva sorpresa. Cada vez que sus procesos creen haberse adaptado a los patrones, la secuencialidad cambia y la devuelve a la casilla de salida. El trasvase de información sigue siendo inesperadamente complejo en su aparente simplicidad. Pero...

Su mente establece una conexión que no había tenido lugar hasta este instante. Una que le permite unir muchos hechos dispersos. Darse cuenta, entre otras muchas cosas, de todo lo que ha supuesto su comentario. Comprende que lo que le rodea no son señales que aún sea incapaz de interpretar, sino una clase de silencio que nunca antes ha conocido. La interrupción de la narración le hace ser consciente de esto y de toda la información hasta la que no ha tenido acceso desde que ha recuperado la consciencia.
Mira a su interlocutor por primera vez haciendo un uso consciente de las capacidades de este “cuerpo” y comprende que sabe todo lo que está sucediendo en su interior. Comprende que le está esperando. Que ha comprendido sus dudas y lo complicada que le resulta esta comunicación. Que le ha dado tiempo para procesar lo que ya ha transmitido. También detecta que esta no es una espera que le resulte fácil. Ejerce sobre sí mismo un control cuya razón de ser le desconcierta y ante el que no sabe muy bien cómo reaccionar. Se da cuenta de esto... y de algo más. No percibe otras conversaciones, mensajes o intercambios de información sucediendo en paralelo. No las detecta entre ellos ni con terceros en la lejanía. No ha detectado nada de esto desde que se ha visto inmersa en este “silencio”. Y esta ausencia de información le resulta extrañamente agradable. Algo casi embriagador. La carencia de estímulos la envuelve de tal manera que le hace perderse en ella durante tanto tiempo que no es capaz de cuantificarlo. Cuando regresa hasta la realidad, tiene la sensación de que ha experimentado toda una vida desde que la abandonó. Se siente otra persona. Una persona que se encuentra con algo que no esperaba.
Sus interlocutores siguen ahí. Siguen en silencio con su atención centrada completamente en ella. Esperan algo que solo ahora es capaz de reconocer, porque este nuevo ser comprende la razón por la que se detuvo el relato. Esperaban a alguien capaz de comprender matices que antes no podía procesar para continuar con la historia. Aguardaban su permiso para seguir con ella. Esta era una petición que hasta ahora le era totalmente desconocida.

–Lamento la interrupción –su nuevo ser es capaz de reconocer y responder a esta espera casi de manera instintiva–. Por favor, continúa –no ha usado con anterioridad el canal a través del que emite este mensaje. No hay palabras en este flujo de información, solo una gestualidad que su cuerpo despliega tras identificar la respuesta que estaba buscando.

–Antes de llegar hasta las coordenadas de este concepto yo no era muy diferente a ti –una vez que cuenta con su aprobación, Lyg’Andrós muta de nuevo. Inicialmente, todo parece indicar que lo hará hacia lo que ahora comprende que es su faceta memóriconarrativa, pero se produce un viraje brusco a medio camino. Uno que le hace detenerse antes en la reflexiva–. No era capaz de ver o comprender el tamaño de nuestra ignorancia. Estaba igual de ciego y perdido que todos los demás –hay una nueva detención mientras se da cuenta de lo erróneo e impreciso de su afirmación y se lo hace saber tanto a ella como a Hyern–. Creía que ser poseedor de una visión más amplia que la de otros conceptos equivalía a percibir todo el conjunto. A su vez, me engañaba creyendo que el simple hecho de contemplar una pequeña porción de algo equivalía a comprender cada uno de los detalles que lo componen. Asumía que estar “fuera” de lo observado era lo mismo que estar “por encima” de ello. Que tener unos límites diferentes nos hacía superiores. A día de hoy, es muy posible que siga conservando gran parte de estas carencias pero, al menos ahora, soy consciente de esa posibilidad. Ya no soy quien fui entonces y una parte de ese cambio comenzó con algo ínfimo. Con los vinyali.
–Nunca he sabido nada de ese concepto –este pensamiento es transmitido hacia el exterior sin que se dé cuenta, interrumpiendo el flujo de la comunicación una vez más. Al ser consciente de esto, se detiene de manera automática y nuevamente se disculpa sin palabras.
–No te preocupes. Estas cosas son habituales durante las primeras fases de adaptación. Tampoco resulta extraño que no conozcas ese concepto. Por más que produjese un gran impacto en mí, la realidad es que no dejaba de ser algo que cualquiera de nosotros habría considerado trivial. Y me estoy incluyendo dentro de ese “nosotros”. Quizás esa fue la razón por la que ese impacto no fue algo inmediato –mientras continúa con su mensaje, Ly’Andrós va recuperando la forma que ha adoptado al comenzar con el relato. Una forma que ahora comprende que necesita para hacer uso de su memoria lejana. Hay más información que no se explicita en esta pose, pero aún no es capaz de identificarla–. Durante treinta o cuarenta milenios seguí los cauces habituales. Me dediqué a contemplarlos desde la distancia. Analizaba sus ciclos y patrones desde nuestra perspectiva. Desde una posición en la que mis conclusiones carecían totalmente de cualquier tipo de sentido. No los entendía porque no era capaz de aceptar que necesitaba adaptar mi percepción a lo que tenía ante mí. Por el contrario, me limitaba a esperar a que ellos, de alguna manera, terminasen ajustándose a mis expectativas.
Si te soy sincero, aún a día de hoy no soy capaz de concretar cuál fue el desencadenante pero, en un momento dado, algo cambió en mi interior. Sin duda, para aquel momento ya se habían producido otros cambios de los que tampoco había sido consciente, pero no fue hasta entonces que tomé una decisión. Que llegué hasta una conclusión que, por otro lado, debería haber resultado obvia desde el principio. Disocié una parte de mi ser y la convertí en algo “parecido” a ellos. En algo que, en primera instancia, trataba de simular los factores estéticos. En mi infinita soberbia, mi yo más joven creía que aquello sería una tarea sencilla. Obviamente, y como te estará demostrando tu proceso de adaptación al cuerpo que te hemos dado, no lo fue. Lo material nos resulta algo tan ajeno como quienes lo habitan.

Con cada nueva frase, Lyg’Andrós no deja de reformularse de manera constante pero, en esta ocasión, los cambios que percibe en le resultan más... naturales. Los contempla siendo ahora capaz de reconocerlos, intuir y adelantarse a ellos. De comprender la función y el propósito con el que muchos de ellos son invocados. Es capaz de asociar estas fluctuaciones con recuerdos, reflexiones y explicaciones de maneras que nunca antes ha visto. Con una elegancia y una intimidad que provocan en ella el afloramiento de sensaciones que hasta ahora desconocía como las de la admiración o la envidia. Ser capaz de lograr algo semejante se convierte en algo aspiracional.

–Pero aquello no me detuvo. Cada nuevo cambio llevaba consigo pequeños fragmentos de comprensión que no solo atesoraba, sino que ansiaba con desesperación. Para cuando fui consciente de lo que estaba sucediendo en mi interior de manera paralela a todo esto, los cambios ya se habían convertido en algo indisoluble de mí mismo. La comprensión de la realidad que siempre había conocido quedó rota. Tanto ella como yo éramos otros, y era aquel nuevo yo quien no quería volver atrás. En algún momento los caminos que recorrían mis procesos mentales comenzaron a tomar derroteros inesperados. Dejaron de pertenecer a qué y quien siempre había sido, permitiéndome por primera vez convertirme en algo realmente diferente. Comencé a experimentar la existencia a través de otros prismas. A través de otros canales de corta vida con los que lograba conectar. No lo recuerdo como una decisión o un proceso consciente. No fueron acciones voluntarias, pero tampoco impuestas, sino un resultado ineludible de dinámicas que se encontraban más allá de mi control. Por un momento olvidé quién era y de dónde venía. Me vi desvinculado de la razón que me había llevado hasta allí para limitarme a estar y ser. No me había convertido en uno de aquellos conceptos que investigaba, sino en “otra cosa”. En algo intermedio, o algo alejado por igual de ellos y de lo que había sido. En una entidad cuyos recuerdos me resultan difusos. Vivencias incompatibles con quien fui antes de aquello y, en gran medida, también con quien soy ahora. Sucesos que no puede comprender en su totalidad el concepto que soy en estos momentos. Experiencias que, por más que no soy capaz de empatizar, siguen formando parte de mi.

De cualquier manera, en el fondo, nada de esto importa. No importan los objetivos con los que había comenzado aquel viaje. No importa que no cumpliese con ninguno de ellos. No importa que cualquier conocimiento que pudiese obtener fuese consecuencia del mero azar. El único hecho indudable de aquello fue que, de no haber acometido aquel viaje, muy probablemente seguiría siendo “uno de los nuestros”. Que no habría logrado alcanzar una perspectiva de la que nunca había dispuesto.
Aquello me hizo dudar de nuevas maneras. Cuestionar axiomas y verdades que nunca nos hemos preocupado por validar. Poner en tela de juicio el “hechos indiscutibles”. Y, mientras todo esto sucedía, la realidad continuaba su avance a mi alrededor. Una realidad a la que mis objetos de estudio no dejaban de adaptarse con aparente facilidad.... hasta que no pudieron hacerlo. Hasta que se desvanecieron ante mí sin que pudiese hacer nada por evitarlo.
De manera súbita, mi única compañía, lo único que había conocido a lo largo de aquel proceso de evolución, ya no estaba ahí. No estaban y ese vacío fue llenado por una serie de sensaciones inesperadas. Por emociones desconocidas que trataban de apoderarse de mí. Impulsos cuyo origen no era capaz de ubicar. Reacciones que carecían de cualquier tipo de sentido para aquel ser en el que me había convertido.

La desaparición de un concepto no era nada nuevo para mí. Aún en aquel estado era capaz de recordar que, con anterioridad a aquello, ya había visto desaparecer a muchos. Todos nosotros lo hemos hecho en multitud de ocasiones. Pero aquellos recuerdos no me servían. Por más que no se tratase de una experiencia nueva, de una conclusión sorprendente o de un desenlace inesperado, quien era en aquel momento no estaba capacitado para procesarlo. Para él era la primera ocasión en la que debía enfrentarse a muchas cosas. La primera vez que se enfrentaba a la necesidad de buscarle un sentido a lo que tenía en su interior.

La primera sensación que fue capaz de identificar fue la de la pérdida. La parte que aún permanecía de mi viejo yo sabía que siempre había estado ahí, pero nunca antes se había enfrentado a ella bajo aquella forma. Cierto es que conocía algunos de sus aspectos más leves, como el de la añoranza o la nostalgia, pero los aspectos mayores de la pérdida eran algo que siempre había logrado eludir. Nunca antes me había relacionado con algo “no-humano” de una manera que no fuese “desde arriba”. Porque nosotros somos eternos, y solo había conocido la ausencia de algo que me era querido como algo temporal.

Al menos aquello era lo que pensaba entonces. Ahora, y tras unos cuantos milenios de reflexión, creo que estaba equivocado en aquella conclusión. El potencial de experimentarlo siempre había formado parte de mí pero, al igual que también te ha sucedido a ti, simplemente me negaba a verlo.

En un primero momento, tras este descubrimiento dejé de poder relacionarnos con “el resto” como lo había hecho hasta entonces. Me llevó a buscar durante un tiempo el aislamiento, y a cortar todo lazo con “los míos” cuando lo que realmente necesitaba era el contacto con otros “como yo”. Lo cierto es que, pensado sobre ello, esto me recuerda poderosamente a tu reacción. De ser esta la reacción más habitual, supongo que esa puede ser la razón por la que no hemos tenido acceso a este conocimiento en el plano mental de comunicaciones cuando aún accedíamos hasta él.
También cabe la posibilidad de que aquellos individuos que lo experimentasen antes que nosotros lo comunicasen, pero que el resto no estuviésemos preparados para comprender lo que trataban de comunicarnos. Cada vez tengo más claro que la posibilidad de que nosotros hayamos sido los primeros o los únicos en ser conscientes de su existencia es muy remota. Quizás el problema ni siquiera sea ese. Quizás esta información no pueda ser propagada a través del plano mental.

Sea como fuere, ya sea por una limitación en nuestra propia naturaleza, o de carencias en la manera en la que intercambiamos información, que no seamos capaces de comprender un concepto no invalida su existencia en otros niveles a los que aún no tenemos acceso.

Pero me estoy perdiendo en mis propias disgresiones. No tardarás en darte cuenta de lo fácil y atractivo que resulta eso. En fin, será mejor que vaya regresando al punto en el que habíamos dejado mi historia –su forma regresa hasta una forma que había dejado de una manera tan gradual que ni siquiera se había dado cuenta del cambio–. La siguiente emoción que me invadió tras aquel suceso fue una aún más desconcertante y demoledora. Mi mente se vio invadida, o desarrolló, una nueva voz que se implantó en sus procesos. Una que no era capaz de obviar. Esa voz no dejaba de preguntarse si aquello en lo que me había convertido no estaría también condenado a desaparecer. Si la misma humanidad no estaría condenada a sufrir ese destino. Porque, ¿que nos hacía especiales? ¿Qué era lo que nos situaba “por encima” del resto?
A cada instante que transcurría, era más consciente del tiempo. Más consciente de mi insignificancia dentro del gran esquema. De lo irrelevante de mis acciones. De lo poco que comprendía acerca de cuanto me rodeaba y era capaz de percibir. El “todo” era demasiado grande. Demasiado complejo. Demasiado extraño. El mero hecho de poder captar toda aquella información me abrumaba. Trataba de luchar contra lo que me sucedía, pero no tenía herramientas para hacerlo. Cada nueva tentativa me llevaba a un nuevo callejón sin salida. Cada nueva pregunta solo servía para confirmar mi ignorancia y mis temores. Me vi sumido en una escalada que continuó en ascenso hasta que... hasta que... Qué idiota soy. Aquello continuó hasta que colapsé igual que tú. No sé cómo no he sido capaz de darme cuenta de esto hasta este instante.

–¿Cuánto tiempo ha pasado desde aquello?
–No demasiado. Doce, o quizás quince milenios.
–Y, tras todo este tiempo, no habéis logrado ninguna manera efectiva de enfrentaros a ello. No tenéis más respuestas que entonces.
–No. Por supuesto que no. Tenemos muchas respuestas, pero ninguna de ellas me ha permitido silenciar completamente al miedo. No sé si tal cosa es posible y... tampoco sé si es recomendable.
–¿Deseas continuar con este padecimiento?
–No, por supuesto que me encantaría estar “por encima” del miedo. Por supuesto que desearía no sentir su contacto. Pero hay algo que sigues sin comprender. Confundes, igual que confundía yo, conceptos cuyas diferencias ahora me resultan obvias.
Una respuesta siempre trae conocimiento, pero este no viene siempre acompañado de buenas noticias. Este es un hecho que también se aplica al mismo concepto de “verdad”. Nuestra relación con ambas ideas siempre ha estado condicionada por una interpretación equivocada. Una que, históricamente, nos ha llevado a quedarnos únicamente con aquellos aspectos del saber que nos resultan cómodos.
–Sí –Hyern continúa con el hilo de pensamiento de Lyg’Adrós–, hemos logrado grandes avances en el camino en pos del conocimiento que iniciamos tras nuestro despertar, pero nos hemos dedicado a ignorar sistemáticamente la posibilidad del error. Y lo hemos hecho porque aceptar su existencia supondría aceptar nuestra propia falibilidad. Cuando algo se sale de la métrica o la escala, no es porque estuviésemos equivocados, sino porque ha entrado en juego un “factor externo”. Algo “nuevo”, algo que “no estaba ahí” cuando se elaboró la teoría inicial. Como si la realidad se estuviese quieta durante un instante y lo que percibimos durante ese fugaz momento fuese algo inamovible. Confundimos percibir con comprender. Elucubrar con saber.
–Lo estás simplificando todo mucho –el comentario de Lyg’Andrós es una crítica a la interrupción de su compañero pero, al mismo tiempo, también hay una aceptación implícita a su contenido.
–Exacto. Eso es lo que hacemos. Lo que siempre hemos hecho. Tú misma nos definiste como “maestros del autoengaño”. Tratamos de moldear lo que nos rodea. Tratamos de segmentarlo en porciones de información que seamos capaces de procesar. De adaptarlo a nosotros. De conseguir respuestas a preguntas que solo tienen sentido dentro de los parámetros de nuestra concepción de la existencia.
Nos preguntas si hemos no obtenido respuestas, y mi respuesta a eso es, claro. Por supuesto que las he obtenido. Pero ninguna de ellas ha logrado alejar al miedo, sino que solo han servido para confirmar su inevitabilidad... y su necesidad.
–Me niego a aceptar algo así. Me niego a...
–¿Hasta dónde te ha llevado esa negativa hasta ahora? –no hay hostilidad ni crítica en la pregunta– ¿De qué te ha servido huir de algo que, en el fondo, sabías que era cierto? Podemos hacer infinidad de cosas, esa es una verdad innegable, pero somos conceptos limitados. Entidades que existen dentro de algo mayor y más complejo que ellos mismos.
No. A la realidad no le importan tus deseos. El mismo concepto de “verdad”, tal y como lo planteamos en su día, siempre ha sido algo totalmente ajeno a cualquier propósito que podamos buscar para él. Al igual que la existencia, es algo más grande que nosotros. Algo que está muy por encima de nuestros caprichos.
–Lo sé y lo comprendo pero, a pesar de esto, algo en mi interior se sigue negando a conformarse. ¿Cuánto le cuesta a uno llegar hasta ese estado de aceptación y resignación?
–Podría decirse que poco tiempo, o que la aceptación real no llega nunca. No te equivoques. Nosotros tampoco estamos resignados. Seguimos viviendo nuestras existencias como si pudiésemos marcar alguna diferencia. Como si, de alguna manera, nuestras decisiones nos pudiesen permitir imponernos sobre conceptos ni siquiera hemos descubierto aún.
–Sigo sin entender...
–Es comprensible, pero poco a poco lo vas interiorizando. Dime, ¿sigues teniendo la necesidad de huir?
–Yo... no –el ser consciente de esto le pilla totalmente desprevenida.
–Sin embargo, en ningún momento hemos dejado de hablar de las diversas formas del “enemigo”.
–¿Cómo...?
–He ido desarrollando varias teorías mientras hablábamos y contemplaba tus avances, pero creo que una de ellas va ganando peso a cada instante. Yo diría que esto se debe al cuerpo en el que habitas en estos momentos.
–Sigo sin entender.
–De alguna manera, la limitación que impone lo físico a nuestros sentidos nos permite afrontar su presencia de otra manera.
–Sin embargo, no ha impedido que sintiese su presencia con claridad en todo momento.
–Y siempre seguirá ahí pero, según te has ido adaptando a tu nueva forma, has ido perdiendo el acceso los actos reflejos de tu antiguo yo. Las limitaciones a las que te somete sirven para aislarte, aunque sea de manera parcial, de la influencia de lo que te perseguía. Ahora, tanto tu percepción como la manera en la que te relacionas con tu entorno son diferentes. Según te vayas adaptando a ella, su presencia se irá convirtiendo en otra cosa. En algo más... asumible. Todo parece indicar que, cuando aún no sabíamos qué te pasaba, por el mero hecho de buscar una manera en la que poder comunicarnos contigo te ayudamos de manera inconsciente.
–¿Y hasta ahora eso era algo que desconocíais?
–Era una posibilidad que hemos valorado en más de una ocasión, pero no solemos tener muchos sujetos sobre los que validar este tipo de teorías. Estos cuerpos con los que nos ves no son los primeros que tenemos, pero cada alteración que realizamos sobre ellos tiende a generar consecuencias inesperadas. De cualquier manera, las últimas modificaciones a las que los sometimos no fueron llevadas a cabo con ese propósito.
–Así que el… “enemigo” –aún le resulta doloroso pensar en él de manera directa, o tratar de nombrarlo– no fue lo que os llevó a convertiros en… esto.
–No. Al menos no inicialmente. No al menos de manera voluntaria o consciente. Llegamos hasta lo que somos hoy como fruto de procesos mayormente casuales. Lo que somos es una consecuencia indirecta de nuestras búsquedas y del proceso de adaptación que han sufrido nuestras naturalezas para tratar de alcanzarlas. El resultado de poner a prueba diferentes teorías. De moldear el espectro de nuestra percepción y de nuestra interacción con el entorno. Algo que, de manera inadvertida, nos ha permitido comprobar que, cuanto más concreto y delimitado es nuestro foco de atención, menos amenazadora resulta la vastedad de todo lo que no comprendemos.
–Así que hay esperanza.
–Eso es algo que no hemos perdido nunca. Esa parte inocente y tendente al autoengaño nos sigue acompañando, y siempre resulta tentadora, pero hay que recibirla siempre con cautela. Por más avances que creamos lograr, no sabemos es si dentro de un par de millones de años, cuando nos hayamos acostumbrado a esta naturaleza, regresará con toda su fuerza aquello de lo que nos ha estado protegiendo. Lo único que sabemos es que, por el momento, esto nos permite “ignorar” muchas preguntas para las que aún no hemos sido capaces de encontrar respuesta. No logra que se desvanezcan, pero les quitaba urgencia.
–Podría decirse que vosotros también estáis huyendo.
–Supongo que, mirado de cierta manera, se podría ver así; como una huida controlada.
–¿Al final todo se resume en lo mismo? ¿En más capas y formas de autoengaño?
–Es otra manera de describirlo, sí. Como una cuestión de lenguaje o de percepción, pero que eso no te engañe. La interpretación de la realidad es un arma muy poderosa y peligrosa. Existir supone un proceso de aprendizaje. Recorrer un camino cuyo tránsito esperamos que nos permita obtener las respuestas que nos han evitado antes. Uno que no podemos recorrer únicamente a través de la mera visión de conjunto y que requiere de la comprensión de los pequeños detalles que lo componen. Sin haber dado un paso, es imposible saber con certeza cuál es el siguiente que se ha de dar.
–Así que lo único que podéis ofrecerme son juegos de semántica y relativismo.
–La objetividad no deja de ser otra entelequia de nuestra creación. Una manera más de decir “no existe nada fuera de nuestro alcance” cuando, en realidad, nos limitamos a describir cosas que no entendemos. A fingir que todo se conforma en base a nuestra manera de percibirlo. Aceptar la existencia y la necesidad del miedo es una muestra de madurez. El reconocimiento de que aún hay cosas que existen más allá de nuestro conocimiento y nuestro control. La aceptación de que hay fuerzas más grandes que nosotros mismos. Muchos lo ven como una muestra de debilidad cuando, en realidad, se trata justamente de lo contrario. Actuar como si no existiera, como no fuese una señal de que aún nos quedan muchas cosas por comprender e interpretar, no hace que nuestras acciones dejen de estar condicionadas por él. Decirnos que aún no comprendemos en su totalidad elementos que sabemos claramente que jamás seremos capaces de controlar no nos hace más sabios.
Dices que quieres respuestas, pero eso no es cierto. En el fondo, ninguno de nosotros las queremos. Porque las respuestas no siempre son agradables, y aquello que no nos resulta agradable optamos por ignorarlo o tratar de rebatirlo. Queremos sentirnos seguros. Queremos sentir que tenemos el control. Que nada puede amenazarnos. Que no sufriremos el mismo destino que tantos conceptos que hemos visto extinguirse a lo largo de las eras.
–Y nada de eso no es posible.
–Sigues formulando preguntas para las que ya tienes respuesta –hay una pregunta implícita en esta afirmación. Una petición de que le mientan.
–Independientemente de lo que te hemos contado, dime ¿tu propia experiencia personal y lo que has aprendido de ella te indica algo distinto? ¿Te indica que continuar con esta huida que te ha traído hasta aquí va a llevarte hasta otro resultado?
–No –de manera súbita, el foco de su determinación cambia–. Lo que me indica que tengo que volver con los demás.

El miedo sigue ahí, pero se ha transformado en otra cosa. Poco a poco llegan hasta ella los detalles de aquello de lo que huía. Un recuero que provoca en su cuerpo una reacción que no es capaz de interpretar en primera instancia; un escalofrío. Una que le dice que quien creía su enemigo no lo era. El miedo no es la amenaza, sino una señal. La consecuencia de un descubrimiento. Una advertencia de algo que está por llegar.